29 de mayo de 2018 | Joaquín Rayego Gutiérrez

El patio de mi casa

“El patio de mi casa es particular” es una melodía que, cogidos de la mano, cantaban los niños pequeños, dando vida al alegre corro

El patio de mi casa
El patio de mi casa
El placer de compartir, y la música alborozada de la calle son flores de quienes, a tan tierna edad, no tienen más obligación que la de jugar, y echar por tierra las barreras que separan el mundo real del imaginario, señaladas para la ocasión por unos trazos de tiza pintados en el suelo:

─ “A estirar, a estirar, que el demonio va a pasar…”.

Me la acaba de recordar una de aquellas ninfas que los dioses del Olimpo destinaron a presidir la educación de los niños, una joven profesora de Badalona que, por mor de la psicología evolutiva de los nuevos planes de estudio, o tal vez por los criterios “transversales” emanados de la Generalitat, se prestaba rigurosa a la tarea de adoctrinar a unos niños de Guardería, animándoles a gritar contra el terrible Polifemo del 155, transformando aquel mágico mundo infantil, cargado de connotaciones simbólicas, en aquel otro del taconazo marcial y de las medias verdades que, al calor del “vivac”, pretende reverdecer viejas canciones de guerra, y oscuros sueños imperiales.

Me lo acaba de recordar una de aquellas “curótrofas” que los olímpicos dioses de Grecia destinaron a la tutela de los más tiernos brotes de cada casa; una joven maestra que, al parecer, desconoce la vieja máxima que atribuyen al galeno Hipócrates, de que “lo primero es no hacer daño” ─“primun non nocere” ─ , y lo segundo, no dejar a medias tintas ningún cuento que se precie, a no ser que sea una retahíla como la del “gallo pelao”.

Una joven que parece ser que ignora que el cuento del demonio del 155 es el mismo que aquél “de nunca acabar” del Leviatán de “la pela es la pela”, de quien dicen que vivió media vida a costa de aparentar laboriosidad, mientras esforzados emigrantes le llenaban hasta rebosar su granero de trigo.

Me lo acaba de recordar una chica que, con energías espartanas, ondeaba una banderita, animando al combate a tan pequeña y frágil tropa. Una flor adolescente que probablemente no sepa del sufrimiento de sus hermanos, los payeses de remensa, ni del racismo esclavista de sus más ilustres antepasados, ni de la mentira orquestada de los editores del cuento que, allá por los años setenta, ya tiraban de sutilezas en vallas publicitarias para convencer al viajero de que, al entrar en el feudo de Wifredo “el Velloso” estaba haciendo su entrada triunfal en Europa; como si el resto de los mortales fuésemos “despreciables” africanos, y estuviésemos aún sin bautizar.

¡Menudos catequistas de tres al cuarto! Para mearse de la risa, vamos:

─ Un Flecha en el campamento/ en la cama se meó. / Chivirivirí, chiviriviró

Tan grande fue la chorrada/ que hasta el pasillo llegó. / Chivirivirí, chiviriviró…

Magnífico “sentido común” el de esta aguerrida falange, que agrupa a sus jóvenes por banderas y por edades, y cual si fuesen soldados de la causa, para seguir alimentando el buche de la hormiga reina, y de su muy regalada prole.

Que “el mundo es ancho y ajeno”, y un espacio para convivir con los demás, es algo que ya aprendimos de boca de nuestros mayores, o en las páginas de un libro, o ligando con las palomas de la Plaza de América, y vestido de militar, o en la sesión doble de un cine de verano…

Pero de no haberlo sabido tiempo también habríamos llegado ya a la misma conclusión: que la actitud egoísta y asesina de Caín, los silencios cómplices de Abel, los inconfesables intereses de los “conciliadores” en la otra vida, las chapuzas del “manitas” de turno, y ese eterno estribillo de “¡Agáchate, y vuélvete a agachar…!”, son las más chocantes razones de que un patio tan “particular” y florido como el nuestro, amanezca cubierto de aguas fecales, día sí y día no.

Ladrones de guante blanco, cruzados de la causa, gerifaltes de antaño, carlistas de nuevo cuño, como algunos suelen llamar a los etarras, a los obispos vascos, a los Rajoy, a los Puyol, a los Rajoy, a los Zapatero…; o mejor, bombas de acción retardada enfundadas en tétricas y sombrías caretas, que no merecen sino el desprecio de sus víctimas.

Me imagino, si aún queda un ápice de justicia allá arriba, que algún día serán huéspedes de aquellas famosas calderas.

Que el mayor problema de un grupo humano siempre fue la desigualdad lo saben hasta los párvulos de los Jardines de Infancia, que acostumbran a “compartir” las chuches con otros niños; las demás sinrazones de peso ya vienen solas y rodadas: los odios de unos, los intereses de otros, los egoísmos enfermizos, las diferencias económicas y sociales, la falacia de una raza superior, la envidia, el separatismo, la exclusividad de las marcas…

Lo acaba de decir un viejo líder que, como Poncio Pilatos, siempre se mostró crítico con el enemigo ideológico que le tocó en suerte─ “impostores de la izquierda de salón”, llama ahora a sus camaradas de antaño─ pero tibio en confesar sus pecados, y el de sus compañeros de juego:

─ “La unidad de España no es otra que la igualdad entre españoles”.

¡A buenas horas, mangas verdes..! Para tamaña conclusión no habría hecho falta leer ser librero, ni anotar a pie de página las documentadas razones de los Pedro Antonio de Alarcón, Gaspar Núñez de Arce, Antonio Machado, Pío Baroja, Benito Pérez Galdós, Vicente Blasco Ibáñez, Indalecio Prieto, Alberto Insúa, Ramón J. Sender, Manuel Chaves y Nogales, Arturo Barea, Santiago Ramón y Cajal, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Felipe Trigo, Miguel Delibes, o Antonio Buero Vallejo, individuos que nos hablaron del alma de la patria hispana, y de los grandes errores y méritos que contrajeron nuestros antepasados.

Las mismas razones que esgrime un alcalde andaluz, que acierte o no en el gobierno de su ciudad, ha dado sobradas muestras de humanidad confesándose deudor de los humildes, y que “ante la duda” preferiría equivocarse con su gente “que acertar solo”.

Éste sí que es un pastor como el San Manuel Bueno, de Unamuno; que para hablar con el corazón sobran las medallas doradas, las camisas almidonadas, el alzacuello, los golpes de pecho, y los intereses de casta, que como dice el refrán “agua pasada no mueve molino”, y “obras son amores, y no buenas razones”, que nada tiene que envidiar en nuestros días la actitud de algunos líderes con el comportamiento criminal del pastor Panurgo, que estrelló al mejor de sus mansos contra las rocas, con tal de arrastrar hasta el precipicio al rebaño de borregos de su vecino.

Los hay, como los fariseos, que promueven esta clase de doble moral, que a mi corto entender es la peor de las inmoralidades; porque su finalidad es la de jugar siempre un doble juego, y figurar a toda costa en el equipo ganador.

(¡Rosario, échales un cubo de mierda a esta gente!).

Y los hay también, gracias a Dios, quien como usted y como yo, pobres víctimas de esta clase de aves de mal agüero, que en el breve espacio de un parque, de un alegre y festivo patio, o de un paseo peatonal, se saben parte de un universo que extiende sobre ellos sus alas protectoras, al tiempo de convocarnos a una mesa de hermandad, donde la palabra reconfortante, la ilusión de compartir, y un buen caldo, constituyen los mejores alicientes para estrechar lazos de amistad, dirimir diferencias, aventar prejuicios, y buscar semejanzas en las que poder coincidir.

Sentados en viejas sillas de anea a la sombra de un emparrado, o en la holganza del paseo, en estos días de mayo, se acrecienta en nosotros la capacidad de disfrutar del frescor de un vaso de agua, la vaporosa nadería que da en saborear una tacita de caracoles, el regusto amable de una estimulante conversación, el silencio cósmico de las estrellas, o esos chispazos de vida que se arremolinan alrededor de las cosas, y que nos llevan a pintar con la imaginación el azul de las trompeteras campanillas, el inmaculado blancor de las paredes, o el recóndito círculo del brocal de aquel pozo de nuestra infancia, mientras unos ángeles buenos se asoman complacientes a nuestra patio de siempre, y hasta se animan a hacernos unas palmitas de bulerías “por lo bajini”:

─ “Chocolate, molinillo, / corre, corre, que te pillo.

A estirar, a estirar, /que el demonio va a pasar…”.
 
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