6 de octubre de 2026

Juan Carlos Ruiz presenta «El desorden de mis tardes» en Peñarroya-Pueblonuevo: un viaje literario a través de la memoria, la amistad y las emociones

 

 

 

Entrevista a Juan Carlos Ruiz, “El desorden de mis tardes”

 

José Manuel Hierro:

Hay quien dice que un buen escritor ha de vivir al menos diez vidas. ¿Cuántas vidas crees que has vivido tú?

Juan Carlos Ruiz:

Tú me conoces desde que éramos prácticamente unos críos, José Manuel, así que sabes que alguna que otra vida sí me ha dado tiempo a vivir.

Pero no sé si para escribir hacen falta diez vidas. Creo que hace falta vivir una con suficiente curiosidad. Estar atento. Mirar mucho. Escuchar. Equivocarse también, que proporciona un material literario extraordinario.

Yo he pasado por lugares y mundos muy diferentes, he conocido gente fascinante, he viajado, he amado, he perdido, he empezado de nuevo unas cuantas veces… Pero seguramente lo que más me ha servido para escribir ha sido observar.

A veces una conversación escuchada en la mesa de al lado contiene más literatura que una gran aventura. Y tú sabes que yo siempre he tenido esa mala costumbre de fijarme en todo.

JMH: Tu infancia te marcó. Ahora, con el paso de los años, ¿qué meterías en tu cajón de los recuerdos y qué cosas dejarías fuera?

 JCR: Conservaría casi todo, incluso algunas cosas que entonces habría querido borrar.

Metería a mi familia, mis hermanos, el fútbol, el flamenco, los amigos, determinados olores y aquellos veranos que parecían no terminar nunca. Y metería también las ausencias, las soledades y los momentos menos felices.

Porque con los años he comprendido algo: uno no puede quedarse solamente con las páginas bonitas sin alterar la historia.

La infancia tiene además una trampa maravillosa. Cuando la vivimos queremos salir corriendo de ella y, cuando envejecemos, pasamos media vida intentando regresar.

Tú formas parte también de aquel tiempo, así que sabes perfectamente de qué hablo.

JMH: Tu libro parece por momentos una biografía, aunque son relatos aparentemente desordenados que, sin embargo, siguen un hilo. ¿Te sientes a gusto en el orden de tu desorden?

 JCR: Muchísimo. Probablemente porque nunca he sido demasiado bueno con el orden convencional.

“El desorden de mis tardes” no es una autobiografía, pero sería absurdo negar que hay mucho de mí. Están mis recuerdos, mis ciudades, mis afectos, mis pérdidas y, sobre todo, mi manera de mirar.

El libro tiene el mismo orden que tiene la memoria. Y la memoria es caprichosa: no trabaja con calendarios. Un olor puede llevarte cincuenta años atrás y una canción puede devolverte en tres minutos a alguien que llevabas media vida intentando olvidar.

Por eso los relatos parecen dispersos y, sin embargo, están unidos por algo: una misma mirada.

Quizá ese sea el verdadero orden del libro. No el de los acontecimientos, sino el de las emociones.

JMH: Cuba te absorbió, como ha ocurrido con tantos artistas y escritores. ¿Qué sientes cuando alguien nombra Cuba?

 JCR: Una mezcla difícil de explicar sin caer en la nostalgia.

He viajado muchas veces a Cuba y La Habana terminó convirtiéndose para mí en algo más que una ciudad. Hay lugares que conoces y lugares que se te quedan dentro.

Recuerdo La Habana Vieja, el Parque Central, los bares siempre abarrotados, la música, aquella populosa algarabía de gente alegremente derrotada. Me fascinaba esa contradicción permanente entre belleza y deterioro, alegría y escasez, sensualidad y tristeza.

Pero procuro no idealizarla. La nostalgia es una magnífica escritora, pero una historiadora bastante tramposa.

Quizá por eso sigo escribiendo sobre Cuba: porque todavía no he conseguido decidir si la recuerdo como realmente fue o como el tiempo me ha enseñado a recordarla.

JMH: Las amistades para ti son sagradas, incluso aquellas que dejaron de serlo pero que forman parte de tu vida. ¿Cómo definirías la amistad?

 JCR: Esta pregunta, viniendo de ti, tiene trampa. Porque nuestra amistad tiene ya más pasado que futuro y, sin embargo, aquí seguimos. [Ríe]

Creo que la amistad es una de las formas más limpias del afecto porque, a diferencia de la familia, podemos elegirla.

Con los años también he aprendido que una amistad no deja de haber sido verdadera porque termine. Hay personas que estuvieron contigo durante diez años y fueron fundamentales, aunque después la vida os llevara por caminos distintos.

No me gusta reescribir el pasado según cómo terminó una relación. Si alguien fue importante para mí, lo fue. El desenlace no puede borrar todo lo anterior.

Y después están esos amigos con los que puedes pasar meses sin hablar y, cuando vuelves a encontrarte, la conversación continúa exactamente donde se quedó.

Tú y yo sabemos algo de eso.

JMH: Vivimos en un mundo de ida y vuelta, de soledades, banalidades y soberbias. ¿Crees que la amistad y el amor podrían salvarnos?

JCR: No sé si salvarnos. Siempre he desconfiado un poco de las palabras demasiado grandes.

Pero sí creo que pueden impedir que nos convirtamos en completos desconocidos para nosotros mismos.

Vivimos una paradoja curiosa: nunca hemos estado tan comunicados y probablemente nunca hemos tenido tanta dificultad para encontrarnos de verdad. Tenemos cientos de contactos y cada vez menos personas a las que llamar cuando las cosas se ponen feas.

El amor y la amistad siguen siendo lugares donde uno puede quitarse el personaje, sentarse y decir: “Hoy no puedo más”.

No sé si eso salva el mundo, José Manuel. Pero algunas noches salva a una persona. Y a mí eso ya me parece muchísimo.

JMH: No eres de los que tiran la toalla, y me consta. ¿A qué te aferras para levantarte una y otra vez y, de alguna manera, acabar triunfando?

JCR: Tú sabes que he tenido unas cuantas oportunidades para tirar la toalla. Alguna vez incluso la tiré, pero después tuve que ir a recogerla.

No sé si lo llamaría fortaleza. Hay bastante de instinto, algo de orgullo y seguramente una dosis considerable de cabezonería.

No comparto esa idea tan de moda de que todo lo malo sucede para enseñarnos algo. Hay cosas que suceden y son simplemente injustas, dolorosas o absurdas. No hay ninguna lección esperando detrás.

Lo que sí podemos elegir es qué hacemos después.

Y tampoco diría que acabo triunfando. Mi concepto del triunfo ha cambiado mucho. A los veinte años quieres conquistar el mundo; a determinada edad, conservar la curiosidad, tener proyectos, querer a alguien, que alguien te quiera y levantarte por la mañana con ganas de hacer cosas me parece una victoria bastante respetable.

JMH: ¿Sientes que en la escritura te muestras como eres o huyes del que eres?

JCR: Creo que hago las dos cosas al mismo tiempo.

Uno empieza escribiendo convencido de que puede esconderse detrás de los personajes, cambiar nombres, modificar lugares… y al final siempre termina dejando las huellas dactilares por todas partes.

En “El desorden de mis tardes” estoy yo incluso cuando aparentemente hablo de otros. Está mi manera de amar, de recordar, de perder, de observar y, naturalmente, de equivocarme.

Pero escribir también me permite tomar distancia. Hay cosas que mientras las estás viviendo no comprendes y que solo muchos años después, cuando las escribes, empiezan a tener algún sentido.

Y otras siguen sin tenerlo.

La literatura tampoco hace milagros.

JMH: Tienes un humor mordaz, eso que solemos llamar “humor negro”. ¿La vida está inevitablemente llena de claroscuros?

JCR: Afortunadamente.

Desconfío bastante de la gente que se toma a sí misma demasiado en serio. La vida ya se encarga de ponernos en nuestro sitio con bastante frecuencia.

Mi humor nace mucho de la observación y de mis propias contradicciones. Y seguramente también ha sido una manera de defenderme. Hay momentos en los que, si consigues reírte de aquello que te está haciendo daño, no lo has vencido, pero por lo menos le has quitado autoridad.

En el libro hay melancolía, pérdida y desencanto, pero también mucha ironía. No son sentimientos incompatibles.

A veces la carcajada y la tristeza están separadas únicamente por una copa y cinco minutos.

JMH: Te esperamos en Peñarroya-Pueblonuevo. ¿Qué puedes adelantarnos sobre la presentación de tu obra en nuestra Biblioteca Municipal?

JCR: Para mí tiene un significado especial, precisamente porque allí estarás tú y porque hay afectos que vienen de muy lejos.

El 16 de octubre, a las 19:00 horas, presentaremos “El desorden de mis tardes” en la Biblioteca Municipal de Peñarroya-Pueblonuevo. Me acompañará el doctor en Filología Enrique Benítez Rodríguez, Francisco G. Carmona conducirá el acto y tendremos además la actuación de la cantaora Carolina Quiles.

Pero no quiero que sea una presentación solemne. Quiero que sea un encuentro. Habrá literatura, conversación y música, y hablaremos inevitablemente de muchas de las cosas que atraviesan el libro: la infancia, la memoria, los amigos, los amores, Cuba, las pérdidas y esa extraña costumbre que tenemos de seguir adelante.

Y en mi caso habrá además algo muy bonito: presentar un libro que habla tanto de la memoria teniendo delante a un amigo que forma parte de ella.

Eso, José Manuel, no se puede preparar. Hay que vivirlo.

 JMH: Sin más, agradecido por tu tiempo. Te esperamos con los brazos abiertos.

JCR: Gracias a ti, José Manuel. Por la entrevista y, sobre todo, por todos los años que hay antes de ella. Nos vemos en Peñarroya-Pueblonuevo.

 

Biografía

Juan Carlos Ruiz (Córdoba) ha vivido como quien atraviesa estaciones en movimiento. Fue cantaor flamenco en la infancia, futbolista en la adolescencia, a los 23 años un grave accidente de moto lo obligó a reinventarse y a mirar el mundo desde otro lugar.

Después se convirtió en un hostelero inquieto y un viajero incansable por Cuba, Bolivia y otras geografías del alma.

En Barcelona, entre libretas Moleskine y librerías de viejo, descubrió su voz literaria en el Aula de Escritores del barrio de Gràcia. Desde entonces escribe con una mezcla de melancolía, ironía y ternura que atraviesa cada página.

Autodidacta y motero, vive hoy junto al mar, en la Axarquía malagueña. El desorden de mis tardes es una invitación a entrar en el territorio íntimo de su memoria y quedarse un rato donde aún late lo vivido

 

 

 

 

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