9 de abril de 2018 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Y volvieron silbando

Y volvieron silbando
Y volvieron silbando
─ “Ya se van los quintos, madre/ ya se llevan a mi Pepe,

ya no tengo quien me traiga/ horquillas para el rodete”. (Canción popular)

Hasta la primera década del s. XX en el ejército español regía un sistema que consistía en que las familias adineradas, o con voluntad de endeudarse con las Cajas de Crédito, tenían la posibilidad de redimir a sus vástagos del servicio militar mediante la aportación al Estado de una cantidad en metálico, o bien haciendo frente a intereses de usura que superaban con creces el 35% del dinero prestado.

Contra tamaña injusticia de las llamadas “Redenciones” y “Sustituciones”, que eximiría de los deberes patrios a medio millón de hijos “de algo”, en perjuicio de los más pobres, alzaron la voz personajes de la talla del valenciano Vicente Blasco Ibáñez.

Y no sería hasta 1912 cuando se corregiría semejante atropello,subrayando el principio proclamado por “La Pepa” de que “el amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y asimismo, el ser justos y benéficos”.

No obstante, y para no molestar a los ricos ─ que ya se sabe que hay sabios y Doctores "permeables" a toda clase de ciencia─ se crearía la figura del “soldado de cuota”, que seguiría vigente durante la República, y que se extinguiría en julio del 36.

Pero los últimos coletazos del XIX serían unos años tan difíciles que ninguna reforma de última hora podría haber evitado la penosa situación por la que atravesaba el país.

La política arancelaria impuesta por una alta burguesía esclavista terminaría justificando con mucho la sublevación “mambí” ─ “María Cristina me quiere gobernar”, que cantaban los cubanos─, así como la desleal e interesada intervención de los Estados Unidos en el conflicto.

Testigo de excepción de la explosión del crucero “Maine”, y de su uso mediático por “el amigo americano”, fue el escritor hispano─ cubano Alberto Insúa quien, en su libro de “Memorias”, relataría con todo detalle lo que allí ocurrió, refiriendo cómo los técnicos españoles demostraron a las claras que aquella explosión “no pudo ser externa, porque, examinado el casco por los buzos (…) se comprobó que no había sufrido daño alguno”.

Y no obstante la determinación y el heroísmo de nuestros soldados, la joven democracia yanqui acabaría imponiendo sus “razones”, “democráticas”, y “desinteresadas” en el mejor de los casos.

Los mismos argumentos con los que medio siglo después masacraría a dos millones de vietnamitas en sus torpes ansias de hacer de Indochina una colonia.

De tan dolorosa derrota surgiría una conocida frase, el “Más se perdió en Cuba” ─que usamos cual paliativo en los momentos difíciles de la vida─, de la que se habría de seguir un eufórico añadido: “…Y volvieron silbando”.

Algo difícil de entender si tenemos en cuenta que en aquellas tierras de Ultramar enterramos a cincuenta mil de nuestros mejores hombres, y que cuatro mil de los que regresaron enfermos, o heridos, no llegaron a pisar suelo patrio, debido a una mala alimentación, y al mal trato recibido a bordo de aquellos cruceros de la Trasatlántica, como confirmaría en sus memorias el médico e investigador Ramón y Cajal.

Desconocemos qué canciones serían aquellas que con tan dulces matices alimentó nuestra musa popular, pero temas no faltaban.

“Remember to Maine!”, gritaron aquéllos a quienes arropaba un moderno material de guerra, la propaganda “amarilla”, el número, y el valor de su moneda.

¿Y qué no habríamos de gritar, y de recordar, los sufridos españoles?

“¡Recordemos el arrojo del soldado Eloy Gonzalo!” “¡Recordemos a los Vigil de Quiñones, Enrique de las Morenas, Vara del Rey..!” “¡Recordemos la inenarrable gesta de los héroes de Baler..!”, "¡Recordemos la belleza de las isleñas!", suspiraba entre ardientes lágrimas el pueblo llano, bien en dulces habaneras, o bien en tristes cantares que dejaron prendidos en el aire la nostalgia de lo perdido, o la caricia de un pañuelo:

─ “Yo te diré, por qué mi canción te llama sin cesar…”

¿Alguna consecuencia que, a ciento veinte años vista, habría que sacar de esta historia?

Me limitaré en mi corto juicio a dejar unas letras a la apreciación del lector.

Las escribió Eugenio D´Ors, allá por los años veinte, en sus ya conocidos “Paliques”:

─ El pueblo es el Job secular. Dolor nuevo que caiga sobre él, no viene de nuevo. El miserable a quien le matan un hijo en la guerra puede considerar fácilmente esta catástrofe bajo especie de fatalidad. Pero ¿y el burgués, avezado a exigir para sus bienes mayor respeto, y de su voluntad civil y política traducción más fiel y directa? Este sector de la sociedad puede resultar menos paciente. Puede engendrar si se le apura, por paradójico que el hecho parezca, reacciones más rápidamente revolucionarias.

Creo que si hoy entre nosotros apareciera un gran demagogo punzado por grandes ambiciones, empezaría por cultivar este sector.

Hace ya un siglo de todo esto, pero merecería ser tomado en cuenta por los sutilísimos cocineros, lingüistas, “roba títulos”, “calienta asientos”, y “demócratas de los de siempre” ─ ¿“gobierno del pueblo”, dicen?─ que con semejantes aderezos aliñan una revolución.

Que cuando no haya remedio imagino que nadie vendrá con el cuento de si es políticamente correcto, o no, decir la frase aquélla de marras: la que dijo la madre de Boabdil cuando el rey nazarí lloraba muy amargamente por la gran pérdida de Granada.
 
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