24 de abril de 2017 | Joaquín Rayego Gutiérrez

El hato de lobos

“Y sucedió que cuando el pueblo oyó el sonido de las cornetas, gritó con gran estruendo. Y el muro se derrumbó”

El hato de lobos
El hato de lobos
Para quien guste de saber cómo se cocinó la historia en su punto, nada mejor que un libro que ha adquirido para muchos la consideración de imprescindible: “La Vida de los Doce Césares”, obra del historiador romano Cayo Suetonio Tranquilo.
Tan sólo del libro IV, el dedicado a Calígula, es posible entresacar mil y una frases para su posterior comentario por parte de quien no tenga mucho tiempo que perder:

─ (Calígula) Excitaba el cariño público con toda clase de gestos agradables al pueblo.

─ Habíase hecho llamar Piadoso, Hijo de los Campamentos, Padre de los Ejércitos, César Óptimo y Máximo (…) y poco faltó para que en el acto tomase la diadema, y sustituyese la ficción del principado por la realeza.

─ Tuvo comercio criminal y continuo con todas sus hermanas, y a la mesa las hacia sentar consigo en el mismo lecho, mientras que su esposa ocupaba otro.

─ Otros dicen que estando sentado en la comida de bodas enfrente de Pisón, le dijo: “No estreches tanto a mi esposa”; que terminada la comida, se la llevó, y a la mañana siguiente publicó un edicto, diciendo que se había casado como Rómulo y como Augusto.

─ Como costaban muy caros los animales para el mantenimiento de las fieras destinadas a los espectáculos, designó algunos condenados para que les sirvieran de alimento

─ Hacia siempre herir a las víctimas a golpes leves repetidos, y jamás dejaba de recomendar a los verdugos, que le conocían bien, que hiriesen de manera que se sintieran morir.

─ Si encontraba un hombre cuya hermosa cabellera realzaba su gallardía, en el acto hacía afeitarle la parte posterior del cráneo.

─ Agotados los tesoros y reducido a la pobreza, recurrió a la rapiña y se mostró fecundo y sutil en los medios que empleó: el fraude, las ventas públicas y los impuestos. Pretendía que aquellos cuyos antepasados habían obtenido para ellos y sus descendientes el derecho de ciudadanía romana, lo gozaban ilegalmente (…); y cuando le presentaban diplomas acordados por Julio César o Augusto, los anulaba como títulos viejos y sin valor.

─ Cuando nació su hija, se quejó de ser pobre y de sucumbir a la vez bajo el peso del Imperio y de la paternidad y recogió ofrendas para la crianza y la dote…

La auto alabanza, la propaganda, la soberbia, la desproporción en el odio y en los afectos, la usura, la rapiña, la inmoralidad, el sadismo, la envidia, la mentira, el crimen…, y veinte mil taras más figuran en el “debe” de los más grandes “monstruos” de la política.
Y en el germen de tan fiero “hato de lobos”, como los denominara el poeta Fernando Villalón, algo tendría que ver la descabalada educación que recibieran siendo niños, como señalaba el filósofo francés Jean Jacques Rousseau:

─ Menos miente el acento que las palabras; y acaso por eso le temen tanto las personas bien educadas.

Educadas o no, es una práctica propia de lobos atacar a los más débiles; y de aprovechados, y de cobardes, el socavar los cimientos que proclaman nuestro orgullo, y nuestra dignidad de ser hombres.
¡Pues menuda educación la que nos invita a recelar de los demás, y a desconfiar de la palabra, y hasta de la propia familia, la más noble de las instituciones!
De seguir a este paso o “todos lobos”, o todos “trileros”.
¿Y qué habría de pasar entonces con el usurero, el jugador de ventaja, el bandido, el sopista, y el ladrón? No habría en el mundo ningún ingenuo a quien robarle, o engañar; que los estaríamos esperando con la escopeta cargada.

***

En fechas muy recientes me ocurrió lo que alguien ya había designado como “una experiencia de frontera”: un desencuentro entre el hombre natural que aún permanece latente en nuestro fondo de armario, y una deshumanizada máquina “tragaperras”.

─ “Que pues doblón o sencillo / Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero/ Es don Dinero”.

El “equívoco” sucedió con la Banca aquella que simula jugar a los dados en el entretenido juego del “un, dos, tres”; que tres son los personajes del cuento: el Lobo Feroz, Caperucita Roja, y la pobre Abuelita.
Para no adornar con más datos, que cansaría hasta al manso, harto ya de batallitas, lo resumiré en breves trazos:

Durante años de fidelidad, y con más pérdidas que beneficios, fui ese tonto feliz que hablaba bien de su banco; hasta que hace poco recibí una circular en la que aquél me manifestaba el cambio de las condiciones contractuales de mi C.C., de modo unilateral.
Ante las perspectivas de pagar 24 € trimestrales a cambio de nada de nada, me personé repetidas veces en la entidad, para comunicar verbalmente mi interés en traspasar el dinero a otro banco.
En el último minuto el Sr. Director de mi sucursal me ofreció una buena comisión anual por no cambiar de colores, que a estas alturas eran ya de un púrpura vergonzante; posición que rechacé como habrían hecho nuestros padres: defendiendo mi palabra.
En las sucesivas ocasiones me reiteré, y también por escrito, sobre la cancelación definitiva; pidiendo una explicación escrita sobre la sanción que se me obligaba a pagar; y una copia del contrato donde se especificase el punto que justificaba el referido gravamen.
La respuesta fue una copia de “pantalla de ordenador”, a todas luces insuficiente; una petición del contrato a Madrid, que habría de tardar “varios” días; y un consejo desinteresado: que dejara un remanente en la cuenta, por si hubiera que atender aquellos pequeños reflujos que tiene la economía.

¡Pero señor, si lo que conturba mi estado de ánimo es la falta de confianza en ustedes; una desproporcionada “sanción”, que repugna el sentido común por lo abusivo de los intereses; y una pésima opinión sobre las buenas prácticas bancarias..!

¡Ni que el dinero que con tanto esfuerzo he trabajado se lo tuviesen que llevar por ley los Calígulas, los malos políticos, los prestamistas, o los usureros de turno, alegando una “Participación Preferente”, una injusta y ominosa “Cláusula Suelo”, el Baratillo de Monipodio, o las malas artes del Diablo Cojuelo, que vuela alegre y desenfadado por los azulados cielos de Madrid!
Que ni “Juan del Pueblo” tiene posibilidad, ni tampoco obligación, de defender sus intereses con la precisión de un jurista, ni se ha de asustar por más que los lobos presuman de colmillos, o que amenacen “duquelas”; que a quien no ablanda el dinero, menos se ha de callar cuando el tejado se le llueve, como haría quien vivió hasta el último de sus días defendiendo sus convicciones:

─ “En la cárcel he visto hombres que hubieran perdido la vida antes que faltar a la palabra empeñada. Otros que se hubieran dejado matar antes que buscar por el camino de la delación una recompensa. Otros a quienes se podía confiar un capital, sin temor a que se lo apropiasen. ¿Cree usted que en la calle hay esas gentes? Además, en la cárcel he visto la apoteosis de la sinceridad. Recuerdo que al hacer el censo preguntaron a un penado qué oficio tenía, y él contestó modestamente: ladrón. No fue posible de convencerlo de lo contrario. Él no tenía otro oficio y era incapaz de mentir. Los ladrones que no están en la cárcel son muy inferiores a este hombre. No confesarán su oficio”.

Que como diría la Biblia torres más altas cayeron. Y las veremos caer por merecimientos propios…
Y también recias murallas, como las que defendían con arrogancia la ciudad de Jericó:

─ “Y sucedió que cuando el pueblo oyó el sonido de las cornetas, gritó con gran estruendo. Y el muro se derrumbó”.
 
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