Joaquín Rayego Gutiérrez
“Allí el maestro un día/ soñaba un nuevo florecer de España”.
Corría el año1875. Abril florecía y las olas del océano batían contra los muros del Castillo de Santa Catalina. Amarrado al duro banco de la paciencia el prisionero soñaba un futuro en que la libertad de conciencia y la de expresión no fuesen un motivo de condena.
Desde hacía unos años la desilusión había hecho mella en su ánimo, respecto a los cambios políticos; no obstante su papel como jefe espiritual del krausismo. y en las filas del Derecho, le llevarían a colaborar en algunas reformas, tales como los derechos individuales, las reformas penitenciarias y las reformas educativas.
En la gaditana playa de La Caleta a Francisco Giner de los Ríos le animaba la idea de fundar una institución educativa no supeditada al Estado, ni a los vaivenes políticos.
El 29 de octubre de 1876 D. Francisco crea la Institución Libre de Enseñanza (ILE), una empresa para la que cuenta con el apoyo del matrimonio formado por el historiador Juan Facundo Riaño, y su esposa Emilia de Gayangos, mujer culta y cosmopolita, hija del arabista sevillano Pascual de Gayangos.
Entre las bases de la Institución se expresa el no intervencionismo del Estado, el interés por el paisaje, la preocupación por el patrimonio artístico, y el inventario de los tesoros históricos.
Un relevante proyecto que busca un cambio de cara de la Educación, que Lafuente y Tejuca califica de “forja de minorías selectas (…) realizándose el esfuerzo de hacerles españoles y distinguidos, soñando con los tipos ideales de Eton, de Oxford o de Cambridge, que se ponían por modelo”.
En sus numerosos escritos D. Francisco se hace eco de la “atonía del espíritu nacional”, planteando por vía del ejemplo el divorcio entre los maestros, la escuela y la familia; y apuntando como solución que “sólo la lenta y varonil educación exterior de los pueblos” podrá aportar la “regeneración positiva y real de sus instituciones sociales”.
Tras ser repuesto en su cátedra, en 1881, y hasta su muerte, ocurrida en 1915, la presencia de Giner se diluye poco a poco, dando paso a sus colaboradores: los Manuel Bartolomé Cossío, José Castillejo, Blas Cabrera, Ignacio Bolívar y otros, que habrán de impulsar nuevos planes para una institución que, según unos, “el espíritu aristocrático de minoría, le impidió infestarse en el tronco popular”, “de suerte — según otros —que la “intelligentsia” krausista se limita a ser un hecho aislado, artificial, extrasocial”.
En 1907 se crea por decreto la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, organismo dependiente de la ILE que monopoliza las becas de nivel universitario, y vive íntegramente del Estado, sin rendir cuentas a nadie, en un grado de independencia tal que para el Sr. Castillejo, su magnífico secretario, no hay nada más pernicioso que una ley “que regule la instrucción pública trazando un esquema general, sintético y completo para todo el país”.
Mucho debe molestar el intento de control que ejerce sobre la Junta el ministro Rodríguez San Pedro, y en igual o mayor medida las palabras del diputado maurista Pío Zabala quien manifiesta en el Congreso que “la Junta de Ampliación de Estudios no tiene razón de existir, puesto que su cometido debía realizarlo la Universidad”; al tiempo que apunta, con cierto tono de guasa, que “tienen estos señores la vista puesta en el ideal y las manos metidas en el cajón del pan”.
Son acusaciones que inciden en la provisión de cátedras, en el uso de pensiones y becas en beneficio de sus partidarios y a favor de sus ideas. Todo lo cual tendrá su más justo correlato en la Guerra de ideas en España. Filosofía, política y educación, libro editado en Londres, en 1937, donde el “Secretario Perpetuo” de la Junta, el Sr. Castillejo, resume toda una experiencia de vida a la sombra del krausismo.
En las referidas páginas el lector podrá constatar cierto dejo aristocrático, y el cinismo de quien es ducho en proclamar «sus virtudes» y ocultar sus defectos. Así podemos leer acerca de la enseñanza:
—“Debe tener como objeto la expansión de la personalidad individual como contrapeso a la idolatría de la igualdad y a la veneración de las masas”.
(Dudamos de la oportunidad de la frase; de cuestionable aplicación en una sociedad donde el 60% del común no sabe leer ni escribir; y en mayor proporción, la población femenina).
En otro apartado, y refiriéndose al Padre Manjón, fundador de una escuela elemental nacida por la necesidad de educar a niños gitanos, todas son frases amables, envueltas en papel de celofán, que señalan la falta de método, las carencias estructurales, etc…
No se puede ser más sutil y jesuítico, al tiempo que manipulador. Quien con harta frecuencia departe con Primo de Rivera, presume de las artimañas con que seduce al Dictador.
Incluso aconseja a su director, “Frau Jiménez” como le apodan, que los toros desde la barrera:
—“No se asome donde le alcancen sus tiros, sino cuando sea absolutamente necesario o cuando esté usted plenamente seguro de la victoria”.
Solapada labor la de la ILE, escribe José María Marco, con palabras de Giner:
— “(…) El supremo círculo de sacerdotes artistas no puede estar sujeto a los vaivenes de la opinión, y mucho menos de la opinión pública española, hecha de analfabetos y neocatólicos”.
Para el escritor Max Aub los de la Institución no dejan de ser unos hijos de papá; unos jóvenes acomodados a los aires benéficos del poder. Y argumentos no le faltan; mas viendo los logros, y las huellas que la Institución ha dejado, los resultados obtenidos son de un valor innegable.
De la ILE surgirán el Instituto —Escuela, el Centro de Estudios Históricos, la Residencia de Señoritas, la Residencia de Estudiantes, y el Museo Antropológico de la Residencia de Estudiantes, entre otros capítulos.
Mención especial merecen, por su arraigo social y su particular relevancia, el Teatro del Pueblo, en el marco de las Misiones Pedagógicas, y La Barraca. Al frente de los cuales se encuentran, Alejandro Casona y Federico García Lorca.
La Barraca la conforma un grupo de estudiantes, encabezados por García Lorca, que para sus representaciones han pensado en abrir un local similar a una barraca de feria.
Su símbolo, la máscara y la rueda luce sobre un mono azul, como trabajadores de la cultura.
Ya Pedro Salinas, en el transcurso de una conferencia, animaba a los estudiantes madrileños a formar grupos de teatro, como era común en las universidades extranjeras.
En noviembre de 1931, con motivo del II Congreso de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos (sindicato fundado en tiempos de Primo de Rivera), se nombra una Comisión de Teatro Universitario, en la que Lorca defiende su idea de teatro “ambulante” y misionero.
La propuesta cuenta con el apoyo incondicional de D. Fernando de los Ríos y Urruti, Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, a finales de1931.
A D. Fernando lo conoció García Lorca en su Granada natal, en la tertulia del Café Alameda, a la que asistían destacadas personalidades del mundo de la cultura: los Fernández Almagro, Andrés Segovia, Manuel Ángeles Ortiz y otros.
Al reconocido jurista, propicio al diálogo entre cristianos y socialistas, le dedica García Lorca una coplilla:
— “¡Viva Fernando!¡Viva Fernando!/ Fernando de los Ríos/ Barbas de santo”.
En su labor, pedagógica y trashumante por los pueblos de España, Federico se vería acompañado
de generosas personalidades que la guerra esparció por los senderos, convertidas en semillas: Eduardo Ugarte Pagés, la “buena sombra” de García Lorca; Rosario Arniches, hija del dramaturgo Carlos Arniches; Rafael Rodríguez Rapún, amigo íntimo de Lorca; Laura de los Ríos, hija de Fernando de los Ríos y Gloria Giner; José Caballero, pintor; y otros tantos “trabajadores de la cultura”, merecedores de figurar con imborrables trazos en la historia del teatro.
Bien es verdad que en el corto espacio de tiempo que da para una representación, una conferencia, o la proyección de una película, los vecinos de aquellos pueblos y aldeas, sólo tenían ocasión de escuchar cantos de sirena, sin visos de solución para sus vidas:
—“Piense usted que les está creando unas necesidades que luego no podrán satisfacer. ¿En qué condiciones volverán mañana a sus casuchas, de vida amontonada y miserable?”, reflexiona un personaje de Nuestra Natacha, la pedagógica y entrañable comedia de Alejandro Casona.
Pero esta es una lectura recomendable para la reflexión y análisis de pedagogos, particularmente para los defensores a ultranza de la Ley Celaá, la LOE, la LOGSE y tantas otras leyes comenzadas por el tejado y metidas a golpes de martillo.
No hay más que ver a los alumnos, encajonados en caracolas como si fueran gallinas, víctimas del frío, del calor, y de una lamentable pandemia de olvido.
Cierto es que no hay nada comparable a las escenas que vivieron Alfonso XIII y comitiva en su viaje a Las Hurdes. Si miramos hacia atrás…
Servidor vivió en propias carnes los efluvios de los barracones, y sé muy bien lo que digo.
A las puertas de la Delegación, tan sólo dos profesores del IES “Tartessos”, de Camas (Sevilla), acompañados de sus alumnos, se pusieron a protestar sin autorización, aún a riesgo de perder su salario, de sufrir un expediente, y de posibles denuncias. Hablo de unos docentes que amaban su profesión, que se partían la camisa por sus alumnos; que en veinte años faltaron a clase en contadas ocasiones, que arrostraron una decisión de Claustro cuando lo cómodo era arrellanarse en un sillón.
Y no es cuestión de favores, ni beneficios, ni medallas, cuando lo que está en juego es la dignidad de uno mismo, de esa escuela con encanto que todos soñamos un día, la que el bueno de Machado nos canta por soleares:
— ¡Y esos niños en hilera, / llevando el sol de la tarde/ en sus velitas de cera!…





























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