3 de julio de 2022 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Ilusiones y naufragios

─ “Hay música en todo, incluso en la derrota”. (Charles Bukowski)

Ilusiones y naufragios
Ilusiones y naufragios
Sucede que a menudo la vida nos arrastra con la fuerza de una ola, y ni faro que nos guíe, ni roca a la que agarrarse; que un buen día el Peñón de Peñarroya, la Giraldilla, o la Torre de la Vela, que presiden nuestra rutina, y dan pábulo a la Esperanza se nos vienen abajo, y entre escombros quedarían enterradas unas señas de identidad que hicieron de la comunidad abrigo, y de la familia un abrazo.
En " Soledades cordiales", Andrea Bajani plantea en forma irónica el signo de los nuevos tiempos.
Un empleado sumiso asume en su empresa el papel de un destituido jefe de ventas. Su nueva tarea consiste en redactar unas cartas en las que, de la manera más convincente, comunica el despido a sus más directos amigos, y compañeros.
Y lo cumplirá diligente y obsequioso, como portador de una nueva que invita al destinatario a librarse de una pesada carga, a disfrutar del descanso todos los días que le quedan: a saber de la experiencia, y de la filosofía del viaje, etc...
El mismo rollo diario que nos venden nuestros dirigentes políticos, cuando las cosas se tuercen para ellos, y sus intereses.
El símbolo de todos los tiempos debiera de ser una ola, lo que acaricia y golpea, lo que nos lleva y nos trae como vencedores, o vencidos.
La ola que empujó a Ulises a oír cantos de sirenas donde sólo había naufragios, a imaginar una ínsula donde había un mar de trigo, a ubicar en Ibiza la residencia de la diosa Venus, y en Hawai el paraíso.

*****

“¿Qué te llevarías tú a una isla desierta?", es la primera pregunta que ensayaba el aspirante a periodista, cuando la cantante Cecilia formulaba sus encendidos reproches contra las funestas damas de la alta sociedad, o cuando alguien se disponía a pasar una semana de camping, con una bolsa de deportes, un pantalón, y una muda, por equipaje:

─ “Nada de barroquismo, ni bagatelas ─ se solía decir por entonces ─. ¡Compañero, al grano, que a una isla se va a disfrutar, y no a vivir de beato, o capillita! Minimalismo al desnudo, a la manera de los hippies, que nos ayude a prescindir de lo que no es esencial”,

Y llegado a este punto, lo esencial, lo realmente necesario para algunos, consistía en una moto, una guitarra, un jamón, un cuerpo serrano, y una labia a lo López Vázquez, con la que poner cerco a las suecas.

Qué distinta consideración aquélla a la que nos afecta hoy en día a la hora de contratar uno de esos apartamentos turísticos, con cocina incluida, en los que por no haber no hay ni sartén, ni espumadera, ni olla, ni nada con qué cocinar. Poner el grito en el cielo nos parecería insuficiente para proclamar nuestra ira…
Es entonces cuando nos asalta la idea de que nuestra casa, nuestra gente, y nuestra ubicación en el planeta, en toda su parvedad e inconvenientes, es “el sitio de mi recreo”, como dice la canción.

─ “Ni dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad”, repetía hasta la extenuación el anarquista de marras, una idea que pocos siguen, y que el común de los mortales no está dispuesto a asumir.

La misma pregunta de qué cosas me llevaría si me surgiera la ocasión de ir a una isla desierta me la formulé de joven cuando, por cortesía, me presenté en un hotel a la llamada de un familiar.
Era Navidad, y aquel día estaba invitado a cenar, y a pasar el fin de fiesta en un local de la zona.
Sentados ante la pantalla del televisor una familia dejaba pasar el tiempo en la mejor de las compañías.
Luego, llegada la hora de las uvas, cuando el reloj marcaba las doce, el grupo se retiró a sus habitaciones con lentos y medidos pasos, sin la precipitación que haría perder un zapato a Cenicienta.
Al decir de mi acompañante tan acomodada situación era producto de un trueque, la fuerza de la necesidad, o una situación transitoria.
En tan señaladas fechas, sin explicarme a mí mismo el por qué, sentí lástima de aquel joven, a quien conocí tal vez de una entrada o salida por una puerta giratoria.
Por entonces aún desconocía yo el mito de Sísifo, y la ley del eterno retorno que nos condena a vivir en el absurdo, y a repetir siempre la misma historia; una historia sentimental y repetitiva, como herederos directos de un tiempo de suaves melodías, de boleros, y de coplas.
Todo mi bagaje literario consistía en cuatro tebeos, en saberse de memoria la lección, y en las películas del Oeste, con toda su hermosa gama de paisajes, y de horizontes lejanos; de mineros que huían de la esclavitud; de vaqueros que perseguían a lazo su suerte; de tramperos como Jebediah Smith; y de espíritus evangélicos que se aventuraban por el desierto para expandir sus ideas, o para fundar una misión a la que llamar San Diego, San Francisco, Santa Bárbara, o San Luis.
Ahora pienso que la historia es la de siempre en sus distintos formatos. Perversiones, y variantes; “y un duro en la faltriquera”, que proclamaran los clásicos; y un cierto aire de “progresía” que empujaba a los teólogos, y a los ilustrados de iglesia, a señalar a la mujer como la causante de todos los males, incluidas la viruela, la tisis, y la sífilis.
Y entre los actores de reparto "el chico bueno" que mete miedo al personal con el peso de su Colt, o la ciencia de su pluma; los indios “salvajes, aislados en tristes reservas, o condenados al exterminio; los vaqueros de estampa, y los vendedores de güisqui, que hoy ejercen de turistas; los tahúres, los asalta trenes, y todo un larguísimo etcétera…

Ante la inminencia de un rescate por parte de Diego Valor y su escuadrón interplanetario, que es lo que se vuelve a llevar ahora, es de suponer que la mayoría pacífica se comporte como el náufrago del chiste, viéndolas venir, y a la espera de " volver a fabricar nuevas emociones" ─ como publicita Antonio Banderas─; buscando un sitio a la sombra donde echar un vistazo a las páginas del "Marca".
 
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