16 de octubre de 2017 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Reflejos

─ “Estos día azules, y este sol de mi infancia”

Reflejos
Reflejos
En días tan luminosos como el de hoy el paseante encamina sus pasos hacia el cercano Parque de María Luisa.
(“Estos día azules, y este sol de mi infancia”, había escrito para él el bueno de don Antonio Machado).
Divagando por aquellas rotondas, plazoletas, y jardines que proyectara el paisajista Jean─ Nicolás Forestier, el más extranjero se encontraría aquí como si estuviera en su propia casa; que el amor y la belleza une hasta a los más descreídos en el más entrañable de los abrazos.
Qué gracia de proporción aquel cálido nido que a todos invita─ desde la aristocrática tórtola hasta al gorrión más humilde─ a la plácida ensoñación, y a la aventura del vuelo.
Paradojas de la belleza, que encerrada en el surrealismo de un caleidoscopio por obra y gracia de una cerámica se muestra en la Plaza de España como un oasis de luz.
Ante tan grata visión el transeúnte recupera por un instante el aliento, se solaza en la contemplación de los espejuelos del lago, y se empapa hasta los huesos en el río de la vida.
Porque la Plaza que construyera el arquitecto Aníbal González Álvarez─ Osorio es el más hermoso hermanamiento entre los pueblos españoles: un diseño en forma ovalada, rodeado por un lago, presidido por una fuente central, y flanqueado por dos esbeltas y airosas torres.
En sus tondos, esculturas, paneles, bancadas, anaqueles, y balaustradas, la estructura del recinto ─ tres enormes pabellones de estilo mudéjar, bajo un amplio mirador de cuatro tramos de arcadas─ luce el brillo que le prestan los alfares trianeros, y unos ceramistas de la fama de Juan Ramón Lafita, Enrique Orce, y Pedro Navia, entre otros.
Y en este Museo al aire libre cada provincia se muestra a ojos del observador en un hermoso capítulo de su historia.
Aquí los guerreros más audaces, los más osados conquistadores, los místicos de mayor peso, los intelectuales de más prestigio, y demás ilustres personajes que dieran brillo al país que los romanos llamaron Hispania, "tierra de conejos".
Cuántos pasajes memorables en los que se sueña la Historia.
Que qué pueblo no sufrió en sus lujuriosas y risueñas carnes las rapiñas de una secta, la traición de un D. Rodrigo, la puñalada trapera de un Caín, la codicia de un Juan March, o el vergonzoso espectáculo de una pelea entre hermanos:

─ “Eran ayer hermanos: de la ciencia/ Los dos propagadores se llamaban,
Y la industria y el arte cultivaban/ Felices en la paz y la opulencia.
Un hombre, en hora de fatal demencia, / Irritó sus pasiones que callaban,
Y hoy con mares de sangre quizá lavan/ El impuro borrón de su conciencia.
¡Madres! Mañana, al despuntar la aurora, /No busquéis del hogar en los confines
Al que vuestras venturas atesora.
¿El eco no escucháis de los clarines?/ ¡Tras ellos va la furia asoladora
De esta maldita raza de Caínes!”

Que quien le habría de decir a un servidor, con este “cuartillo” de sangre vasca del que presumo, que la más negra burguesía catalana y vasca fueran los grandes negreros del siglo XIX. Con lo “sentido” que son ellos en lo tocante a la moral.
O que las mayores fortunas de Europa, las de familias de renombre como la de Artur Mas, o la de los Borbón dos Sicilias, se nutrieran de la sangre de los esclavos negros.
Pero vamos a lo que vamos, que la falsía y la desilusión son el mayor contrapunto de la belleza. Y estábamos en otra cosa que nada tenía que ver con esto.
Decía que cuántas emociones aquí, entre las refulgentes bancadas de la Plaza de España, desparramadas por los suelos, por quienes como Boabdil, marcharon un lejano día de la seguridad de sus lares, para ya nunca volver al más bello jardín de su infancia y de sus años de la adolescencia:

─ ¿Ves aquel punto de allí, que resalta en trazo negro, y que sobre un fondo amarillo identifica a la provincia de Córdoba?
Pues ése, mi querida niña, es el pueblo donde nací: Peñarroya─ Pueblonuevo; allí conservo vivo mi cascarón "de sol, espiga y deseo"; allí, donde supe del mejor de los bocados que la vida me regaló: de los amorosos besos de unos padres, del cariño protector de una gente, y del espíritu risueño de una canción que yo, como en su momento hicieran conmigo, te quiero cantar un día de estos, mientras te mezo entre mis brazos:

“Si, como tú, Consuelo/ Yo me llamara,
¡Qué poca gente habría/ Desconsolada!”
 
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