Joaquín Rayego Gutiérrez
− “Con su clara luz de armiño/ los esquemas del cariño”. (José María Eguren)
Corría el año 1.910, y el semanario gráfico “Actualidades” ilustraba a sus lectores con fotografías alusivas a las cacerías del rey Alfonso XIII, al regreso de las tropas de Melilla, a las nuevas instalaciones del “Club Alpino” en la Sierra de Guadarrama, a la imagen de conocidos políticos y actrices, al retrato de un “apache” parisino, protagonista de un suceso terrible, etc…; pero tal vez lo más significativo fueran las manifestaciones y mítines, ora a favor de la enseñanza religiosa, ora a favor de la laica, que en los meses de enero, marzo y abril tenían como escenario las ciudades de Barcelona, Manresa, Igualada, y Palma de Mallorca.
Ya en enero de este año D. Miguel Morayta y Sagrario, Gran Maestre de la masonería, escribía en el “Boletín del Gran Oriente Español” a favor de la enseñanza laica. Tan ilustre personaje será quien presida la Liga Anticlerical Española, fundada en Madrid en junio de 1.911.
Con distinto argumentario el pedagogo y jurista Andrés Manjón y Manjón, fundador de las Escuelas del Ave María, será el valedor de la enseñanza religiosa.
Estas circunstancias harán de 1910 un año crucial para la implantación definitiva de la enseñanza laica en España; un camino que arranca con la llegada de “La Gloriosa” y que, al margen de la enseñanza oficial, contaría con el concurso de librepensadores republicanos y de sociedades como el Ateneo.
—“Las escuelas laicas y racionalistas existentes —en palabras de Pere Sola Gussinyer— actuaban al margen de cualquier prescripción legal. Pero no por ello eran (hasta el momento) perseguidas o proscritas”.
Curiosamente el 6 de mayo de 1.910 se crea en Madrid la Residencia de Estudiantes y su Patronato.
Dentro de la estructura educativa montada por los discípulos de Giner de los Ríos, la Residencia de Estudiantes es una fundación de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), organismo que preside D. Santiago Ramón y Cajal, pero cuyo verdadero animador es D. José Castillejo Duarte, su secretario, un individuo dotado de una extraordinaria capacidad para la negociación, para captar ayudas por parte del Estado, y para manejar las becas de estudio a su gusto y conveniencia, como pudo comprobar por propia experiencia el conocido polígrafo D. Francisco Rodríguez Marín, lo que le dio pie para calificar a los de la Junta de “jesuitas sin Jesús, pero más listos que Jesús”. Todo un alfilerazo publicitario.
Son los múltiples imponderables de una institución privada, que pretende disponer de plena autonomía y cuya finalidad es la de convertirse en acicate del progreso.
Un dilema de difícil solución, como escribe Pérez de Ayala al Dr. Marañón, en carta fechada en septiembre de 1.929:
− “La masa española es cosa aparte en el gobierno del país. Tardará siglos en tener una conciencia política. Creo que sólo hay que contar con los grupos de personas eficaces, que son los que mueven los resortes del país”.
Y si “la masa” carece de una conciencia política qué no habría de pensar D. Ramón de la mujer, sojuzgada por el hombre y aún por figuras de la talla de Margarita Nelken y Victoria Kent, feministas de pro contrarias en todo punto al voto de sus congéneres.
Bajo la dirección de D. Alberto Jiménez Frau −” Frau Alberto” como le llaman− la Residencia se nutrirá de alumnos que el propio director se encarga de seleccionar en razón de sus posibilidades económicas. Son los llamados a liderar el futuro del país; a sembrar las semillas del conocimiento en una población analfabeta y rural.
Para realizar este programa Jiménez Frau cuenta con la ayuda económica del Estado −un apoyo, sin una lógica aparente, para un proyecto que reclama el mandarinato de una aristocracia intelectual, y que prescinde del principio de “igualdad de oportunidades”−, con el amparo de un Patronato presidido por la duquesa de Dúrcal; con socios protectores de la envergadura del duque de Alba, la condesa de Vera, y la condesa de Yebes, entre otros; y con políticos e intelectuales del prestigio de Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Negrín…
Con la aportación de este capital, humano y material, la Residencia de Estudiantes irá ensanchando su ámbito de actuación, incorporando nuevos edificios, un magnífico Auditórium, apto para un aforo de 824 plazas, y los terrenos más al Norte, por obra y gracia de un donativo de la Fundación Rockefeller; hasta el punto de convertirse en el espejo virtual de la Ciudad Universitaria, “de cuyos futuros colegios se procuró mantener apartada a la Residencia”, y en merecedora de los “reproches que hasta los socialistas moderados le hacían por el ambiente de burguesía acomodada que prevalecía en Pinar”, en palabras de Margarita Sáenz de la Calzada.
Con tan riguroso aislamiento no es de extrañar el atributo de hijos de papá, que utilizó Max Aub; una posición de rechazo que el investigador Vicente Cachu Viu nos descubre en un diálogo captado al paso:
−“Fulano”, preguntaba un residente “¿tú sabes jugar al tenis?”; picado, el futuro, y por lo demás, ilustre catedrático le replicó; “Y tú, ¿sabes capar un choto?”.
“El primer centro cultural de Madrid durante más de dos decenios”, subraya Caro Baroja; un centro de clara inspiración inglesa, siguiendo las pautas marcadas por el Dr. Marañón:
−“¿Se quiere un maestro y una orientación: Inglaterra, donde el Estado y sus instituciones son un adjetivo y nada más de la nación”?
Cuando se instaura en España la I República, “La Colina de los Chopos”, como Juan Ramón Jiménez bautizara tan delicioso paraje, era, amén de un guión, previamente redactado, todo un modelo de vida que invitaba al cultivo del cuerpo (atletismo, deportes, y excursiones a la sierra), y del espíritu ( audiciones musicales, conciertos, conferencias, visitas culturales…), en un estado tal de optimismo que haría innecesaria la capilla para el recogimiento espiritual de los creyentes.
La de 1931, escribe Javier Tusell es la revolución “más perfectamente masónica de la Historia”; opinión que subraya el socialista pacense Juan Simeón Vidarte en su libro Todos fuimos culpables, cuando refiere que, en las sesiones de Corte, “antes de empezar la discusión los diputados masones recibimos, a manera de recordatorio, una carta del Gran Oriente (…) en la que marcaba las aspiraciones de la Masonería española y nos pedía el más cuidadoso estudio de la Constitución”.
Si bien toda la culpa no es atribuible a ellos, como aclara este hijo de Llerena (Badajoz) en un capítulo del libro que lleva por título: “Pusilanimidad de los católicos ante los incendios”:
—“Es prodigioso que, en el año 1936, como en 1931, como en 1909 y como en todas las algaradas y revoluciones del XIX, siempre hubiera habido en España cientos o miles de personas dispuestas a llevar a la puerta de una iglesia o convento las hachas incendiarias sin que nadie se atreviera a defenderlas. ¿Dónde estaba la religiosidad de España?”.
Tales consideraciones, resultan cuando menos curiosas, al igual que la taxativa afirmación de Azaña de que “España ha dejado de ser católica”, en un tono semejante al empleado por Lerroux,
En 1.932 D. Fernando de los Ríos y Urruti, miembro del triángulo “Alhambra” y Ministro de Instrucción Pública, empieza a llevar a la práctica los principios de la Masonería: el 17 de mayo de 1.933 se promulga la Ley de Órdenes y Congregaciones Religiosas, por la que se les prohíbe a los clérigos el ejercicio de la docencia, al tiempo de declarar de propiedad pública los edificios religiosos; toda una gesta por parte del sobrino de D. Francisco Giner de los Ríos que recibió el veredicto de “tercera desamortización”.
Con la expulsión de los jesuitas el Gobierno se libraba de su enemigo, un adversario poderoso, avezado en las lides del pensamiento y la retórica; no obstante, se enfrentaba al mayor de los retos: el de escolarizar a más de un millón y medio de niños, y habilitar seis mil escuelas para reubicar a los alumnos de colegios religiosos.
Para tan perentorio trance, la solución inmediata sería la de crear las Misiones Pedagógicas, un proyecto educativo que, con el concurso de entusiastas colaboradores y de jóvenes estudiantes, sembraría en el mundo rural las semillas de la esperanza, después de años de olvido.
En el punto conflictivo en que no se admiten demoras, D. Fernando “el Krausista” − término con el que se le designa, para distinguirlo del cronista sevillano sobrino de la poetisa Blanca de los Ríos −se embarca en la aventura de un viaje por el Mare Nostrum; un crucero en el “Ciudad de Cádiz” que, por espacio de 45 días, y con el concurso de 188 alumnos y profesores universitarios, les daría a conocer las raíces de nuestra cultura.
Entre tanto los “misioneros” (curioso “calco lingüístico”), con el concurso de la tiza trazaban un mapa. En la pizarra, blanco sobre negro, lucían representadas “las dos Españas”: la de la “masa” y la de los “muñidores” que mueven los hilos del poder; la del rico optimista, y la del pobre desesperanzado.
En el corazón del rústico Sancho y del noble Pedro Crespo las imágenes de un libro, las notas del Cancionero o las historias representadas sobre el escenario, adquirían el brillante colorido de unos fuegos artificiales.
En un ambiente de privaciones la ampulosa frase de “¿Libertad, para qué?”, que D. Fernando oyera de labios de Lenin, se quedaba en eso: en un torpe eructo, en la plasmación de un mundo de esclavos y amos.
Que Dios nos coja confesados, y que el espíritu de la tiza ampare con su manto blanco nuestra inocencia de niños. Tan pura, tan legendaria…






























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