Por Flor Franco
Hace unos veinte años, en el ya extinto bar Q3 de Barcelona, sabías que la noche tocaba a su fin porque sonaba «Al carajo» de los Mojinos Escozíos. Era el momento en que todo el mundo terminaba de soltarse la melena en comunidad. Por alguna razón, nunca había tenido la oportunidad de verlos en directo; así que, cuando anunciaron que el festival los traería al pueblo, no me lo pensé mucho y saqué la entrada.
Suelo quejarme de que en Andalucía —y ya ni hablemos del Guadiato— falta oferta cultural y diversidad en las agendas fuera de la época estival. Amparándome en la excusa de ver un puñado de buenas bandas, aproveché para analizar el ambiente. Lo primero que me sorprendió gratamente fue la heterogeneidad de los asistentes: junto a los seguidores más fieles del rock y el metal con sus camisetas negras, convivían familias enteras con niños pequeños e incluso bebés, llenando el recinto de la piscina con perfiles muy distintos.
Aunque por tiempo me centré en una sola jornada, el cartel en su totalidad desplegaba un menú completo para celebrar sus diez años. Por allí pasaban también nombres como Sínkope, Albertucho, Ciclonautas, Malaputa, El Niño del Albayzín, Kill City, Gato López o Afónica Naranjo, sumados a las bandas que abrieron en la fiesta de bienvenida —Sizigia, Back Noise, Eternal Flame y Niños Perdidos—. Todo un abanico bastante diverso para lo que suele haber el resto del año.
En lo logístico, el tramo del heavy metal sufrió algún desbarajuste: Saratoga debía salir a las 23:30, pero no pisó las tablas hasta una hora más tarde. Aun sin tener el carné de fan del heavy nacional, daba gusto apreciar el acierto que proponía el programa: reunir en un mismo escenario el antes y el después del grupo. Presenciar esa conexión entre pasado y presente fue un lujo. Ya con Niko del Hierro al bajo y un Tete Novoa potentísimo a la voz, Saratoga soltó un repertorio que demostró por qué llevan décadas haciendo música.
A las dos de la madrugada, salieron los Mojinos Escozíos. Con el tiempo pegado al cuello y avisando de que tenían que recortar para dar paso al siguiente artista, fueron directos a por sus clásicos. El Sevilla estuvo en su línea, tan irreverente como de costumbre; pero lo que me volvió a impactar de ellos no fue la guasa, sino el empaque que tienen detrás. Hay que ser muy buena banda de rock para sostener ese nivel de cachondeo sin que el sonido se caiga, y sobre todo para mantenerse en pie y con éxito durante treinta años.
La comarca demostró estar a la altura de la cita: aguantó los retrasos con paciencia, consumió, cantó y dejó claro que aquí nunca ha faltado afición ni ganas de disfrutar, sino continuidad. Ojalá hubiese más de estas propuestas, porque el Guadiato necesita una oferta cultural diversa y constante durante todo el año. Al final, si se apuesta con valentía por la cultura, la respuesta del público está garantizada; ahora solo hace falta que quienes tienen la capacidad de gestionarla se lo sigan creyendo.





























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