18 de mayo de 2018 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Muchos no volvieron

Muchos no volvieron
Muchos no volvieron
Al principio de la calle Castilla una sencilla cerámica viene a captar la atención del paseante. En ella aparece la figura de un hombre de mediana edad y noble mirada, acompañada de la inscripción:

─ En esta casa nació Melchor Rodríguez García “El Ángel Rojo” (1893─ 1972).

Arriesgó su vida por salvar la de cientos de adversarios políticos durante la guerra civil.

El Barrio de Triana lo recuerda con orgullo. Diciembre de 2009.

“Lo más asombroso es que toda la sociedad no se rebele al mencionar la palabra guerra”, decía el escritor francés Guy de Maupasant.

Y quién habría de pensar que esta frase tuviera su debida expresión casi un siglo después de formulada.

Fue a raíz de que un conflicto de repercusión mundial, la guerra de Vietnam, provocase la rebeldía de millones de jóvenes, añorantes de un mundo más honrado y natural.

En la década de los sesenta del siglo pasado, y de la mano de músicos de la talla de Peter Seeger, Woody Guthrie, y Joan Báez, entre otros, el sentimiento antibelicista contenido en aquella expresión tuvo cumplido relato.

Canciones como “If I Had a Hammer”, “Blowing in the wind”, o “Where have at the flowers gone?”, impulsaron la protesta de los Movimientos a favor de los Derechos Civiles, y de todos aquellos ciudadanos obligados a coger un fusil para defender intereses que repugnaban a una inmensa mayoría.

Cantantes como el trío “Peter, Paul and Mary” supieron expresar este sentimiento con la fuerza de sus guitarras, y de sus armonizadas voces, en canciones como “Cruel War”, donde se encerraba el eco de la mejor tradición española: la del romancero, y la del repetido motivo de “la esposa soldado”.

Gracias al extraordinario espíritu de la música “folk”, y a unas grabaciones de Pete Seeger y Woody Guthrie, ─Le Chant du Monde, Chansons de la guerre civile espagnole; y Song of the Spanish Civil War ─ , la música española pudo retomar melodías populares referidas a la Guerra de Marruecos, y a nuestra Guerra Civil:

─ Melilla ya no es Melilla/ Melilla es un matadero

Donde van los españoles/ a morir como corderos.

Si la guerra no se acaba / y siguen los cañonazos

Se van a quedar los hombres / al precio de los garbanzos…

─ Si me quieres escribir / ya sabes mi paradero

En el frente de Gandesa/ primera línea de fuego.

El primer plato que te dan/ son granadas rompedoras,

El segundo es de metralla/ para recobrar memoria…

─ En el Ebro se han hundido/ las banderas italianas

y en el puente solo ondean/ las que son republicanas.

Anda jaleo, jaleo…

─ El ejército del Ebro / una noche el río pasó,

y a las tropas invasoras/ buena paliza les dio…/¡Ay Carmela, ay Carmela!
***
Medio siglo ha transcurrido desde aquel “Mayo francés”, y muchas cosas han cambiado desde entonces,

si bien el mito de Atlas ─ el titán condenado por los dioses a soportar sobre sus hombros el peso del firmamento─ sigue estando de rabiosa actualidad.

Y es que en lo fundamental, la cultura nos libera, y nos aplasta a un tiempo.

Nos libera porque nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos, a entender los mecanismos poder, y a sopesar la extraordinaria fuerza de la palabra.

Decía el escritor Javier Sierra que “las palabras se construyen con mucha información, por eso tienen tanta carga”; y así debe ser, porque en ellas se expresa el “¡Hágase la luz!” de un Dios, junto al espíritu de las tinieblas.

Así la palabra “patria”, tan devaluada en la actualidad, hunde sus raíces en la palabra latina “pater”, término que serviría para designar al “varón” o al “animal macho que ha engendrado”; de ahí que se hable del amor al padre, de la autoridad paterna, o del patrimonio familiar (patria res).

Qué emigrante en tierra extraña no se dejó arañar por la nostalgia al escuchar en su propia lengua (“patrius sermo”), una hermosa canción que le hablaba de la madre tierra (“carmen patrium”); o qué espíritu sensible no sería capaz de reaccionar ante la ofensa inferida a sus padres, o por amor a su gente (“caritate patriae”).

Verdad es que el patriotismo ha proporcionado pingües réditos a esos escépticos que todo lo miden por el mismo patrón, el oro; que resulta más cómodo ser patriota de a caballo, que patriota de a pie; y que la animadversión hacia el padre se resume en un mito que nos habla de aquella historia despreciable que llevó al joven Edipo a ser la víctima propiciatoria de su cruel progenitor…

Y qué se podría hacer si, como dice el Duque de Rivas, nos gobierna nuestro sino.

Pero nos gustaría saber por qué razón hay palabras que, a pesar de su significado, no despiertan en nosotros tanta inquina.

Por ejemplo, la palabra trabajar, procedente del latín “tripaliare” (“torturar), y derivada a su vez de “tripalium”, que ya desde su propia raíz nos remite a un instrumento de tortura, constituido por tres palos a los que se ataba al reo.

¿Alguien oyó alguna vez a cristianos, socialistas, capitalistas, y demás ideologías, hablar mal de tamaño engendro?

La cigarra es mala persona porque sí, y en cambio la hormiga, la pobre, es todo un modelo de vida. ¡Qué ordenada y laboriosa nuestra hormiguita del cuento...! ¿Pero alguien habló alguna vez del trabajo sin cabeza, de las cadenas de Atlante, de las reuniones de empresa, o de esa estéril burocracia que arruina y machaca a los pueblos..?

Nos venden la idea de que conducir un vehículo a una determinada edad es un acto peligroso; pero el peligro se diluye cuando nos invitan a trabajar hasta el “requiescat in pace” para no hacer el mal papel de zánganos de la colmena. ¡Qué graciosos!¡Que le pregunten al muerto..! Que como diría la conseja no hay que desear al otro lo que uno no quiere para sí mismo.

Pero la cultura, que nos libera y nos invita a pensar, es también un arma peligrosa y de doble filo─ “Mis amigos son mis amigos mientras piensen políticamente como yo”, solía decir el barbudo comandante del cuento─,; porque la cultura también es la oratoria con su encorsetado ropaje de los domingos, el árnica que suaviza el lado oscuro de la realidad, el sentimiento sensiblero que nos despierta una foto o un pasquín, el fuego encendido de una canción popular que nos hiere, nos arrebata, y nos lleva prendidos de su muleta.

Ya apuntaba ese detalle el periodista Manuel Chaves, en su libro “Sevilla en la guerra de África”, editado en 1910, en la Imprenta de El Mercantil:

─ La musa popular y callejera fue indudablemente más fecunda que la de los cultos, y no hubo en Sevilla ciego con guitarrilla ni moza de servicio que no cantase a voz en grito aquello de : Al pie de Sierra Bullones una morita cantaba (…)

Y otro escritor sevillano, nacido esta vez en Carmona, adornaba el dato con detalles más sombríos:

─ Suenan las canciones, abandonas las comodidades viejas y arrugadas de tu casa, pasas bajo los balcones de las muchachas con un fusil cargado, alzada la cabeza en un gesto de soberbia que a ti mismo te sorprende y te impresiona.

En “Pesebres de caoba”, José María Requena Barrera pintaba unos hechos que por mucho que el artista se esmerase nunca podrían estar a la altura de la propia realidad:

─ Fueron días de quitar a puñados la vida de los de enfrente (…) sueltos en manadas los rencores de pobres y ricos, todo garras, panza arriba, el gato de los odios, de los odios espesos que recordaban miradas y palabras de amenaza o desprecio, para borrarlas con terror sobre los últimos paredones de los pueblos, por donde empieza el campo y terminan las cruces de los cementerios.

En su faceta colonizadora la cultura llena nuestro álbum personal de fotos de rosadas princesas , y de príncipes azules; y nuestro libro de Historia de páginas ejemplares, y de imágenes que esbozaron pintores de la talla de los José Moreno Carbonero, Antonio Muñoz Degrain, Eduardo Cano de la Peña, Francisco Pradilla y Ortiz, Mariano Barbasán, Joaquín Agrasot, y otros…

El arte endulza el lado oscuro de las cosas; y lo captamos así cuando oímos en la radio el Bolero de Rabel, “La marcha de los toreros” de Bizet, el “Capricho Español” de Rimsky─ Korsakov, o la “Sinfonía Española” de Lalo; cuando, en una noche de luna, encandilados paseantes por el sevillano Barrio de Santa Cruz, nos envuelve la música de Enrique Granados, o los trémolos de guitarra de “Recuerdos de la Alhambra”.

Lo entienden así hasta los niños, para quienes “Elena Fortún”, republicana de corazón, escribió un primoroso libro titulado “Celia en la revolución”, en el que la escritora cuenta su visión personal de la Guerra Civil española, que en fondo es un breve resumen de todas las demás guerras; de esas crueles contiendas de las que muchos no volvieron:

─ ¡Es la guerra! Una exacerbación de todo lo salvaje y primitivo que todos llevamos dentro… Parece que todo lo que la civilización ha ido tejiendo en torno nuestro se afloja o se rompe… ¿No lo ves en todo? Hasta por la calle se anda de otra manera…Todo se ha desquiciado… Espiritualmente hemos sufrido un

terremoto y hasta lo más íntimo y sagrado se tambalea, o se derrumba…

Créeme… los que provocan las revoluciones son unos verdaderos canallas.
 
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