5 de junio de 2020 | Manuel Villegas Ruiz

Gerontofobia y Gerontocracia

Las epidemias, las pestes y las pandemias que han castigado a la Humanidad, siempre la han aterrorizado y han hecho que afloren los sentimientos más abyectos, así como los más nobles de los seres humanos.
Estos azotes se han venido produciendo y reproduciendo desde que el ser humano existe. Los virus, las bacterias y los hongos conviven desde siempre con los humanos y las enfermedades causadas por ellos les han originado verdaderos estragos.
Hacer un recorrido por los distintos morbos que nos han castigado, sería una pérdida de tiempo además de innecesario.
No obstante queremos mencionar que en Córdoba se declaró en 1804 una epidemia de fiebre amarilla (llamada así por el color que tomaban los cuerpos), tan dañina, que el Alcalde Agustín Guajardo Fajardo, mandó que se tapiasen los barrios de S. Andrés y San Pedro. Medida ciertamente drástica e inhumana pero que evitó el contagio al resto de la población.
Sí quiero hacer una distinción entre el miedo que hoy se tiene a los ancianos o la gerontofobia y el respeto y la consideración que estos han tenido desde casi los albores de la Humanidad.
Esa veneración y reconocimiento de su mérito se les ha tributado a lo largo de la Historia, de tal manera que en muchas ciudades antiguas eran sus gobernantes, cuya forma de jefatura se denominaba gerontocracia.
El vocablo anciano se originó en Egipto. Está compuesto por dos palabras: an (manifestación divina) y heh (suma de años), o sea que los ancianos son los que, por permisión divina, acumulan muchos años.
Creo que es más comprensible decir que están protegidos por los dioses.
Los griegos, que tanto aprendieron de los egipcios, a los mayores los designaron con la palabra γέρων (géron) que significa anciano, miembro del Consejo, Senador… y κράτος (crátos), fuerza, poder, autoridad…o sea, que la gerontocracia es la autoridad o gobierno de los ancianos; sin embargo gerontofobia, con la misma raíz y φόβος (fóbos) terror, miedo, temor… es el miedo o terror que se siente hacia los ancianos.
La ancianidad ha sido respetada desde los tiempos más remotos, porque en ella se reconocía la experiencia, la sabiduría y la ecuanimidad que dan los años.
Los ancianos eran los transmisores del saber y de las tradiciones, por ello causaban respeto y se les rendían homenaje y reverencia
Esparta, antigua ciudad estado de Grecia, aunque algunos historiadores exponen que era un Ejército Estado, pues los padres tenían que entregar a sus hijos varones al mismo, cuando cumpliesen los siete años para transformarlos en guerreros, estaba gobernada por una diarquía real, o gobierno de dos reyes y un Consejo de veintiocho ancianos mayores de sesenta años, que se denominaba Gerusía, cuya jefatura era vitalicia, es decir, el pueblo elegía a hombres idóneos mayores de sesenta años para que, junto con los dos reyes, rigiesen los destinos de la ciudad hasta que falleciesen.
No creamos que la valoración social del anciano surgió espontáneamente en Grecia, sus fundamentos se encuentran en la Biblia desde el Génesis a los Evangelios. Por solo citar alguno, mencionaré los siguientes:
“En los ancianos está el saber” (Job,12,12), “busca la compañía de los ancianos” (Eclesiástico 6,35).
"Corona de honra es la vejez que se halla en el camino de justicia" (Proverbios 16:31
Por su largo vivir y experiencia, el anciano era considerado portador de gran saber por lo que merecía respeto y deferencia.
En Grecia estas consideraciones estimularon a la reflexión, estudio y valoración de los filósofos y pensadores originando un gran momento histórico cultural y social, en el que el anciano alcanza un gran poder, así, el consejo de los jóvenes griegos, antes de tomar grandes decisiones, consultaban al Consejo de ancianos (Homero). En tiempo de Solón dicha actuación de asesoramiento se transformó en el Areópago como institución aristocrática de ancianos con alto poder.
Al llegar la democracia, empujada por la fuerza de la juventud, perdieron todos los valores de la sabiduría y los poderes políticos, jurídicos, etc., y se quedaron solo con los honoríficos.
Pero no creamos que todos los grandes pensadores de la Antigüedad han expresado pensamientos de respeto y estima hacia los ancianos, Platón y Aristóteles mantienen consideraciones divergentes sobre la ancianidad. El primero ensalza al anciano, considerándolo persona llena de sabiduría, experiencia, sensatez, equilibrio, capacidad de razonamiento, etc. que hacen ser al anciano merecedor del mayor respeto y dignidad posible, como expone en su obra “República”.
En el lado contrario está la ideología de Aristóteles que expone en sus obras: “Política”, “Retórica” y “Ética a Nicómaco”, en las que responsabiliza a la vejez de cuantos males encarnan en los humanos y extiende el concepto “la vejez es una enfermedad”. Teoría que más tarde sería recusada y anulada totalmente por Galeno de Palermo (129-200 d.C.), discípulo del dios Asclepio en el Asclepeion de Pérgamo y estudioso de la obra de Hipócrates, que siempre sería su principal referente.
George Minois tras recordar que la obra “De senectute”, de Cicerón, es "la única obra latina exclusivamente consagrada a los ancianos", afirma: "puede parecer extraño que la civilización romana, tan severa con los ancianos, haya producido esta extraordinaria apología de la vejez, única por muchos conceptos. Por el lugar que ocupa en la literatura, por la calidad de su estilo y su argumentación, la obra representa un hito esencial en la historia de los ancianos”.
Citaremos solamente dos paremias latinas en las que se estima la ancianidad:
Senex mature fias, si diu velis ese senex. Llega pronto a viejo si quieres ser viejo por mucho tiempo.
Seni debetur veneratio. Al anciano se le debe veneración.
Hoy por la epidemia que padecemos ha hecho surgir la gerontofobia porque los menos mayores consideran a estos que son los culpables de esta peste.
Los ancianos no tienen la culpa de nada, la infección que se ceba en ellos es porque no tienen las mismas reservas ni defensas que los más jóvenes. Todas las máquinas se deterioran con el paso de los años, igual ocurre con las personas mayores, por ello reciben más daño.
Sin embargo nadie recuerda que este llamado “estado de bienestar” del que gozamos hace tanto tiempo, se lo debemos a los nacidos en los años 40 y 50 del siglo pasado. Ellos con su esfuerzo, trabajo y tesón consiguieron el resurgir de la España devastada por la guerra incivil.
Pero no les arriendo las ganancias a quienes así culpan a los mayores. Ellos, si tienen su suerte, podrán llegar a la edad senil y se verán acuciados por la deficiencias propias de la senectud y, si otra pandemia ataca a la Humanidad y, como consecuencia, a los más débiles, la padecerán en primer lugar, y entonces, como dicen ahora, serán los culpables y responsables de su expansión y se verán arrinconados y desatendidos como se está llevando a cabo con los ancianos.
Por el contrario existen personas que aman, cuidan y se preocupan por los ancianos a los que les reconocen su valía y dignidad y los colocan en el lugar que les corresponde por el respeto y la estima que se merecen.

 
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