27 de octubre de 2012 | RAFAEL HERNANDO LUNA Doctor en Geografía e Historia

Hombres ilustres

PERSONALIDADES SOBRESALIENTES EN LA HISTORIA DE PEÑARROYA PUEBLONUEVO

Apunte de introducción:
Todas las sociedades que a lo largo de la historia han alcanzado un cierto grado de civilización han distinguido y reconocido —con mayor o menor sentido de la equidad— tanto a sus héroes como a sus hombres ilustres. El reconocimiento, a veces, se ha materializado de forma más o menos solemne, de manera tal que pudiera persistir en el tiempo; otras veces se ha limitado a un sencillo acto de homenaje que, en ciertos casos, pudiera concordarse con la colocación de un azulejo en el que figure el nombre del personaje a distinguir.
En todo caso, las instituciones políticas, así como los intelectuales —a título personal—, tienen el deber de mantener la memoria histórica con el fin de que la sociedad no olvide las acciones ejemplarizantes de aquellos que, desinteresadamente, llevaron a cabo actuaciones benefactoras para la comunidad, sin particularismos ni excepción alguna, en ocasiones con menoscabo para su patrimonio e incluso poniendo en riesgo su propia vida.
En lo que se habrá de anotar a continuación, se harán unas muy breves reseñas curriculares respecto a ocho hombres notables dentro del marco de la moderna historia de Peñarroya Pueblonuevo, que es tanto como decir del ámbito de la cuenca minera del Guadiato.
HILARIO J. SOLANO SÁNDEZ:
El Tolstoi de Andalucía. Herrero y escritor autodidacta. Pionero en la defensa de la Naturaleza Regional. Fundador de la logia masónica Luz de la Sierra. Las líneas temáticas de su producción literaria —de elevados contenidos éticos— tuvieron no poca influencia en toda la cuenca minera, e incluso en la ciudad de Córdoba, a través de la prensa provincial.
Residió en Peñarroya en las primeras etapas de su vida, trasladándose a Belmez con posterioridad habida cuenta que, por entonces, esta localidad ostentaba la capitalidad regional y Peñarroya era una aldea sita en el término municipal belmezano.
Su vida —una gran pérdida— terminó antes del comienzo de la Guerra Civil, hacia el final del primer cuarto del siglo XX. ¡Un santo escéptico!, se llegó a decir de él.
EDUARDO BLANCO FERNÁNDEZ:
Nacido en Asturias, desde su tierra natal se trasladó a Peñarroya-Pueblonuevo con la idea de conseguir un puesto de trabajo en sus minas, en donde llegó a ser Secretario Sindical (UGT).
Durante la IIª República fue diputado del Frente Popular (PSOE) y dirigente estatal de la Federación Minera de la Unión General de Trabajadores.
En la etapa de la Guerra Civil desempeñó el cargo de Gobernador Civil de la zona republicana cordobesa.
Fue condenado — por sentencia del “Consejo de Guerra Sumarísimo”, causa militar nº 27.303, de 9 de junio de 1939, a 30 años de prisión a pesar de que entre algunas consideraciones de la sentencia se dice que “… actuó a favor de gentes de derechas oponiéndose a la realización de actos vandálicos”.
En lo que respecta al ámbito de otras jurisdicciones represivas del régimen franquista a Eduardo Blanco se le abre un expediente (el número 983), incoado por el “Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas” e instruido por el Juzgado de Instrucción nº 2 de Madrid con fecha 15 de diciembre de 1943, cuando el expedientado estaba recluido en la inhóspita prisión de Córdoba cumpliendo la sentencia anteriormente referida.
Con lo anterior se trataba pues de embargar al preso, léase “despojarlo de sus bienes” y de los que pudieran poseer sus familiares más directos. (Estos procedimientos no sólo se aplicaban a los prisioneros sino también a los ya fallecidos hubiesen sido o no fusilados).
Este “Tribunal de Responsabilidades” político-económicas solicitó informes al Ayuntamiento de Peñarroya-Pueblonuevo que comunica que “… no aparecen bienes … de ninguna clase …”, y más tarde, a la Guardia Civil (2 de marzo de 1944) y al párroco de “Ntra. Sra. Del Rosario” (distrito de Peñarroya) ambos en el sentido de certificar la carencia de bienes y su marcada significación socialista. Desde la cárcel provincial de Córdoba con fecha 27 de diciembre de 1943, Eduardo Blanco realiza el trámite procesal de la declaración jurada en la que se reafirma “ … no poseer bienes propios , ni de terceros en mi poder, ni mi cónyuge y ser padre de cuatro hijos”; por último, el 9 de agosto de 1944, el juez de Fuenteovejuna considerando que no posee bienes, de acuerdo con el artículo 8 de la “Ley de Responsabilidades Políticas” de 19 – II – 1942, acuerda el sobreseimiento del expediente, que se elevará a definitivo por la “Comisión Liquidadora de Responsabilidades Políticas” en fecha 30 de mayo de 1945.
A lo largo de tan difíciles circunstancias que le tocó vivir fue un hombre modélico y responsable tanto en su faceta política como en la sindical. En la etapa de la transición democrática fue homenajeado en Peñarroya-Pueblonuevo, su tierra de adopción, llegando al final de sus días a una edad casi centenaria.
FERNANDO CARRIÓN CABALLERO:
Militante de “Izquierda Republicana” (IR) fue alcalde constitucional de Peñarroya-Pueblonuevo hasta el momento en que dicha localidad es ocupada por los sublevados, en octubre de 1936.
Su ideología política se basaba en los propios valores éticos de la “IIª República” coincidentes con el pensamiento político del Presidente de la misma, Don Manuel Azaña que, en la práctica pueden resumirse así: “La rectitud política se basa en la rectitud personal, en la coherencia entre las palabras y los actos, y en el paralelismo entre la vida pública y la privada”.
Sometido a “Consejo de Guerra Sumarísimo” por el Gobierno surgido de la sublevación del 18 de julio de 1936 (Causa militar 11.727. Año 1942), fue condenado a 30 años de prisión. Con todo, esa condena fue curiosamente “benevolente” habida cuenta que los alcaldes de izquierdas eran piezas a batir contundentemente como se hacía constar en las directrices de Mola; así, la mayoría de las personas que detentaban esos cargos políticos eran condenados a muerte ( a la pena capital fueron condenados los alcaldes de Fuenteovejuna, Espiel, Villanueva del Duque, Pozoblanco, Torrecampo, La Granjuela, Los Blázquez, el alcalde pedáneo de La Posadilla, … y si la relación no se hubiera centrado en localidades próximas a Peñarroya-Pueblonuevo, la lista sería interminable).
En su proceso figuran no pocos testimonios de personas de derechas partidarios de que la sentencia no llegara a tener consecuencias irreversibles.
Sus hechos y sus decisiones políticas siempre fueron humanas, juiciosas, generosas y, en todo caso éticas y benevolentes.
FRANCISCO PÉREZ DE VEGA:
Emigrante en América tras finalizar la Guerra Europea; a los 22 años fue profesor de español en Nueva York, desde donde pasó a Washington. Catedrático de física, ejerció a su vez el periodismo en el mismo país. Más tarde, en Venezuela continuó con sus múltiples actividades intelectuales especialmente en su condición de escritor y conferenciante, habiéndosele contrastado como autor de al menos, una quincena de libros en castellano y/o en inglés, amén de haber pronunciado infinidad de conferencias a todo lo largo y ancho del continente americano.
Independientemente de sus aportaciones en el campo de la lingüística — estudios de lenguas aborígenes, japonés, …— tiene una gran trascendencia para España, y especialmente para la cuenca minera de Peñarroya, su novela histórica “Una lágrima para Caín” en donde pone bien de manifiesto sus inquietudes sociales al relatar la vida trágica de los trabajadores — y sus familias — de “Pueblonuevo del Terrible” en la difícil etapa de los primeros años del Siglo XX.
En el periodo ya próximo al final de su vida — y al no tener descendencia directa — donó parte de su fortuna en beneficio de la población, de la tercera edad, con menores recursos, de su querido — “El Terrible” — pueblo natal.
Su labor científico-literaria le fue reconocida en España al ser nombrado, en 1969, “Académico Correspondiente”, en Peñarroya-Pueblonuevo, de la “Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba”.
ROLANDO BRETÓN GASCÓN:
Francés de nacimiento y nacionalidad, ejerció su condición de ingeniero en la elitista “Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya” (SMMP).
A lo largo de su vida “española” llevó a cabo una extraordinaria labor profesional y humana desde su puesto de trabajo en los “Talleres Generales” de la citada gran empresa gala.
“Don Rolando” — motejado “El Coyote” por su gallarda figura y singular “chapeau” — protegió de las rigideces de la sociedad, hasta los límites de lo posible, a “sus trabajadores”.
Sus relaciones laborales eran directas — personales – y su trato afable, como nunca se había conocido en el ámbito de la “Compañía”, la cual había llegado a ser nada menos que la primera empresa extranjera, por la cuantía de sus inversiones, en España.
Este singular ingeniero, que contaba con poderosos amigos en Francia, muy allegado — subordinado — al General Degaulle, había sido un destacado luchador antifascista — codo a codo con los españoles, exiliados republicanos — en la Resistencia Francesa, siendo condecorado con la Legión de Honor.
Tras su larga etapa de permanencia en España, en la localidad de Peñarroya-Pueblonuevo, en donde siempre estuvo domiciliado, hacia los finales de la década de los años cincuenta del pasado siglo le fue ofrecido un acto de despedida, más emotivo de lo que pudiera imaginarse, al que asistieron centenares de personas — del orden de seiscientas —, colectivo éste compuesto casi en su totalidad por trabajadores de la SMMP. Fue todo un acontecimiento sin precedente, tan insólito como irrepetible, en el que se reconocían, de forma más que generalizada, unánime, los valores humanos de aquel hispanista singular.
Más tarde instalado definitivamente en Francia continuó protegiendo y ayudando, de manera especial, a todos aquellos emigrantes españoles procedentes de Peñarroya-Pueblonuevo, o cualquier otro lugar de la cuenca minera del Guadiato, que habrían de encontrar en él una mano tendida y, a través de él, un puesto de trabajo.
La memoria histórica de metalurgos y mineros — con sus descendientes — debieran eternizar la equidad, la justicia y la humanidad del hombre generoso que sobrepasó en ello todo lo hasta entonces conocido a lo largo y ancho del territorio en cuestión de que se trata.
JUAN IGLESIAS CANTERO:
Mecánico excepcional. Autodidacta respecto a los fundamentos teórico-tecnológicos. Llegó a ser calificado como “el mejor” en todas y cada una de sus múltiples especialidades. Nunca cejaba ante los problemas, los acometía fueran de la índole que fuesen. Su capacidad analítica, su inventiva y su constancia concluían en la mejor resolución de cada caso.
Trabajador infatigable, su personalidad contaba en su haber con el más noble ideal político, social y humano.
Durante la Guerra Civil Española — en la ciudad de Valencia (sede del Gobierno) — prestó grandes servicios a La República. Así, tras ser nombrado Subdirector de la “Fábrica de Armamento”, con el grado de Coronel del Ejército, se le encomendó, entre otras difíciles cuestiones de alta responsabilidad, resolver lo que de hecho se consideraba irresoluble: la adaptación de los calibres del armamento — a la distinta munición — recibido de Méjico, Checoslovaquia y especialmente de la Unión Soviética.
Terminada la Guerra padece los campos de concentración, los Tribunales Militares y de Responsabilidades Políticas y, lo que es peor, conoce la perversidad inexplicable de los delatores locales.
Siempre pensó que todas las personas que quisiesen obtener o ampliar un determinado nivel de conocimientos debieran, en todo caso, ser ayudados y, en ese sentido en todo momento fue un ejemplo. Así, ya en La Postguerra, su empresa, “Talleres Iglesias”, “acogió”, siquiera fuese fugazmente, a no pocos jóvenes — y menos jóvenes — que pretendiendo cursar la carrera de “Facultativo de Minas y Fábricas Mineralúrgicas y Metalúrgicas”, en Belmez, hoy “Escuela Politécnica Superior”, no podían matricularse en la misma, habida cuenta que el Plan de Estudios de entonces exigía, para ello, como condición “sine qua non”, pertenecer a la plantilla de una mina o fábrica metalúrgica, con determinada cualificación laboral.
A no pocos de éstos interesados en un futuro mejor, Juan Iglesias — como responsable de un taller metalúrgico — les fue extendiendo la correspondiente documentación empresarial, lo que les iba posibilitando, para diferentes promociones, la realización del preceptivo examen de ingreso en el centro de estudios de referencia. En la mayoría de los casos, con la finalización de la carrera en cuestión, cambiaría favorablemente el rumbo de sus vidas.
Personas tan generosas y desinteresadas, y que “se mojen” tanto por los demás no son cuestiones de lo común; quienes saben de ello guardan el mejor recuerdo y reconocimiento del “sabio mecánico”.
El prestigio moral y profesional de Iglesias era tal que no pocos padres de familia aspiraban a que algún hijo, o familiar, se incorporase a la plantilla del “Taller”, obviamente con el grado de aprendiz. Sólo algunos lo consiguieron habida cuenta la falta material de espacio en el lugar de trabajo. De entre estos afortunados, los que no quisieron quedarse fueron promocionados a diferentes fábricas y talleres de distintos ámbitos geográficos, o bien abrieron talleres mecánicos “por su cuenta” que, luego, frecuentemente, fueron evolucionando hacia la “mecánica del automóvil”.
En muchos — muchos — kilómetros a la redonda de Peñarroya-Pueblonuevo, la mejor carta de presentación de un “mecánico” — en el sentido más general del término — era, y es, ser discípulo de Don Juan Iglesias. ¡Ahí es nada!
Ya avanzada la etapa de la “Transición Democrática”, como tenía que ser — ¡Antes! — en justicia, le fue concedida, a título póstumo, la Medalla del Trabajo.
JOSÉ TORRELLAS (DON JOSÉ):
Don José fue el Maestro, a lo largo de todo el proceso de la Enseñanza Primaria, del autor de estas líneas. Casado con Doña Antonia, también Maestra Nacional, se daba la insólita circunstancia de que nadie se atrevía a decir quién de los dos era mejor docente ya que ambos eran insuperables.
Hombre “de ideas” que, como entonces no podía ser de otra manera, fue represaliado en los primeros años de la “Postguerra Civil”. Para explicar dicha situación debe rememorarse de que manera la IIª República había potenciado la Primera Enseñanza prestigiando y multiplicando el número de maestros, generando ello la hostilidad de la derecha española que nunca vio con buenos ojos que las clases menos favorecidas tuvieran acceso a la cultura, abriéndosele a su vez los caminos de la ciencia. Esos objetivos habían sido hasta entonces un coto cerrado para los hijos de los poderosos, que los alcanzaban a través de los elitistas colegios privados, lo que a su vez hacía que la Universidad — que no era privada y en consecuencia se sostenía con dinero público — quedase reservada, en la práctica, para las clases altas.
La referida hostilidad de los vencedores de la contienda se centró de especial manera en los maestros, considerados como obra genuinamente republicana: centenares de maestros fueron ejecutados, y alrededor del 25 por ciento sufrieron la represión franquista; además, un 10 por ciento fueron inhabilitados de por vida. No debe olvidarse al respecto que no pocos de los modelos de represalias aplicadas llevaban implícita una reducción del sueldo. Hacer eso en los “años del hambre” — década de los 40 — era algo más que una canallada, que confirmaba el dicho trágico: “Tienes más hambre que un maestro de escuela”.
Una anécdota memorable: Un vecino — de ideología nacional/católica — de una de las aldeas de Fuenteovejuna me dijo que Don José (que había sido maestro en El Alcornocal), allá por los finales de la década de los años cincuenta, “… que había sido un magnífico maestro, como no se había conocido en ningún otro tiempo, pero… tenía un defecto: ¡leía, y… lo que era más peligroso, leía… libros!
Magnífico educador, ya en la actual etapa democrática, los órganos municipales de Peñarroya-Pueblonuevo dan su nombre a una calle mientras que sus compañeros y antiguos alumnos ofrecen una jornada de homenaje a su Memoria.
EULOGIO PAZ (DON EULOGIO):
En su época, y desde su condición de médico de cabecera, se ocupó del cuidado de la salud de un colectivo que agrupaba a la mayor parte de la población de Peñarroya-Pueblonuevo, compatibilizando ello, con no gran esfuerzo, con otras funciones, de medicina laboral, llevadas a cabo en el “Hospital de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya”.
Hombre sin tacha y de proverbial bondad fue leal consigo mismo y, en consecuencia, con el Gobierno legítimo de la República cuando aconteció la sublevación de las derechas el 18 de julio de 1936, siendo por ello, luego, perseguido, acusado, acosado y calumniado por quienes, tan inexplicable como injustamente, lo hicieran. En fin, al parecer eso era el signo de los tiempos, siendo legión — no tanto en su caso — los denunciantes y delatores, que parecían surgir hasta debajo de las piedras.
Su nombre figura entre el de otros 366 represaliados de Peñarroya-Pueblonuevo en el rol de “Expedientes de Incautación de Bienes” y de “Responsabilidades Políticas” (Ley de 9 -II -1939), en el Archivo Histórico Provincial de Córdoba.
Fue extraordinariamente querido por el pueblo que nunca hasta entonces había volcado sus máximos afectos hacia una determinada persona, ejerciese o no la profesión médica.
Como ciudadano fue un hombre ejemplar y, deontológicamente, para el enfermo, un santo laico.
Absolutamente desinteresado, muy pocas veces intentaba siquiera cobrar una minuta aunque, bien es verdad que en aquellos tiempos eran muy pocos los que podían pagarle.
La sociedad civil y el Pleno de la Corporación Municipal reconocieron su sacrificada labor, dando su nombre a la plaza en la que — en una vivienda de su contorno — discurrió una buena parte de su austera y paradigmática vida.
Una nota final:
De entre los ocho hombres ilustres, referenciados, de la “Cuenca Minera de Peñarroya – Belmez” y mayoritariamente residentes en Peñarroya-Pueblonuevo — lo que no agota la nómina de las personas relevantes, bien sean indígenas o residentes —, salvo Hilario J. Solano, Pérez de Vega y Rolando Bretón, todos los demás tenían en común el haber sido perseguidos y represaliados por compartir y defender los principios de la República Española.
Ahora bien, todos ellos — en su conjunto — eran demócratas, transigentes y comprensivos. Su personalidad — sin minimizarla — quizá se defina mejor por lo que no eran: SECTARIOS; no eran sectarios. Esa “carencia” era su singular y principal grandeza que se traducía, positivamente en equidad, rectitud y templanza.
¡El pueblo — al que le corresponde reconocer la grandeza (sin olvidar la infamia) de los protagonistas de los tiempos pasados — guarde a los hombres de honor en el recuerdo y los mantenga para siempre en la memoria!
 
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Comentarios

Germán
03-02-2015 21:31:25
Don Eulogio Paz, visitaba semanalmente a mi madre, a varios kms. de Peñarroya, cuando se dirigía a...
 
Ana
25-11-2012 21:45:54
Me parece una incoherencia el despreciar los orígenes y la historia tan lejana y tan reciente a su v...
 
JUAN
08-11-2012 13:27:21
Dejaos de una vez de la guerra civil. Yo incluiría a alguien que hizo mucho por la educación en l...
 
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