8 de mayo de 2018 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Torre de arena

─ “Todo es mentira, todo es quimera, / todo es delirio de mi dolor”

Torre de arena
Torre de arena
Jugando al juego del “bueno” y del “malo”, de las verdades y de las mentiras, el parisino Charles Perrault nos vino a mostrar el comportamiento “inmoral” del hermano lobo, uno de esos individuos cínicos, de insaciable voracidad, que por un bocado de carne no dudaría en conturbar la sagrada inocencia de un niño.

Y luego, pasada la edad de los cuentos, nos vinimos a enterar de que “el hombre es un lobo para el hombre, no hombre, cuando no sabe quién es el otro”, como dejaba caer en una de sus comedias el escritor latino Plauto.

Lacerante pesimismo que llevaría a algunos filósofos a la conclusión del doble carácter que nos adorna, de hombre y de lobo a la vez, y que tanta fortuna alcanzaría en la manera de pensar del británico Thomas Hobbes, entre otros muchos pensadores que consideraron al hombre como un peligro para las demás especies, incluida la suya propia, e incluso para sí mismo:

─ “Breve combate de importuna guerra, / en mi defensa soy peligro sumo;

y mientras con mis armas me consumo, / menos me hospeda el cuerpo que me entierra”.

Los mismos trastornos de personalidad en los que incidiría un siglo después el novelista Robert L. Stevenson, en “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, y que a fecha de hoy se nos presentan, desde la pantalla plana de nuestro televisor, como una forma muy extendida de extrañas costumbres.

“Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis”, parece decirnos la “caja tonta”, con la impertinencia demagógica de quien se sabe dueña de almas y haciendas, y hacedora de esa rara forma de vida que transforma al alegre en triste, desleal al amigo, impostor al ortodoxo, natural al forastero, honrado al falaz, hipócrita al hombre sincero, de izquierdas al de derechas, estúpido al más sabio de los ancianos, adulto al más candoroso de los niños, y espíritu puro al convocado por los demonios a las mismas puertas del Infierno...

Y uno en sus pocas luces se pregunta a qué vendrá tanto invento de tres al cuarto, tanto “juego sin arte”, y “sudores sin fruto”, tanto mercantilismo servil, si a la postre resulta que somos más patosos que un ganso, más insensibles que una piedra, más taimados que un mono, y más infeliz que quien iba recogiendo las cáscaras de altramuces que otro tiraba al suelo.

Y uno no deja de barruntar cómo se puede llegar a tan poco como para señalar con el índice la chusca cleptomanía de quien arrampla con unas cremas, cuando hay quien lleva siglos viviendo a cuerpo de rey, expoliando al país, y saqueando la hacienda del sufrido contribuyente.

Y cómo se atreve un obispo a lucir su mendacidad bajo palio, entonando el “Miserere” con beatífico gesto de despiste, como quien nunca pisó una hormiga. ¿Perdón, dicen? ¡A buenas horas, mangas verdes!

Y cómo los estomagantes asesinos de ETA campan aún por sus respetos entre la noble gente de paz, sin ningún damnificado se aplique en darles su medicina. Y menos aún los políticos… Nunca acertaré a explicármelo, a no ser que los pacíficos tengan distinto ADN que los “valientes” gudariak.

¿Memoria histórica dicen? Pues entonces no habría que dejar en pie ni uno solo de esos preciosos edificios coloniales que recuerdan en Andalucía la perfidia de los ingleses, y “el año de los tiros”, en que la Río Tinto Company Limited y sus lacayos masacraron a un pueblo minero por mor de espurios intereses. ¡Cuánto dislate!

Desmañados oradores, promocionados a la poltrona de Desastres Naturales del Reino, que señalan como culpables a las siete plagas de Egipto, cual si ignorasen que ellos mismos forman parte de esa hambrienta piratería de langostas (y “langostos”) que nos dejarán por herencia un enorme y desangelado secarral.

¡Qué trivialidad de personas, que ni siquiera tienen la utilidad de un apacible espantapájaros!
….

Hace pocas fechas, y sin que ni siquiera fuese uno de esos días “señalaítos” de que habla Raimundo Amador, recibí en mi ordenador una alegre noticia que me puso una sonrisa en los labios, y una lágrima en el corazón: eran los cálidos versos de mi amigo Isaac Prieto Caballero, uno de esos juglares “de antes”, de los de moral machadiana, reflexivas raíces, y muy ingenua condición; de los que entienden que el comunismo es la doctrina de un Cristo generoso y bueno que comulga con su gente, y que nos invita a compartir nuestro pan y nuestro vino con el más humilde de nuestros hermanos; de los que hacen del arte un ejercicio de “religión”, entendiendo como tal el vínculo aquél que nos “ata” a los demás, y nos anima a comulgar con los problemas y alegrías del prójimo.

El poema al que me refiero dice así:

─ Una copla, hermosa voz, / es un regalo de ensueño.

Y cuatro fotos. Él, dueño/ de la luz, copia una flor,

o narra poemas de amor/ en unos cuadros preciosos.

Y en medio, sus deliciosos/ discursos, saber sin fin.

Nos “envidea” don Joaquín, / cada amanecer, gozoso.

Recibir el vídeo nuevo/ con su encanto cada día,

escuchar la melodía,/ escogida con esmero,

que nos propone, primero./ Y meditar con fruición

la no pequeña lección/ grande en forma y contenido.

Y ya, por fin, divertido, / de fotos el colofón.

Cumple Joaquín con empeño, / se diría que una misión,

una noble vocación, / despertarnos con un sueño.

Y así nos manda risueño/ como un grito cada vez

su trabajo y su honradez / que goces el nuevo día

con esta página mía. / ¡Ay, que me gusta, pardiez!

Las palabras que uno expresa no hablan sólo a los demás, también hablan de uno mismo.

Por ello, y por la parte que me corresponde, recibo tan dulce maná, como abrazo de amigo, y como parte y arte de esa generosa personalidad que lleva al trovador a compartir sus canciones.

Seguro que tan sensible vate habrá bebido de aquella fuente que llamo yo “de la Misericordia”, y que el Ayuntamiento de Sevilla puso en su día frente al número 49 de la calle Marqués de Paradas, para orgullo de la ciudad, y alivio de caminantes; en el caso concreto, de una pulcra y discreta vecina, afectada de una enfermedad mental, que hizo del portal nº 49 la caricia de un hogar, y su cielo cuajado de estrellas.

Gracias por tus palabras, querido Isaac ─“misericors mendacium”, que dirían los latinos─, que son el ejercicio afinado de quien como tú oficia en los altares de las siete musas, con su rimada dosis de verdad, y su rimada pizca de mentira, que si todo se hiciera con tanto arte…

Si todas las cosa tuvieran ese ligero puntito de sal el mundo sería un pañuelo, y no habría espacio para la soberbia, ni para el odio, ni para la envidia...

Ni siquiera el disimulo y la mentira tendría las patas tan cortas como algún descreído supone:



─ “Torre de arena, / que mi cariño supo labrar…
 
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