Anda la cosa revuelta últimamente con el tema de la vivienda. El artículo 47 de nuestra Constitución española reconoce que todo ciudadano o ciudadana español tiene derecho a una vivienda digna y adecuada, y establece que los poderes públicos deben promover las condiciones necesarias para hacerlo efectivo, regular la utilización del suelo e impedir la especulación. Asimismo, el artículo 35 reconoce el derecho al trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer las necesidades personales y familiares.
En un barrio como El Puche (Almería), estos dos artículos no se cumplen para muchos de sus vecinos. La vivienda y el trabajo son dos talones de Aquiles para muchos españoles.
El caso de Maricarmen también llegó a este barrio desfavorecido y empobrecido. Hay cosas que no se estudian en las escuelas: la dignidad. Y las nefastas respuestas de nuestras instituciones públicas y de nuestra clase política ante estas dos vicisitudes hacen que el camino se convierta en un túnel hacia la desesperanza para quienes sueñan con alcanzar algún día la playa.
En el barrio de El Puche, hace un par de días, se evitó el desahucio de una familia que, abocada a una situación desesperada por las deudas y las leyes de la vivienda y el alquiler, iba a verse en la calle.
El caso llegó a las televisiones, a la radio y a la prensa. Se trataba de la familia de Daniel Cruz, un alumno del CEIP El Puche, a la que querían desahuciar, poniendo en peligro su estabilidad emocional.
Sus padres estaban desesperados y en la ruina por no poder pagar sus deudas al arrendador. Un hombre que había hecho su fortuna especulando y comprando con dinero negro varios pisos del barrio de El Puche y del centro de Almería.
En total, tenía una veintena de pisos. En algunos alojaba hasta a cuatro familias. De manera ilegal y nefasta, mantenía en mal estado casi todas las viviendas, haciéndose rico a costa de los pobres.
Este altivo especulador jamás reformó ni arregló su veintena de pisos. Solo quería ganar y ganar dinero, y amasar la mayor fortuna para ser el más rico del cementerio. Su aspecto empobrecido y su ropaje, inusual para los tiempos que corren, contrastaban con su condición de propietario. Lo dominaban la opulencia y la avaricia de poseer pisos a «low cost» para imponer un alquiler desorbitado, sin respetar los límites legales ni las condiciones de salubridad que necesitaban sus inquilinos.
La familia de Daniel Cruz llevaba veintiséis años de alquiler. Desde el año 2000 ocupaban el piso del que, hace apenas un par de días, los querían desahuciar por el impago de seis meses, desde que los progenitores de Daniel se quedaron sin trabajo.
Trabajaban en un hotel, pero lo vendieron a otra cadena hotelera, que prescindió de una parte de la antigua plantilla, perjudicando a los padres de Daniel. Ambos contaban solamente con una ayuda por desempleo y, al no encontrar trabajo por ningún lado, se vieron abrumados por las deudas y los números rojos. Aquella situación los llevó a la pesadumbre y a los malos presagios, haciendo cada vez más difícil mantener la esperanza de que cambiara su suerte laboral y pudieran recuperar la felicidad.
Sus compañeros estaban al tanto. Silvia y Aarón acamparon con sus familiares de día y de noche y, con pancartas y megáfonos en las manos, salieron a protestar y a apoyar a la familia de Daniel Cruz.
Los banqueros, cómplices de los arrendadores en estas atrocidades, jamás sienten empatía por sus clientes e inquilinos. Lo único que quieren, lo único que les interesa, es ganar dinero y engañar a base de tipos de interés para tener atadas por el escroto a esas personas que solo quieren pagar religiosamente sus deudas.
Ante la dureza y la crudeza de cómo está repartido el mundo, lo que realmente importa es la vida de las personas. Y el caso de Maricarmen hizo que el desahucio de la familia de Daniel Cruz no se llevara a cabo.
En una sociedad donde hacen tanta falta la humanidad y la valentía para ayudar y dar facilidades a quienes no tienen, solemos escaparnos por la vía de la egolatría y de ese narcisismo de salvarnos primero nosotros el culo.
Luego criticamos y despellejamos a las familias que intentan sobrevivir a su manera, de forma callada y silenciosa. Y seguimos sin ver lo que la marea humana ha llegado a conseguir gracias a Maricarmen, que, con su vida, ha contribuido a construir un futuro para gente joven y mayor, y a concebir un mundo y una sociedad más equitativos y más orientados hacia el humanismo pragmático.
Quienes no sienten la menor sensibilidad ante los desahucios es porque realmente nunca han sentido el aliento de la honestidad en la nuca. Y la honestidad empieza por respetar a quienes no tienen, por ofrecer una mano tendida a quienes honradamente necesitan nuestra ayuda y a quienes necesitan más que nunca un abrazo, como la familia de Daniel Cruz.
Gracias a sus vecinos y a esa lucha diaria por los derechos de todos los ciudadanos españoles, tenemos que hacer creíble el artículo 47 de la Constitución española. Con algo tan mágico como remover conciencias, podemos hacer de este mundo y de esta sociedad un mundo y una sociedad mejores.
No son solamente cosas sencillas y humanas: se trata de valores. El sentido común debe ondear en una sola bandera: la de la igualdad.
Bajo esa premisa, se deben consensuar leyes para que todos compartamos unos derechos y también unas obligaciones, por igual.
Por eso, en casos como el de los desahucios, no hay que morderse la lengua. Hay que sacar nuestras mejores armas, como la palabra. Y la palabra, como las que aparecen en este serial de La Banda de Silvia y Aarón, es de ley.
Lo que nunca hará este serial semanal es especular ni insinuar lo que no siente, como tampoco pecar de soberbia.
En cada capítulo intentamos poner el foco en un tema actual. En este nos hemos centrado en los desahucios, pero en el próximo lo enfocaremos en la salud mental, donde de nuevo aparecerá el prestigioso psiquiatra del barrio de El Puche, Ángel Antonio.
En este capítulo hemos plasmado nuestro sentir con el caso de Maricarmen y el de la familia de Daniel Cruz. Lo que más nos importa es que cada capítulo nos enseñe que no hay poder más valioso que el de cada ser humano. Y no hay fuerza ni movimiento más poderoso que avanzar hacia la prosperidad y la paz.
Aunque nos cueste, debemos ser más empáticos con los demás y dejar a un lado el egoísmo y la vanidad.
Damos por finalizado este decimoséptimo capítulo del serial semanal de La Banda de Silvia y Aarón con una frase para la reflexión:
«No tener un hogar es como estar suspendido en el vacío; te quita la ciudadanía y la dignidad».
SERGIO DELGADO CINTAS





























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