16 de febrero de 2018 | Daniel García Gallardo

Infancia III

Los desplazamientos al pueblo, a la población eran debidos al hecho de que mi madre o abuela, vendían leche puerta a puerta

Daniel García Gallardo
Daniel García Gallardo
Como mi infancia, adolescencia y primeros años de juventud transcurrieron en el campo, recuerdo tengo grabadas en la memoria las primeras visitas al pueblo, siendo aún un niño, cuando acompañaba a mis padres o a mi abuela materna.

Para mí, era toda una “aventura”, que vivía con emoción, una situación que vivía con emoción desde el momento en que me preguntaban si quería acompañar a alguno de ellos, o me indicaban que debía acompañarles por un motivo cualquiera. Aunque el motivo fuese la necesidad (bastante frecuente en aquella época) de ponerme una inyección para reforzar mis fuerzas (defensas se diría ahora) o combatir un catarro rebelde complicado con problemas de garganta, algo que ya padecía en aquella época y que me ha acompañado a lo largo de la vida.

Como digo, esas visitas eran para mí una aventura, aún en los casos motivados por la necesidad de recibir la temida inyección en casa “del practicante”, que, durante innumerables años, tenían lugar en casa de “Ricardito”, sita en la Calle Unión (en la actualidad: República Argentina) debido al hecho de que por entonces los que posteriormente pasarían a denominarse A.T.S. y en la actualidad Diplomados en Enfermería, debido a la inexistencia de los Centros de Atención Primaria, realizaban casi la totalidad del mencionado trabajo en una habitación acondicionada en su domicilio.

No obstante, en la mayoría de las ocasiones, los desplazamientos al pueblo a la población eran debidos al hecho de que mi madre o abuela, vendían leche puerta a puerta por la población. Un oficio que después, pasaría a desempeñar yo durante varios años (durante los cuales me hice muy conocido por la disparidad de mi altura, con respecto a la de la burra que utilizaba para transportar las cantaras con la leche), hasta que me marche para cumplir el obligatorio periodo del Servicio Militar en Córdoba, previo paso por el Período de Instrucción en Ovejo Nuevo.

Los mencionados desplazamientos, cuando se realizaban en los días previos a la Navidad, se convertían en algo lleno de nervios y emoción cuando se acercaba el momento de pagar “El Fielato”.

A la entrada de la población, en el lugar en que terminaba el camino (antes de cruzar la Carretera Badajoz-Granada), se encontraba situada una pequeña caseta donde desempeñaba su función el Empleado Municipal que, provisto de un taco de tiques, se encargaba de reseñar el importe que se pagaba por el derecho a vender en el interior de la población las mercancías que, tanto agricultores como hortelanos, transportaban en carros o caballerías. El referido tique era el justificante que evitaba la imposición de una sanción o recargo, en el caso de ser sorprendido vendiendo sin haber pago la tasa correspondiente a las mercancías que se portaban.

Como ya dije, en los días próximos a la Navidad, estas ocasiones se convertían en algo inquietante, pues debido a “la picaresca” y el interés por aumentar las ganancias, siempre se intentaba pagar algo menos de lo que se debía mediante el ocultamiento de alguna o algunas de las mercancías. Lo que, en nuestro caso, siempre tenía lugar en las fechas previas a La Navidad, una fecha en que era muy habitual comer pollo como un extra de la mayoría de las familias, y mi familia transportaba gallos vivos que les habían sido encargados con anterioridad, y casi siempre se ocultaba alguno. Este hecho se convertía en algo casi imposible, cuando el funcionario encargado del cobro de la tasa era uno llamado Lorenzo, debido al extraordinario celo puesto de manifiesto, por el mismo en el desempeño de su labor, y recuerdo los nervios que me embargaba al acercarnos al “punto”, ante la posibilidad de que al gallo oculto se le ocurriese cantar o efectuar un ruido que le delatase.
 
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