29 de julio de 2017 | Montero Glez

Felipe González y Venezuela

Felipe González EFE
Felipe González EFE
González iba a ser el líder de un nuevo partido que mantendrá su imagen de izquierdas por un lado mientras por el otro aceptaba la monarquía, la OTAN y toda la herencia del franquismo.
Nunca la derecha española se había mostrado tan internacionalista como en los tiempos presentes. Su preocupación por Venezuela es el ejemplo de cómo un país hermano al que nunca se hizo caso, llega a estar a todas horas llenando la boca de los bien comidos.

Felipe González es uno de ellos. El otro día fue #trendingtopic o como se diga eso, pues en una entrevista concedida a Antena 3, el que fuera presidente reveló su inclinación golpista, algo que no sorprende lo más mínimo ya que su carrera política viene avalada por distintos golpes.

El primero de todos, financiado por la socialdemocracia alemana, tuvo lugar en Suresnes, poco después de la Revolución de los Claveles. Entonces Felipe González era Isidoro, un abogado sevillano con afán trepador que se benefició de los últimos tiempos de la dictadura franquista cuando esta, para neutralizar la lucha de clases, apoyó en las sombras a un nuevo partido con viejas siglas.

Porque el PSOE poco o nada tenía ya de socialista tras abandonar la ideología, verdadero motor de la organización obrera. Con estas cosas, quedaba dispuesto el elemento más importante para urdir una Transición que se verá favorecida de igual manera por la socialdemocracia alemana y los servicios secretos norteamericanos.

De esta manera, Felipe González iba a ser el líder de un nuevo partido que mantendrá su imagen de izquierdas por un lado mientras por el otro aceptaba la monarquía, la OTAN y toda la herencia del franquismo incluyendo a las fuerzas de represión directa con aroma de cloaca.

Cuando esto ocurría en España, al otro lado del Atlántico, el pueblo de Venezuela vivía su mal llamado milagro económico, el oro negro multiplicaba las necesidades superficiales de los venezolanos siguiendo una progresión geométrica que poco o nada tenía que ver con la felicidad, a la vez que ocultaba y ennegrecía sus necesidades vitales.

Conviene recordar que cuando Felipe González llegó al gobierno, se comportó como un instrumento más del capital, un hombre de negocios que hacía trapis con los oligarcas de Sudamérica, golpes que impedían que la izquierda latinoamericana se hiciese con los riendas del verdadero destino de los pueblos: el que lleva a la justicia social.

La carencia de cultura de raíz política que hemos padecido hasta la llegada del 15M es la causa de que al día de hoy, un hombre como Felipe González, siga teniendo predicamento en nuestro país. Sólo hay que escucharlo hablar para darse cuenta de que su expresión discursiva de barraca de feria, más que internacionalismo, revela mercadería global.
 
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