13 de diciembre de 2017 | Joaquín Rayego Gutiérrez

La paciencia de un santo

Evidentemente, niño, más que un famoso escultor hay en usted un tipo agudo y con arte, capacitado para remar, y para saber llevar sus ilusiones a buen puerto.

La paciencia de un santo
La paciencia de un santo
Bajo las nobles arcadas del antiguo convento de San Francisco caminaba el escultor explicando al aprendiz los misterios de la piedra, el brillo natural de una pilastra de mármol, las cualidades estéticas de cierta clase de madera, el colorido que esconde una deslucida policromía, o la primorosa artesanía que muestra un artesonado…
De repente, y como movido por la sublimidad que le inspirara tan delicado semblante el maestro paró el paso, giró un cuarto de vuelta su cuerpo y, señalando la preciada imagen, subrayó con voz melosa y pausada:

─ Esa que ves, Salvador, es la magnífica talla de fray Diego de Alcalá, una verdadera joya de arte que no tiene parangón con ninguna otra de este templo; toda ella es armonía, elegancia de trazos, expresividad contenida...
Y no obstante sus múltiples méritos, si observas detenidamente verás que nadie se para a mirarla, ni tan siquiera un momento. La gente cruza ante ella con desoladoras prisas, y en cambio se pasa las horas muertas rezándole a aquella otra, ensimismados por una gracia que todos ven en sus adentros, pero cuya calidad artística es limitada, y deja mucho que desear.

Como quien lanza un brindis al aire, dudoso de obtener de su pupilo consonante respuesta, el maestro no pudo menos que admirarse al escuchar la inmediata réplica del joven:

─ D. Jacinto, tal vez no cayó en la cuenta de que en no pocas ocasiones entraron en conflicto la razón y la devoción, que son los polos magnéticos que dan sentido a nuestra vida; por qué cree usted, si no fuera así, que el más feliz de los enamorados se dejaría arrastrar de la pasión, sin pensar en la ocasión de ganar prenda alguna en el pleito; por qué el más escrupuloso y honrado de los ciudadanos se dejaría tirar del bolsillo por los de nómina, guante blanco, y el naipe marcado en la manga; y por qué a la más guapa del baile le había de tocar siempre el más esmirriado y feo...
Por idénticas circunstancias ha debido de pasar su estimadísimo fraile: más bonito que un San Luis, pero ahí sigue en su pedestal, sin que nadie le eche un ojo.
¡Que ni las naranjas de La Algaba, con todo lo ricas que son, se venderían ellas solas de no encontrar pregoneros que encarezcan sus virtudes!
Sin voceros que le anuncien, ni publicidad que le avale, se nos ha quedado el santo "más solito que la una", que ya es decir.
Que si en lugar de hacer vida en este insensible convento se hubiese mudado al Museo Diocesano de Lleida, o a la iglesia de los carmelitas de la "Santa Faz", otro gallo le cantara. Que de seguro que no le faltarían largas colas de fans.

Recogiendo el néctar de tan provechosa enseñanza el clarividente maestro se apresuraba a decir:

─ Evidentemente, niño, más que un famoso escultor hay en usted un tipo agudo y con arte, capacitado para remar, y para saber llevar sus ilusiones a buen puerto.
Algún día llegará a ser un despabilado marchante, un astuto promotor, o un buen crítico de arte, desempeños necesarios para un mayor prestigio de esta honrosa profesión.
Le animo a seguir así, y le doy la seguridad de que no será de los que se queden “para vestir santos”, como el humilde fray Diego; que, contra toda clase de impedimentos, usted será uno de aquéllos que sepan darle a la vida una larga cambiada, como los buenos toreros.

Y don Jacinto y Salvador siguieron hablando de arte, que es una manera de asomarse al mirador de la vida con el alma de un niño, la paciencia de un santo, y la mirada múltiple de los ojos de un insecto.
 
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