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3 de diciembre de 2017 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Feria de libros

─ “Ven pájaro… amor o mar umbrío / Ven a resucitar el yerto nombre Que con vidrios de carne desorilla / un dios oscuro y roto de la infancia”

Feria de libros
En la ciudad donde vivo tiene lugar en estos días la XL Feria del Libro Antiguo y de Ocasión.
Cuánto pájaro en vuelo en las páginas de un libro, que diría el poeta Manuel Gahete; cuánto cabo deshilachado y suelto que pide un nombre en concreto; cuánta pregunta formulada desde niño que exige una explicación, que diría el artista gráfico Antonio Monterroso con un signo de interrogación en el que indaga sobre si lo primero es el huevo o la gallina.
Para aquellos adolescentes tan formales de mi tiempo, empeñados en captar el más mínimo atisbo de vida contenida en un libro de texto ─que eran unos manuales de clase que se cogían por apuntes, y que se aprendían de memoria para aliviar en parte la inestimable tarea del profesor ─, el aprendizaje consistía en “rumiar” por activa y por pasiva todo aquel “forraje” acumulado en pesados y monocromáticos tiestos.

Pero para una gran mayoría de aquellos chicos la única lectura posible, y al alcance de sus intereses, eran los divertidísimos “cómics” nacionales, denominados genéricamente con el nombre de “tebeos”:

─ “Este niño va a poner rica a Pepi Navas”, solía decir mi tía María, viendo que el poco dinero que llegaba a mis manos, lo invertía en adquirir algunos de aquellos ejemplares en la papelería más cercana a casa.

Por esta razón de peso, de remover el pasado y de comulgar con lo vivido, es que la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión significa para algunos una inmersión sentimental, y el reconocimiento más íntimo de la persona que fuimos, y de las vivencias compartidas gracias a la lectura.
Que entre aquella multitud de libros apilados en estantes quien rebusque encontrará a los fieles amigos de siempre, aquellos cuyas aventuras algún niño encuadernaría, para después guardarlas en maletas de cartón: los Pepe Goteras y Otilio, chapuzas a domicilio; los traviesos Zipi y Zape, y su señor padre D. Pantuflo; la familia Ulises, acompañada de Treski, su perrito; Mortadelo y Filemón, compartiendo la aventura de ser detectives con Anacleto, agente secreto ; Pepe “el hincha” y su bigotito, ondeando la bandera del equipo perdedor: “El Pedrusco”; Hug, el Troglodita, de condición cavernícola a la manera de aquellos varones que pintaba Mingote para el diario “ABC”; Josechu “el Vasco” y “Super López”, expresión de la fuerza, y de los poderes que a todos nos habría gustado tener en no pocas ocasiones; el aristócrata Sir Tim O´Theo, y su fantasma Mac Latha, habitantes de una de esas mansiones que nos hace más cómodo un triste piso, y donde se hacía necesario contar con los servicios de un mayordomo “sin sueldo”, que estuviese a la altura del fiel Parson.

La amenidad, el colorido, la música, la fantasía, y un léxico capaz de adaptarse a sus conocimientos son tal vez los rasgos más asimilables para alguien que se inicia en la lectura.
Estos elementos los recoge la poesía, por ello no es de extrañar que nuestros primeros encuentros literarios tengan una fuerte base rítmica, aunque sólo se trate de un simple verso, de un trabalenguas, o bien de un juego lingüístico con el que te solía regalar algún familiar o conocido:

─ “Hombre chiquitín, embustero y bailarín”.

Mi madre, excelente rapsoda en el ámbito familiar, recitaba poemas desde que yo la recuerdo. Los versos los tomaba prestados de esta magnífica galería de poetas del XIX, cuyos libros de versos veo brillar sobre los estantes de esta Feria: los José Mª Gabriel y Galán, Luis Chamizo, Blasco y Soler, Cavestany, Juan Ramón Jiménez, Machado, etc…
Y la conclusión que ahora saco volviendo a leer aquellos poemas es que todos ellos tenían algo hermoso que mostrar, particularmente las grandes virtudes que atesora el hombre: sentimiento de belleza, amor a la verdad, solidaridad con el prójimo, sentido de la justicia, profunda religiosidad, oposición a los mecanismos de manipulación de los Grandes Poderes Fácticos, etc…

Los mismos temas, e idéntica sensibilidad se pueden admirar en la novela, que no en vano el XIX fue un siglo al que había dado paso la Revolución Francesa, y en él podemos advertir grandes cambios sociales, entre otros los que tienen que ver con los medios de comunicación, y con la libertad de expresión.

Aunque a decir verdad la literatura más aprovechada para la educación sentimental de muchos de aquellos jóvenes de “mi tiempo” fuera la que andaba impresa en pequeños cancioneros de autor; aquélla que hacía discutir a Cándido Bonilla si el perro de “La Paquera” era “valiente con los dolientes”, o si la palabra “doliente” era producto de un error; aquélla que abría heridas como puños en nuestros corazones parvulitos; aquel “romance de valentía” del que fuera protagonista un “aficionao” muy pobre que solicitaba la comprensión del público; el “brillo de faca” que no te llamaba a engaño desde la profundidad abisal de unos ojos “verdes como el trigo verde/ y el verde, verde limón”; los amores lorquianos de “Malvaloca”, y de “Mari Cruz”; el recato monjil de “la hija de Don Juan Alba”, y el desencanto y la frustración del enamorado galán; el mal vino que consume el brillo de azogue de los espejos, y la desgraciada vida de Trini, “La Parrala”, y de “Triniá”, “la de la Puerta Real” ; la voz amarga, con ecos nostálgicos de acordeón, de aquel marinero “hermoso y rubio como la cerveza”, que un día marchó “con rumbo ignorado” .
Y tantas otras historias desarrolladas en forma de coplas por la musa popular que nos enseñaron a amar a nuestro pueblo, a nuestra gente, y nuestra manera de hablar, mucho antes de que los reputados lingüistas Antonio Llorente, Gregorio Salvador, y Manuel Alvar sacaran a la luz aquella joya: el “Atlas Lingüístico y Etnológico de Andalucía” (ALEA).

Los primeros libros que conformaron mi biblioteca no fueron precisamente los que me habría gustado leer; fueron sólo la consecuencia de un desmedido desvelo hacia mi persona, apoltronada en cama por un breve espacio de tiempo que a mis bondadosos padres se les debió hacer eterno.
Sus títulos aún los recuerdo: “Leyendas épicas de los Nibelungos, y “Sobre héroes y tumbas”, del escritor argentino Ernesto Sábato.
Un regalo inapropiado para un niño de diez años, incapaz de llegar sobrado de conocimientos a las pruebas de “Ingreso”, y menos aún de entender lo que en aquellas páginas se decía.
El tercero de esos libros desconozco cómo llegaría hasta mis manos. Fue un ejemplar resumido de “El Quijote”, en cuya pasta dura se dibujaba la figura de un hidalgo a caballo ─ lanza en mano, su derecha señalando hacia el frente─, y la de su achaparrado acompañante, montado a lomos de burro, al modo en que los esculpió el artista marchenero Lorenzo Collaut Valera.
Con las descabelladas aventuras del bueno de D. Quijote, y del prudente Sancho, me reí a mandíbula batiente; también lloré amargamente por sus desventuras, como quien sufriera en propio costado los palos y puñetazos de los desalmados yangüeses.
Cuánta historia grabada a flor de piel, que constituyen las “madres” de ese vino madurado en los odres de nuestra cultura.
Cultura en su doble vertiente: como forma sutil de “colonización”─ que afecta tanto al ámbito de lo público, como de lo doméstico─, y palabra liberadora que nos ayuda a compartir con los demás, a dialogar con tu vecino, a comprendernos a nosotros mismos, a sabernos defender del taimado, y a entender los mecanismos de poder utilizado en las más altas esferas, permitiendo que algo cambie para que todo siga igual.

“… Pongamos un poco de orden”, repetía con voz pausada el viejo profesor, dirigente político del kibutz, que tenía secuestrada la conducta y la moral de la más joven y bella de sus alumnas, a la que había tomado por esposa.
Y Nahum Asparov, el viejo padre de Edna, claudicando ante las adversas circunstancias, superado por el cinismo y la oratoria de un individuo amoral, dejaba tras de sí a su hijita, como quien pide perdón por vivir.

“… Pongamos un poco de orden”, repiten como un mantra los tiranos de siempre, los falsarios de la doble moral, los pedófilos de la vara de mando , los manipuladores que borran de la foto oficial cualquier rastro del enemigo, los serviles que queman papeles comprometedores en días de niebla…

“… Pongamos un poco de orden”, dijo aquel venerado santón con ganada reputación de asesino, y pervertido.

Y es por algo tan simple como el placer de opinar, de dar la palabra a los suyos, o de arañar un trocito del rico tesoro de la Belleza, que el poeta escribe versos; que el escritor escribe libros, que el músico sueña corcheas, o que el pintor pinta cuadros… que todos ponen su sensibilidad e inteligencia al servicio del Arte, y lanzan generosamente sus ideas al aire para quien las quiera compartir, como diría el malagueño Salvador Rueda:

─ El verso es honda de lanzar la idea; / dejadla en los ramales sostenida,
Y, al tirarla, tras rápida mecida, / rasgado el viento por su luz se vea.

Escribir, como leer, es uno de esos rudimentos imposible de olvidar para quienes lo aprendimos.
Son adherencias que uno lleva de por vida, como historia de familia que no aciertas a comprender pero que condiciona tu carácter.
Precisamente la defensa de su verdad y de sus ideas, ante los fuegos de artificio y las “malas artes”, sería el motivo que empujara al economista y filósofo Nicolái Bujarín a escribir una simple carta, que obligó a su mujer a memorizar, para que a su muerte fuera más difícil de manipular por obra y desgracia de tanto “apóstol” del engaño.
Por ésa, y por muchas razones más, es por lo que hoy dejo la “XL Feria del Libro Antiguo y de Ocasión” agradecido y emocionado; agradecido a todos esos que me hicieron sentir, pensar, apasionarme y disfrutar de esa gran ventura que es la vida.
 

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