17 de julio de 2019 | Joaquín Rayego Gutiérrez

A la sombra del paraíso

El paraíso es uno de esos árboles de recio y tortuoso tronco, con semillas en forma de aceitunas, que la Biblia pone en el Jardín del Edén

A la sombra del paraíso
A la sombra del paraíso
En primavera, con la llegada del buen tiempo y el regreso de las golondrinas a sus nidos, es un gusto disfrutar del aroma de sus flores que, como las flores de las tipuanas, prestan al azul del cielo sus alegres notas de color amarillo.
El Paraíso es también el jardín donde Dios puso a nuestros primeros padres, para después expulsarlos por no echar cuenta de sus consejos, motivo que es muy común entre los jóvenes de hoy en día.
Durante siglos la religión y las viejas creencias animistas conformaron nuestra sensibilidad y sus particulares matices, el espíritu de las sociedades, las distintas escalas de valores, y las varias formas de cultura en las que la Naturaleza juega un papel destacadísimo.
Y es así como se habla de valles, montañas, fuentes, y ríos, erigidos por la mitología en lugares sagrados de encuentro a donde acude el peregrino, a las puertas mismas del Paraíso que, como abunda la etimología no es otra cosa que un jardín.
El “Jardín del Edén”, recinto gustoso que los seres de luz, los hombres buenos y justos, y los fieles devotos de las “religiones del Libro”, tienen la promesa de disfrutar en “la otra vida”.
La “Arcadia” pastoril, el “locus amoenus”, y el “hortus conclusus”, a que tan a menudo hacen referencia los tópicos literarios, y los grandes pintores de todos los tiempos, como resumen de un lugar ameno y agradable, jardín cerrado, o “claustro”, donde el hombre dialoga con Dios y consigo mismo, y donde se sabe en unión con todo lo creado:

─ “En el solitario parque, la sonora
copia borbollante del agua cantora
me guió a la fuente. La fuente vertía
sobre el blanco mármol su monotonía.
La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano,
un sueño lejano mi canto presente?
Fue una tarde lenta del lento verano.
Respondí a la fuente:
No recuerdo, hermana,
mas sé que tu copla presente es lejana”.

El jardín de Gethsemaní, lugar de encuentro donde Jesús de Nazaret se reunió con sus amigos para orar; “ars moriendi” de quien ordena sus cosas a pocas fechas de afrontar un trágico destino.
Diálogo del individuo con la Naturaleza, a las puertas mismas del Edén, como sugiere la rica mitología griega; la obra de novelistas de la talla de Cervantes, autor del “Discurso de la Edad de Oro”; de poetas como Garcilaso de la Vega, o como el escocés James Thomson, artífice del poema que lleva por título “The Seasons”; de pintores, como el impresionista Paul Cézanne, para quien “los cuadros hechos en el taller nunca tendrán el valor de los hechos al aire libre”.
Armonía del ser humano en su relación de convivencia con los demás seres vivos, como defiende el padre de la Institución Libre de Enseñanza, D. Fernando de los Ríos, en un artículo escrito allá por el año de 1886:

─ “(…) al par de los elementos puramente espontáneos contribuyen también y enriquecen el paisaje otros (casas, caminos, tierras cultivadas, etc.) que son obra ya del arte humano, y hasta del hombre mismo, cuya presencia anima con una nueva nota de interés el cuadro entero de la naturaleza”.

En este escrito el socialista rondeño menciona el paisaje y su íntima relación con el paisanaje; la contribución del arte en las maneras de percibir la Naturaleza, en tanto que el individuo, y sus distintos modos expresión, están condicionados por el hábitat, y por el poso que en ellos dejó la cultura.
De esa filosofía regeneradora desarrollada por el krausismo, que tiene por Norte el austero paisaje castellano, beberán los seguidores de la “Generación del 98”, particularmente el novelista “Azorín”, y el pintor Benjamín Palencia.
De la diferencia conceptual entre estos y sus contemporáneos modernistas será fiel reflejo una anécdota atribuida a D. Miguel de Unamuno y al almeriense D. Francisco Villaespesa.
Al preguntarle el poeta modernista a su amigo qué flores serían aquéllas que lucían en el estanque, el escritor vasco sacó la siguiente respuesta:

─ "Nenúfares, amigo mío, son nenúfares, ésas que aparecen con tanta frecuencia en las poesías de usted".

Verdad es que ya en el XIX la almibarada poesía modernista, y la engolada y atronadora poesía de entonces, darán una vuelta de tuerca hacia el mundo rural y hacia la naturalidad, como muestran los extremeños Chamizo, y Gabriel y Galán; o la obra del oriolano Miguel Hernández, contraria al pragmatismo capitalista, y a esa nueva mentalidad deshumanizada y deshumanizadora que antepone el dinero al espíritu.
Lo demás, hasta que en el año 1.962 salga a la luz “Tiempo de silencio”, de Luis Martín Santos, será un poco más de lo mismo: Aldecoa, Cela, Delibes, o el paisaje descarnado de una España negra, como la que en sus viajes por España llevó a sus cuadros el pintor José Gutiérrez Solana: la cola del hambre, las viviendas de los barrios bajos, la recogida de perros a lazo, los locos, las ratas, el toro que “saca las tripas a cinco caballos que hacen regueros de sangre por la plaza”, etc…
En un tiempo en que “para los cazadores, España es la tierra prometida”, no es de extrañar que el único ecologista conocido fuese D. Félix Rodríguez de la Fuente, y sus fieles seguidores, por muchos lances de honor que se atribuyan a sí mismos los políticos.
Y es lógico, en parte, que las únicas reivindicaciones llegaran de la mano de los trabajadores de las fábricas; o de los hijos de una clase media/ alta que ocupaba las bancadas de la universidad, y para quien los problemas del campo eran una causa menor, el desmedido deseo de Franco de hacer pantanos en Extremadura, o de la presencia al Sur de Europa de los grandes latifundios:

─ “Si el bosque se quema algo suyo se quema, Sr. Conde”, se decía por entonces, sin echar cuenta para nada del noble oficio de bombero.

Fue allá por los años 70 cuando se empezó a tener noticias de un himno ─ “Preserven el Parque Elysiam”─ que un cantante americano de música folk alzó por bandera de la reivindicación, ante los atentados ecologistas, la brutal especulación, y la irrupción mercantilista de las excavadoras en un parque público:

─ “¡Qué lindo es el parque de Elysiam!”, “el aire es libre, amigos”; “los niños necesitan el parque”; “no pasarán las excavadoras”; “queremos el césped bien verde”; o “el parque es suyo y es mío”, fueron los simples mensajes que pocos cantaron cuando la desafección por parte de la Iglesia y de los Ayuntamientos de los bienes públicos de nuestro país; cuando constructores a caballo como Jesús Gil, tomaron a saco las ciudades; cuando las barbaridades propiciadas por el desarrollismo hasta el mismo día de hoy.

“Para viejos ya estamos nosotros. Hay que tirar todo, y hacerlo nuevo” – decía el “slogan” de un viejo vecino, con la aquiescencia de los nuevos propietarios.
Y desde entonces el nuevo ascensor no admite en su interior a los “pesos pesados” del bloque, ni en él cabe la silla de inválido de mi viejo vecino.
La bandera de la reivindicación sólo sirve, tanto ahora como entonces, para planteamientos más serios que jugar al bingo.
Un ejemplo de ello es el sevillano Parque de Miraflores.
En los años 60 las noventa hectáreas de terreno rural del parque había sido convertida en un auténtico erial, en un vertedero de escombros; desecado su arroyo, y suprimida su laguna, con la excusa de las crecidas que asolaban la ciudad.
A partir del año 74 empezaron los vecinos sus pertinaces reivindicaciones, conscientes de las excelencias del paraíso perdido; de que la palabra paisaje es tan solo una extensión de la palabra país: el “campo”, el patrimonio de todos, la ventana con vistas, o el alegre paisanaje…
Huertos, arroyo, laguna, lugares de esparcimiento, pájaros de todas clases, jacarandas, acacias, paraísos, mimosas, plátanos de sombra, árbol de los enamorados, pinos piñoneros, catalpas, o falsas pimientas, acudieron solícitos a aquel lugar, para conformar hoy en día un rincón del paraíso que todos cuidan con mimo.
Y es que como dijera el filósofo Ortega y Gasset en “El tema de nuestro tiempo”, la verdad no es una, ¡bonita!; ni es un cucú cantaba la rana, ¡chatína!: la verdad es de quien la busca, sin ocuparse de la propaganda, de los piratas de internet, o de las mentiras oficiales que cocinan los fieles servidores del poder:

─ “Cada vida es un punto de vista sobre el universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra. Cada individuo─ persona, pueblo, época─ es un órgano insustituible para la conquista de la verdad.
(…) Pero el caso es que la realidad, como un paisaje, tiene distintas perspectivas, todas ellas verídicas y auténticas. La sola perspectiva falsa es la que pretende ser la única.”
 

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