2 de agosto de 2018 | Joaquín Rayego Gutiérrez

El poeta en su paraíso

El poeta en su paraíso
El poeta en su paraíso
Invitado por unos amigos malagueños en noviembre del pasado año asistí a un encuentro poético─ musical en el que se rendía homenaje a dos insignes poetas: el oriolano Miguel Hernández, y el macharatungo Salvador Rueda Santos.

En el transcurso del acto, celebrado en el interior de la Iglesia de la Encarnación, de Benaque, se esbozó la vida y obra de los homenajeados, y se declamaron sus poemas en las voces de dos conocidos actores, y en la de un joven aprendiz de recitador que había pasado de ganarse la vida tocando la guitarra en la calle a armonizar a dos manos la palabra y los versos de tan preclaro malagueño.

A Macharaviaya se llega desde la capital de la Costa del Sol sorteando las curvas de una sinuosa carretera por la que raramente circulan los autobuses turísticos.

En otro tiempo el llamado “Madrid chico” se caracterizó por su Real Fábrica de Naipes, por la importancia de sus viñedos, y por la notoriedad alcanzada por la familia Gálvez; pero la fortuna de este precioso pueblo morisco cambiaría radicalmente de signo cuando el tesoro de sus vides se vio afectado por la filoxera.

A tres kilómetros queda Benaque, pedanía dependiente de Macharaviaya en la que destaca la recia estructura de su templo mudéjar, la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, y la humilde casa que viera nacer a Salvador, el más ilustre de sus hijos.

El blanco edificio, de una sola planta, restaurado en 1983 por la Academia de San Telmo, ostenta una lápida en la que figura la siguiente leyenda:



“En esta casa nació el 3 de diciembre de 1857/ el gran poeta, primero de su época/ SALVADOR RUEDA.

Fue coronado solemnemente en La Habana/ el 4 de agosto de 1909.

El Ayuntamiento de Macharaviaya/

acordó por aclamación el 18 de marzo de 1913/ rendirle este homenaje”.



Pero no fue ésta la fecha en la que el poeta vio su primera luz, y para satisfacer la curiosidad del viajero explicitaremos que según la partida de bautismo ─ libro 16, folio 210 v─ conservada en la parroquia de San Jacinto de Macharaviaya, Salvador Rueda nació un 2 de diciembre de 1857, a las 7 de la mañana.

Sus padres, Salvador y María, tendrían siete hijos de los que sólo les sobrevivirían tres: Ubalda, José, y el ya mencionado Salvador.

Para mantener a su prole en aquel aislado paraíso el esforzado padre de familia hubo de adaptarse a diferentes oficios: el de zapatero, cabrero, panadero, y campesino, entre otros.

Por ello no es de extrañar que a la temprana muerte de su padre Salvador se viese obligado a desempeñar su papel, “e hice de padre que por otros vela, / y tu alta sombra remplacé en tu casa”.

Fueron tiempos de penuria a la que tan tiernas raíces consiguieron agarrarse con la esperanzada energía de sus pocos años:



─ ¿Recuerdas, ¡oh madre!, / los días de penas,

en que errantes y solos, yo enfermo

mis hermanos sin pan, y tú ciega/ dormíamos juntos,

como en el rebaño las dulces ovejas,

sobre paño inservible, tendido/ en las inhumanas y rígidas piedras?



Tiempos de tristeza en los que el joven, bendecido por el arte del dios Pan, conseguiría sacar de su guitarra las notas más personales e íntimas:



─ Para que volase/ de mí la tristeza

yo hice una guitarra/ con cañas y cerdas,

y tocándola quedo, tejía/ coplas andaluzas en notas y penas.



Ya cumplidos los trece años el joven comenzó a escribir sus primeros versos; y gracias a los conocimientos que le procuraba su preceptor el Padre Robles, generoso presbítero que se desplazaba desde Benajaraque para ejercer su magisterio, el joven se aficionaría al Latín y a la lectura de los clásicos, a los que a tan corta edad ya conocía de memoria.

Entre los años 70 al 75 se desplaza a la capital para procurarse un trabajo, y así abastecer las necesidades de los suyos.

Por ese tiempo se aloja en un humilde mesón de la calle Camas, y se emplea en muy diversos oficios.

Por la fuerza de su pluma Salvador tendrá la oportunidad de colaborar como redactor en “El Mediodía”, periódico que dirige el poeta Narciso Díaz de Escovar.

Sus colaboraciones empezarán a aparecer en “El Correo de Andalucía”, en el semanario “Málaga”, y en la revista “Andalucía”.

En 1882 el poeta Núñez de Arce, convertido en Ministro de Ultramar, le llama a su lado para que forme parte de la redacción de “La Gaceta de Madrid”, con un sueldo de cinco mil reales.

Y es en la capital madrileña donde el malagueño tiene la grata oportunidad de conocer a los más ilustre escritores de la época: los Echegaray, Campoamor, Zorrilla, Sellés, Leopoldo Alas “Clarín”, y Manuel del Palacio, entre otros.

En carta a su protector y amigo Narciso Díaz de Escovar, el administrativo se enorgullece de haber visto de cerca a sus admirados escritores:



─ No puedes figurarte lo raros que resultan todos ellos vistos de cerca o tratados.



A sus treinta y siete años ni él mismo conoce la importancia que habrán de tener sus escritos en la génesis del Modernismo.

El malagueño es un hombre humilde en el que no ha hecho mella aún la energía de los ángeles rebeldes, expulsados del paraíso por el deseo de compartir sus secretos conocimiento con sus jóvenes amadas.

Pero ya por entonces sus palabras son evocadoras de la magia y la armonía de una naturaleza virgen, la de su tierra natal.

Y así, como Giuseppe Arcimboldi dibuja al hombre cual una composición frutal, el malagueño evoca en sus versos la primorosa fruta de aquella Arcadia ideal que es su amada Andalucía:



─ Cual si de pronto se entreabriera el día

despidiendo una intensa llamarada,

por el acero fúlgido rasgada

mostró su carne roja la sandía.


Esa naturaleza generosa que conforma su carácter es la que estimula su afán de hombre libre, capaz de lanzar a los cuatro vientos un mágico rebuzno, cual la burra de Balaam, contribuyendo con su sonido a ensalzar la gloria de lo creado; de la música, de la poesía, de sus “amores vegetales” (la albahaca, la chumbera , la palmera, el clavel, la fruta de España, la fresa, la granada… ), de los animales ( la abeja, el abejorro, la cigarra, la mariposa, el gusano de luz…), de las ciudades, de los edificios, de las personas y las cosas, de los trabajos y los días, como se muestra en un precioso poema que lleva por título “El Copo”:



─ Tíñese el mar de azul y de escarlata,

el sol alumbra su cristal sereno,

y circulan los peces por su seno

como ligeras góndolas de plata.



Nombrado redactor jefe de “El Globo”, allá por el año de 1887, Salvador tendrá la suerte de visitar Córdoba, Sevilla y Málaga, escribiendo desde estas ciudades preciosas postales de la Giralda, de la Mezquita, del vino de Jerez, y de la feria de Sevilla; amén de bellos poemas, y cuentos andaluces.

Su posterior incorporación a las redacciones de “El Imparcial”, y “La Diana”, revista dirigida por Manuel Reina Montilla, (Puente Genil, 1856- 1905), le situarán claramente a la cabeza del Modernismo; aspecto que pasa desapercibido para nuestras autoridades académicas, y para los repetitivos libros de texto.

Para el poeta sevillano Luis Cernuda, en esos años anteriores a la publicación de los libros de Rubén Darío en España, destaca la personalidad de tres grandes poetas: los Manuel Reina, Ricardo Gil y Salvador Rueda “en cuyos versos hallamos temas, ritmos y acentos que si difieren en algo de aquellos de los primeros modernistas americanos es sólo por pertenecer a otra tierra, ya que la tradición poética era la misma en España que en América”.

Para el crítico y estudioso Federico de Onís: “Desde que comenzó a escribir en 1883 hasta el triunfo del Modernismo (…) Salvador Rueda fue la figura más importante de la poesía española. Sus innovaciones significaron una ruptura audaz en la poesía del siglo XIX todavía imperante y se miraba como una revolución poética. Pareció que él representaba en España lo mismo que los precursores de América y cuando Rubén Darío llegó a España en 1892, todo el mundo creyó, incluso ellos mismos, que ambos simbolizaban en los dos lados del Atlántico idéntica revolución literaria”.

Y para el sevillano Manuel Machado la de su amigo es una obra de “exuberante fantasía, descarnada a veces, pero poderosamente intuitiva” equiparable a la del nicaragüense Rubén Darío, a la del malagueño Alejandro Sawa, o a la del gallego Ramón María del Valle─ Inclán.

O sea, que pese a su timidez, y a su obligado trabajo en oficinas y bibliotecas, como apunta José María de Cossío, Salvador escribe versos de una gran modernidad, que no sólo nos lo presentan como padre y maestro del Modernismo, sino incluso como precursor del Surrealismo.

En 1892, y con motivo del IV Centenario del descubrimiento de América, Salvador recibirá con los brazos abiertos a su admirado Rubén Darío.

Y en 1894 le sorprenderá la feliz noticia de su incorporación al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, trabajo que habrá de proporcionarle la estabilidad laboral tan necesaria para quien se sabe llamado al noble oficio de poeta.

Ese mismo año, y con el subtítulo de “Crítica contemporánea”, se imprime “El ritmo”, libro con el que el su fino olfato de crítico literario pretendía dar cumplida respuesta al barcelonés D. Josep Ixart de Moragas, quien le pedía información acerca de la poesía del nicaragüense Rubén Darío.

Allí las distintas cuestiones poéticas emergen formuladas en diez cartas, aparecidas un año antes de su publicación en forma de libro en "La Ilustración Ibérica".

Cuando en 1899 Darío vuelve a España convertido ya en la cabeza de más lustre del Modernismo, el distanciamiento entre ambos es ya un hecho incuestionable .

De aquellos comienzos de siglo el onubense Juan Ramón Jiménez evocará la frágil figura del maestro, de metro y sesenta de altura, por unos sesenta kilos de peso, con gorra, alpargatas de esparto, “con traje blanco albañil”, y un habla melosa y bajita, adobada de modismos e interjecciones populares.

El poeta de Moguer no escatimará elogios al reconocer que “herederos lejanos le han sido, hoy ya; y en sus comienzos Moreno Villa, malagueño, Federico García Lorca, Rafael Alberti, gaditano, y José María Hinojosa, malagueño”.

En septiembre de 1906 muere María, la madre abnegada y buena, “la mariposa que el aire me encantaba”.

Aquella tristeza que “colgó su velo en mí”, se vería suavizada dos años más tarde por la generosa iniciativa de las escritoras Carmen de Burgos "Colombine", y Sofía Casanova, de levantar un monumento al autor de "Cantos de la vendimia", "En tropel", y otros tantos poemarios, ensayos, artículos y cuadros de costumbre.

Y poco después, nombrado por los pueblos hispanos de Ultramar “Poeta de la Raza”, Salvador tendrá la fortuna de realizar cinco viajes a América y Filipinas, como representante de un mágico idioma que a tanta gente une de un lado y otro del Océano:



─ Dios le dio a Castilla con sus ígneas manos

Un racimo de espigas bañadas de aroma.

Y dijo: “En el germen de estos rubios granos

Van las letras puras de un mágico idioma”. ("Fantasía")



En carta a Díaz de Escovar ya habla el poeta de su delicado estado de salud, y que las letras le bailan en los ojos, y “cada vez me acerco menos a los libros por esta razón”.

En enero de 1919, y gracias a los buenos oficios del osunés D. Francisco Rodríguez Marín, el macharatungo tomará posesión de su nuevo cargo de Jefe de Primer Grado de la Biblioteca Provincial de Málaga, con un sueldo anual de diez mil pesetas.

Esta nueva situación, y sus problemas de lectura a consecuencia de unas cataratas, le animarán a visitar su querido pueblo, pues “amo el retiro y amo el silencio”, y “en Benaque puedo entregarme a la soledad y a la meditación a mi antojo”.

Pero ya ni su pertinaz bronquitis encuentra alivio, ni le alegra la noticia de haber sido nombrado Correspondiente de la Real Academia Española.

En "Imagen primera de Salvador Rueda", el gaditano Rafael Alberti rememora su andar cansino y torpe por la calle Larios:



─ Sus negros anteojos y un andar casi a tientas, vacilante, buscando con la mano el filo de las cosas, parecían reclamar la presencia de un perro lazarillo. Estaba pobre, olvidado, como sin vista...



El “Poeta de la Raza” fallecerá en 1933, un sábado que inauguraba el florido mes de abril, a la edad de 76 años.

Al día siguiente, domingo, su cuerpo recibe tierra en el cementerio de San Miguel, a pocos kilómetros de aquel paraíso de la Axarquía donde “te despierta vibrando la campana que une su voz alegre y argentina a la turba de pájaros ufana, y suena el canto en la heredad vecina de la moza que lava y se recrea en la fuente sonora y cristalina”; donde aprendiera “a repicar, hasta con arte, las campanas, en aquellas vísperas de fiesta en que los muchachos hacían rabonas a la escuela e iban a bañarse en algún estanque arrostrando las iras de su dueño”; “donde la muerte no impone su espanto y las cruces se alzan como oraciones de la tierra”; donde pasara sus primeros años “viendo el perfil recortado de las sierras sobre el fondo rojo de los crepúsculos; oyendo el silbido del viento en las retamas, que hacían sonar sus semillas como cascabeles; siguiendo el reposado vuelo de las águilas con las cuales tuve tantos sueños soberbios; contemplando la lista de mar azul tendida al fondo del cuadro por donde pasaban los vapores dejando sus pelotones de humo en el aire; bebiendo en el ambiente un no sé qué, que aún llevo metido en el alma, confundido con un remolino de átomos de sol de Andalucía”.



Por tales razones vaya este artículo para rendir un merecido homenaje, en estos tiempos en que tanto prospera la confusión y la mentira, al cantor de España, de Andalucía, de nuestra gente, y de nuestro idioma.

Un resplandeciente ángel de luz,… que "anda ─luz" tuvo que ser.

No vaya a ser que un mal día el más obtuso y empecinado de la fila quiera borrar de un plumazo su nombre de la memoria de la ciudad, como le acaba de pasar a Joaquín Romero Murube, "Sevilla en los labios" y Dios en el corazón.

Que si así fuese habría que borrar del callejero los nombres y los apellidos de renombrados autores, o "consentidores" de crímenes de lesa humanidad, pero no sólo el de Queipo de Llano, también el de Santiago Carrillo; de notorias malas personas, que dejaron por el camino a sus indefensos hijos, como fue el caso del magnífico poeta Pablo Neruda; de encendidos "minotauros" de la talla de los geniales pintores Diego Rivera, y Pablo Ruiz Picasso... ; de mentalidades religiosas, como la del músico Manuel de Falla, que se negó a colaborar con la República a raíz de que eliminasen los crucifijos de los colegios; y de tantos y tantos otros, que mejor sería dejar las calles con su viejo nombre de pila, como tuve la oportunidad de ver en algunos pueblos de Mallorca, seguido de una sencilla dedicatoria "A la memoria" de un personaje que se señaló por sus logros, por su humanidad, por su labor, o por su generosa contribución a la comunidad.

Sería un buen ejercicio de humildad y reconocimiento por parte de los adultos, de enseñanza para los jóvenes, y de justicia social.
 
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