24 de julio de 2017 | Joaquín Rayego

Nothingan prisa

─ “Me gustaría mirar / todo de lejos/ pero contigo”

Daniel R. Celentano
Daniel R. Celentano
En el transcurso de estos días el barrio de Triana celebra su “Velá”.
Ya en las tradicionales casetas, de estructura de hierro revestida de humilde lona, se anuncian como exquisiteces el adobo, la sardina, y el mosto del Aljarafe, que la mitología señala como el elixir que debió tomar Hércules cuando perdió los cinco sentidos por Astarté, la diosa que buscó refugio en esta orilla trianera.
En cálidos atardeceres, cuando el alma se anega del embrujo marinero que sube por las aguas del Padre Betis, el barrio invita al paseante a admirar la agilidad de sus jóvenes, aferrados a los vaivenes de una cucaña, y a mirar con embeleso sus hechuras de mujer:

─ “Las campanas de Carmona
No tienen tan buen sonido
Como tiene tu persona”.

Que si de algo está sobrado este barrio es de la elegancia, y de la armonía, que tiene su particular expresión en los más pequeños detalles.
Y si miramos a vista de pájaro Triana es un núcleo de población enfrentado a Sevilla, y a los pies mismos del Aljarafe, formado por pescadores, por esclavos negros procedentes del Algarve, por gitanos de fragua y bronce, y por artesanos del barro.
Y de esas formas tan naturales de arte, que nacen de la manipulación del esparto, y del tejar, es de donde surge tan especial devoción por sus imágenes: “El Cachorro”, “La Esperanza de Triana”, “La Estrella” “La Estrellita”, la Virgen del Carmen, “Señá” Santa Ana, Santa Justa y Rufina, Nuestra Señora de la O, etc…
Una devoción que supera ese arco iris de colores en el que se refugian los vendedores de humo de la política, como bien confirmó el poeta Rafael Alberti quien, en los años difíciles de la República recibía el saludo de un grupo de camaradas comunistas que portaba sobre sus hombros a la Estrella valiente.
Convertida por mor de los sueños en un lejano kiosco de infancia, la calle Betis me recuerda a Francisco Palacios, “El Pali”, sentado plácidamente a la puerta de su casa; a las tertulias de vecinos de la calle de la Montera, que con su sola presencia, llenaban la calle de luz; y a esa maravilla con que el andaluz se expresa por sevillanas, o a ritmo de bulerías, y que en no pocas ocasiones se enreda en un agravio de celos, y de ardientes desvaríos:

─ “Merecía esta gitana
Que la fundieran de nuevo
Como funden las campanas”.

Y es que la música, al igual que la vida, es una tierna guitarra que exhala sus armonías por cada poro de su piel, y que a cada instante revela sus más íntimos secretos para quien la quiera oír, y para conocer los nombres que le sugieren sus notas: diapasón de los recuerdos, pozo de soledades, álbum de los afectos, cueva de Alí Babá, charlotada de Benny Hill, aristocrático vals de cuello duro y chaqué, candileja de los sueños, Lee Marvin de los sin ley, expresión muda de los misterios, manifiesto redundante de la alegría de vivir…
Como ilustrativo ejemplo bastaría con un wassap para confirmar lo que digo.
Me lo acaba de enviar un amigo sevillano.
Postrada en el lecho del dolor una encantadora anciana espera que le hagan una delicada operación de caderas; para calmar a su familia, a ella sólo se le ocurre repiquetear sus dedos sobre la colcha, a manera de palillos, e interpretar con gracia esa sevillana que dice:

─ “Qué ha sido de tu vida / Qué tal te fue sin mi
Yo sigo con mi herida/ Desde que te perdí.
Abrázame/ Abrázame de nuevo/ Que mañana tal vez
No volvamos a vernos/ Amor abrázame”.

Como la vida misma la música se compone de múltiples disonancias, que se dan a nivel de letra, o en una tabla de armonías, como refiere el protagonista de una obra de B. Jarnés:

─ Y yo te digo que cuando se escucha con tanto deleite una ensalada de ruidos, probablemente será porque algo dentro de nosotros nos suena también a jazz─ band; algo dentro de nosotros ha quebrantado una ley de armonía.

Las melodías de mi infancia, amén de las que les oí cantar a mis padres, las interpretaban cantantes de raza: sin más apoyo que su voz, y sin otra formación musical que la que la naturaleza regala a un jilguero, a un mirlo, o a un ruiseñor.
Personalidades de la talla humana de D. Antonio Molina, que por no defraudar a su público abusó en extremo de su voz, contrayendo una terrible fibrosis pulmonar.
Eran melodías que se publicaban en “Cancioneros”, que hablaban de amores frustrados, y que llevaban letra de Rafael de León, así: Ojos verdes, Me embrujaste, No me llames Dolores, La Lirio, Mari Cruz, Ay pena, penita, pena, etc…
La que despertaba los sentimientos más nobles de los seguidores del Peñarroya C.F., que asistían al Campo de Fútbol de “Casablanca” los domingos por la tarde, era aquella que contaba, a ritmo de pasodoble, las desventuras de un soldadito español, y su amor por la Patria, resumida en una letrilla del escritor gaditano D. Pedro Muñoz Seca:

─ “Como el vino de Jerez/ y el vinillo de Rioja,
son los colores que tiene/ la banderita española”

Que aún a pesar de las tretas que con redes de araña nos suele urdir la memoria, no me sorprendería que a muchos niños de entonces les acuda a los ojos una lágrima al mencionar esta canción, que ni habla de odios feroces, ni de “enemigos moribundos”, ni de “estrellar a tus hijos contra las peñas”, como dice el Salmo aquél.
Y que qué habíamos de hacer, me pregunto, sin tener con el enemigo algún roce, de esos que se gasta el humorista Gila.
Que el noble pueblo español es poco dado a desear la muerte de nadie, ya se trate de un dictador, de un torero, de D. Miguel Blesa, o de las alimañas de ETA, que ya es decir.
Entiendo que cada cual es hijo de su tiempo, de sus comportamientos, de los compromisos contraídos consigo mismo, y de la moral adquirida en el trato con los demás; pero arrebatar la vida a nadie tan sólo se justifica en una situación de vida o muerte, o en un caso incontrolable de esquizofrenia.
A pesar incluso del sufrimiento de tantos santos inocentes a los que una sociedad enferma empuja hasta el suicidio; como le sucedió al escritor Mariano José de Larra, señalado como enemigo público por el simple hecho de pensar con claridad, y de expresarlo con arte.
Que no es cosa de recibo fingir un atropello para decir a los demás lo que uno piensa, como sucediera con aquellos personajes del relato de Chejov.
Resultó que el padre de la novia, coronel retirado, se pasó todo el día agasajando a los invitados al acto; y al final del cuento, y ya pasado de copas, incapaz de reconocer a nadie, y sintiéndose ofendido, a Efim Petrovich le dio por expresar su opinión.
Tan sólo su mujer sería capaz de entender tal desmadre, y de arropar su opinión:

─ Cálmate, alma de Dios!.. ¡Cálmate, Herodes!.. ¡Ídolo!.. ¡Castigo mío!

***

En el transcurso de este año se cumplirá el veinticinco aniversario de la Expo de Sevilla, un evento que aglutinó a todas las “naciones” de España, como proclaman los deslucidos chapuzas del diseño político, y del marketing.
Un año antes tuve la suerte de hacer un viaje a Austria, en compañía de unos amigos.
Y paseando por la ciudad de Viena fue la inteligencia de un niño ─ el hijo del periodista sevillano José María Asprón ─, la que le advirtió a nuestro grupo que las Agencias de Viaje sólo mostraban imágenes de la Barcelona olímpica, en detrimento de la Expo de Sevilla.
Consultado nuestro guía resultó que el crío estaba en lo cierto; y que en el caso concreto de nuestro cicerone resultó que tenía el encargo de “vender” a Cataluña como nación, con intereses bien distintos a los se marcaba España.
A quienes íbamos en aquella furgoneta de visita por Austria, Hungría, y Checoslovaquia, la noticia nos sonó a novela de ficción, o a una forma de neurastenia del enanito del cuento.
Y es en esta misma hora en que se cumple el veinticinco aniversario de aquel evento, cuando la Generalitat catalana reitera sus amenazas contra este país opresor del que, según ellos manifiestan, hay serios motivos para avergonzarse, y para denigrar su bandera.
Pues menda no está de acuerdo, que a servidor le explotaron en Cambrils, trabajando como un burro, y pagándome en dinero negro.
Supongo que habrá andaluces que prefieran la melodía de “Els Segadors”, a la Marcha Real, a la Marcha de Riego, o al Himno de Andalucía. Sólo es cuestión de sensibilidad, y buen trato…
Pero a esos tragaldabas de “expertos”, y politi─ pillos de tres al cuarto, bien que les deberían aplicar las enseñanzas del Quijote, por pesados y repetidos.
Aquel loco de Córdoba solía tirarles losas de mármol a los perros; y el dueño del podenco, que lo pilló in fraganti, no le dejó un hueso sano.
En adelante, y como el individuo aprendiera de tan dolorosa experiencia, siempre que veía un podenco decía:

─ “Éste es podenco. ¡Guarda!”

Hace unos días, en Ávila, escuché al tertuliano de un bar que decía, ofreciéndose de mercenario: “¡Conmigo que cuenten, si hay que ir para allá!”
¿Y tan gordo es lo del dedo como para que haya que amputarlo?
Pienso que no es cosa de insultarnos unos a otros, ni de echarnos en cara los motes, si somos o no somos democráticos, y si procedemos de noble linaje…
Como cosa de familia sentémonos a conversar, y a expresar nuestras neurastenias sin el temor de decirlas; que todos necesitamos un minuto de atención, y no es cosa de matarse por intereses que Dios sabe cómo y dónde, que diría un personaje de novela:

─ “El Estado nos autoriza a morir para sostener el derecho cívico de una docena de seres que son la historia, la cultura, la prosperidad del país, porque el país comienza y termina por ellos”.

La Expo del 92 fue una oportunidad de oro desaprovechada por los propios andaluces, por sus gobernantes de mampostería, por las falacias del poder, y por intereses mezquinos, para qué nos vamos a engañar…
Por entonces nuestros prohombres estaban más atentos en calcar la Constitución catalana, y en hacer gala de su carné, que en defender a sus vecinos.
Los altos cargos de la Administración proclamaban a los cuatro vientos la valía de los Patxi y de los Jordis.
Y no se les caía la cara de vergüenza, poniendo en desventaja a toda esa gente válida, que no eran devotos del partido; o que no cabalgaban en las olas del más descarado arribismo.
Y, por supuesto, nadie aludía al fracaso que había significado para el tejido industrial andaluz la paralización de proyectos como el canal Sevilla Bonanza, que habría permitido la entrada en puerto de buques de gran tonelaje, y propiciado la creación de una banda industrial de doscientos metros de ancho por sesenta y ocho kilómetros de longitud.
Toda una autopista marítima y férrea, a pie de carretera, que a algunos molestaría, porque lesionaba sus intereses.
A 110 kms de la costa, la industriosa Hamburgo sería un caso similar, con la única diferencia de que aquel proyecto no lo arropaban ni Carrero Blanco, ni Franco, a quien los catalanes sacaron en más de una ocasión bajo palio.
Conozco incluso a un industrial de Los Palacios que estuvo en Holanda, invitado por una empresa interesada en tenerle como socio, para participar del pastel.
En las décadas posteriores a la guerra civil ya habían sido los agricultores andaluces los que atrajeron las divisas, gracias a la exportación de aceite, de aceituna de mesa, y de vinos de Jerez.
A brazo partido luchó por sus campos la familia de mi amigo Juan Manuel. Y quién va a engañarnos, si nosotros mismos lo vimos.
A cambio se les gratificó con un dinero ridículo, que nada tenía que ver con el precio real del dólar.
Lo afirma D. Nicolás Salas, que no lo dice un servidor:

─ Sólo por la diferencia entre el valor real del dólar y lo abonado a los exportadores andaluces, entre 1950 y 1970, se perdieron unos quince mil millones de pesetas de la época.

Como refiere en sus artículos tan renombrado escritor, a esas divisas habría que añadir las enviadas a España por los emigrantes andaluces. Una pasta gansa imposible de cuantificar habida cuenta de que el Estado era su principal adjudicatario, seguido de Cataluña, El País Vasco, y muy posteriormente Madrid.
Y como aquel año de la Expo la ciudad de Venecia regalara a Sevilla una preciosa fuente de vidrio; su autora, Federica Merangoni, le puso el acertado título de “Las trampas de la memoria”, por si algún moralista con sobradas razones, y muy pocos escrúpulos, se hubiera de dar por aludido.
La memoria deshilachada de tanto turista que luce en televisión, convierten la caja tonta en una clara incitación a la rebeldía, si no les toma a chufla.
A mí, particularmente, sus relatos me recuerdan el chiste del moribundo:

─ “Padre, me acuso de haber tenido amores con dos mujeres casadas”.

Y el cura:

─ “Hijo mío, no es ésta la hora de las vanidades”.

O a aquel otro suceso del que fueran protagonista el sevillano Rafael Montesinos y una monja, y que aparece referido en “Diálogos en la acera izquierda de la avenida”:

─ Se puso frente a mí y preguntó: “¿Contra lujuria?” Y yo, con toda la buena fe del mundo, contesté: “Cantidad”. La hermana decía que no, que en el catecismo ponía “castidad”, y yo le contestaba que el libro estaba equivocado, porque había oído cómo un señor le decía a mi padre en su despacho: Desengáñate, Rafael, contra lujuria cantidad.
(…) Ella se puso colorada como un tomate y salió disparada de la clase. Regresó con la Madre Superiora, que me sacó de dudas: “Mira, hijo, la lujuria es un mal deseo. Si ves que una niña tiene una onza de chocolate y deseas quitársela, aunque no lo hagas, es un mal deseo, ¿comprendes?”
(…) Pocos días después, al final del almuerzo, mi madre me dio dos torrijas; pero yo deseaba comerme una más: “Tengo lujuria” (…) mi madre no sabía a dónde mirar. Menos mal que insistí: “Tengo lujuria de torrijas”.

A robar, y a ser honrados nos enseñamos de pequeñitos, viendo actuar a nuestros mayores.
Y como diría el bueno de Machado “hoy el vicio es lo que se envidia más”, la lujuria de las torrijas, del poder, del dinero, de la fanfarria, y de las medallas, se convierte en muy contadas ocasiones ─ como en el caso Julián Muñoz, de los Pujol, de Urdangarín,…─ en un displacer que termina por robarle el sueño a más de uno.
Quiera Undibé que la vara justa de la ley no se permita ni tan siquiera una siesta.
 
Daniel R. Celentano
                   
 
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