2 de octubre de 2017 | Joaquín Rayego Gutiérrez

El malvado Curucul

Imágen de graffitis
Imágen de graffitis
Aunque suene a cuento chino a lo largo de nuestra vida hemos conocido hombres malvados, y hombres buenos; gigantes generosos como un San Cristóbal; y enanitos saltarines, de la mala sangre de Otegi; de los que meten miedo porque nunca nadie les paró los pies.
Pasaron los años gloriosos en que el sentido común, la caridad, y la honradez eran el mayor patrimonio del pueblo llano: las virtudes que ayudaron a Sancho Panza a administrar una ínsula.
Quedó atrás la Edad de Oro en que los rebaños de ganado pastaban en libertad por los campos, y Nuestro Señor D. Quijote se batía en desigual combate contra el Gigante Caraculiambro.
Atrás fueron quedando vientos de fe y esperanza que, partiendo de Huelva, llevaron a las carabelas a descubrir un Nuevo Mundo. Gente llegada hasta Andalucía desde todas partes de la Península; gente que hizo de la entrega y el sacrificio un emblema digno de admiración desde la una a la otra banda del Océano:

─ “Dejad que siga y bogue la galera / bajo la tempestad, sobre las olas:
va con rumbo a una Atlántida española, / en donde el porvenir calla y espera”.

Pero como aquellas extraordinarias gestas no fueron archivadas en soporte digital, algunos enanitos sin hábito de estudio cogieron la rara manía de reinventarse la Historia.
Tal el caso del malvado Víctor Curucull Miralles ─ que para matar a traición, y para mentir con alevosía, es necesaria la intencionalidad─, del Secretariat Nacional de ANG, órgano asesor de Artur Mas para una nueva Mitología.
Dice tan destacado estudioso que la capital de Tartessos es Tortosa; que “todo lo que era la Magna Grecia constituyó nuestro Imperi Catalá”; que “Roma no era nada, y que no empezó a ser la capital que es hasta el día en que en ella entraron los catalanes”; que Santa Teresa no era de Ávila: “catalana de arriba abajo”; que Carlos V no se retiró al monasterio de Yuste, “a joderse de asco”, sino al monasterio badalonés de La Murta; que San Ignacio de Loyola era de Orihuela, y El Quijote fue un libro escrito en Cataluña; que en América se hablaba catalán, y que Américo Vespucio, el cosmógrafo de Colón, se llamaba en realidad Aimerich Despuig, si atendemos a su fonética.

Ya lo dijo Goebbels: “Repite una mentira y tarde o temprano se convertirá en verdad”.

Pero dejemos a un lado a este tonto útil, que más que nadie precisa del apoyo de un especialista en Psiquiatría; que, como diría Julio Camba, “para volverse loco no basta razonar al buen tuntún y de cualquier manera, sino que es preciso ir pasando poco a poco por el filtro de una lógica rigurosísima, hasta que no quede en él ni el más pequeño residuo de realidad, y entonces cuando nuestra razón no tenga ya mezclas que la adulteren y sea como si dijéramos una sustancia químicamente pura, entonces es cuando habrá llegado el momento de ponernos la camisa de fuerza”.
Hasta hace pocas fechas la autonomía andaluza se vanagloriaba de tener entre sus más eximios gerentes a unos personajes que por titular como Jordi, o como Patxi, por tirar de una jerga abigarrada y taciturna, o por expresarse en un penoso andaluz, daban lustre a este pueblo de “mentalidad anárquica y paupérrima”, según palabras de Pujol.
Durante estos últimos años ese catalán de marras ha representado para esta tierra la imagen de la sensatez y del trabajo; y por ello ha sido objeto de admiración, y del más cortés y cariñoso de los reconocimientos.
Pero esa imagen que teníamos ha cambiado en tan solo dos días a la luz de una realidad que a muchos repugna; y esa Cataluña de los honorables ha dejado de ser para una gran mayoría de españoles el sinónimo de eficacia, de olimpismo, y de progresía, que tanto gusta vender.
Los desharrapados familiares de Young Sánchez, de Chico de Madrid, y de esos tiernos personajes de Aldecoa; los extremeños, los murcianos, los castellanos, y los andaluces… prefieren mirar al cielo, a vivir bajo el peso de una triste demagogia, o de una losa de intereses, como el desabrido ricachón del cuento al que un humilde campesino quiso vender unas vaquitas:

─ Es el caso, señor, que yo quiero vender una vaquita.
─ Yo no compro quince ni veinte vacas.
─ Más vacas quiero vender. Vengo a ver si usted quiere comprarme dos mil vaquitas que me sobran.

Y cuando aquel grosero personaje del cuento vio el beneficio económico al alcance de la mano, mandó que trajeran un sillón para acomodar a tan honorable huésped.
Y tirando de ironía el campesino:

─ Siéntense mis dos mil vaquitas.

Que ni Cataluña es la tierra de Jauja, de no haber sido por esa gente que allí trabaja a destajo; ni demuestra la cordura de la que siempre se honró, pretendiendo que los demás paguemos lo que ellos mismos se jugaron al tute, como aquel que decía:

─ “¡Tú me harás que pierda, pero no me harás que pague!”

Díganlo si no el Sr. Albert Boadella, director de “Els Joglars”, que emigró de aquella tierra; el ingeniero Joan Moll, a quien dieron “muerte civil” por su condición de hombre íntegro; la granadina Ana Moreno, a la que hicieron un vergonzoso boicot, por defender los derechos académicos de su hijo; el Sr. Román Gubern, quien dice que “declararse español como Marsé, Herralde o Coixet, gente viajada, te hace la vida muy incómoda”; y díganlo tantos jóvenes que sin necesitar de un “tutor” para pensar por su cuenta, se niegan a seguir las imposiciones de una sociedad represora, y de un capitalismo explotador al que Valle Inclán criticó en un esperpento.

Que argumentos de experiencia los tienen todos a rabiar; y sin embargo, para evitar la confrontación, hay quienes miran para otro lado.
Y también una mayoría silenciosa, a la que no se le respetó su cultura, ni se hizo esfuerzo alguno por integrarla en tan acogedora sociedad ─ uno de esos episodios vergonzantes transcribí hace años en el artículo titulado “Un diálogo entre amigos”─; argumentos de los calificados como neuróticos los hay para no callar, por más que algunas rémoras del carlismo presuman de estar en la onda democrática; que no es buena táctica la de andar “en misa y repicando”, como gusta al obispo de Solsona:

─“Siento sincuenta curas/ se condenaron, / por unas naguas blancas/ que divisaron.

***

En unas declaraciones a una cadena de radio, un periodista extranjero desvelaba su fórmula para acercarse a la opinión de los independentistas catalanes:

─ ¿Qué cosas cambiarían en su vida en los días sucesivos a la independencia?

Al parecer la respuesta que repetían era la falta de respuesta: la de un discurso vacío, con connotaciones sentimentales.
La explicación a esta actitud colectiva, y las posibles claves de la situación política catalana nos la da sin pretenderlo Slavoj Zizek, pensador de los calificados de izquierdas, para quien el Estado nación “ya no encarna el poder colonial, lo hace la empresa global”.
O sea, que ni “imperialismo” ni otras yerbas; y que todo es una simple cuestión económica con visos de degenerar en una desilusión óptica, como pasó en tiempos, y como seguirá pasando:

─ Occidente, que empezó idolatrando la disidencia del Este (…) desprecia ahora los actuales regímenes postsocialistas, a los que tiene por una mezcla de corruptas oligarquías ex comunistas con fundamentalismos éticos y religiosos.
(…) El Este, que empezó idolatrando a Occidente como ejemplo a seguir de la democracia bienestante, se ve atrapado en el torbellino de la desbocada mercantilización y de la colonización económica.

Se pregunta Zizek si un cambio de pareja "política" influiría en la nueva situación de los contrayentes. Y matiza su opinión en términos muy concluyentes:

─ Los disidentes descubren ahora con estupor que hicieron la función del “mediador evanescente” en la transición del socialismo a un capitalismo gobernado, con nuevos modos, por los mismos que gobernaban antes. (…) lo que los analistas políticos (mal) interpretan como “desilusión con el capitalismo” es, en realidad, la desilusión que produce entender que el entusiasmo ético─ político no tiene cabida en el capitalismo “normal”.

Las tácticas que hacen posible la manipulación y el engaño por parte de los gobernantes, así como la “universalización metafórica de la reivindicaciones particulares”, también se prestan a un pormenorizado análisis por parte de este profesor de la Universidad de Liubliana:

─ Pensemos en el ejemplo clásico de la protesta popular (…) la situación se politiza cuando la reivindicación puntual empieza a funcionar como una condensación metafórica de una oposición global contra Ellos, los que mandan, de modo que la protesta pasa a referirse a determinada reivindicación a reflejar la dimensión universal que esa específica reivindicación contiene ( de ahí que los manifestantes se suelan sentir engañados cuando los gobernantes, contra los que iba dirigida la protesta, aceptan resolver la reivindicación puntual; es como si al darles la menor les estuvieran arrebatando la mayor, el verdadero objetivo de la lucha).

También se refiere Zizek a ese tonto útil del que hablábamos, y que tan necesario se hace a los mecánicos de poder:

─ El tonto es el crítico social “radical” y multiculturalista que con sus lúdicas pretensiones de “subvertir” el orden en realidad lo apuntala.

Son necesarios, pues, pensadores de este calibre capaces de desenmascarar las trampas que ocultan las apariencias, y los discursos falsamente progresistas que nos endosan…

─ El multiculturalismo es una forma inconfesada, invertida, autorreferencial de racismo, un “racismo que mantiene las distancias”: “respeta” la identidad del Otro, lo concibe como una comunidad “auténtica” y cerrada en sí misma respecto de la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia asentada sobre el privilegio de su posición universal.
(…) El respeto multicultural por la especificidad del Otro no es sino la afirmación de la propia superioridad”.

Y termino copiando literalmente un párrafo que, a mi entender, requiere de una lectura cuidadosa y reposada, pues no no tiene desperdicio alguno:

─ "Todo ese discurso sobre esas nuevas formas de política que surgen por doquier en torno a cuestiones particulares (derechos de los homosexuales, ecología, minorías étnicas...) toda esa incesante actividad de las identidades fluidas, oscilantes, de las últimas coaliciones ad hoc, en continua reelaboración etc., todo eso tiene algo de profundamente inauténtico y nos remite, en definitiva, al neurótico obsesivo que o bien habla sin cesar o bien está en permanente actividad, precisamente con el propósito de asegurarse de que algo ─lo que importa de verdad ─ no sea molestado y siga inmutable. El principal problema de la actitud postpolítica, en definitiva es que es fundamentalmente interpasiva".

Resumiendo: Zizek incide en esas "cuestiones particulares" que, bien adobadas por el poder, afectan al "neurótico obsesivo" del gobernado, distrayéndole de "lo que importa de verdad", y facilitando la puerta de escape de quienes tienen en sus manos las llaves del mundo,y pretenden "no ser molestados" en sus bienes, e intereses.
 
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