BARRIO DE SALAMANCA – CALLE DE SERRANO, MADRID
NAVIDADES DE 1985 – FAMILIA SÁNCHEZ ALMAGRO
—Bienvenido de nuevo a tu ciudad y a tu nuevo lugar de trabajo: la Dirección General de la Guardia Civil. Ha sido, hijo, un año horrible para ti, desde que el pasado 2 de junio los terroristas te arrebataron a tu mujer y a dos de tus hijos. Te queda el pequeño Javier, mi querido nieto, al que Dios ha querido poner en tu camino para que empieces de nuevo con nosotros, aquí, en tu nuevo hogar.
—Gracias, mamá. Espero que, a partir de ahora y en mi nuevo puesto, pueda comenzar una nueva vida y dejar atrás mis dos años en Baracaldo, en esa zona en la que siempre había que estar en alerta. Pero estos hijos de perra están por todos sitios.
La madre de Sebastián volvió a la cocina.
—La cena está lista. He hecho unos canelones de pollo, como te gustan a ti, hijo. Ayúdame a poner la mesa. Tu padre está a punto de venir de la Jefatura de Tráfico.
Poco después, Juan entró por la puerta del dúplex de la calle de Serrano. Le dio un beso a su mujer y acarició la cara de su hijo.
—Buenas noches, Josefina. ¡Hombre! Está aquí mi ojito derecho, mi hijo Sebastián.
—Mira a quién tenemos en el cuarto de Teresa, descansando en una cunita —le dijo su mujer.
Juan fue a la habitación a ver a su nieto Javier.
—¡Mi tesorito, mi nieto Javier! ¡Qué grande está para la edad que tiene! Lástima que esa panda de asesinos le haya arrebatado a su madre y a sus dos hermanos.
Al regresar al salón, se acercó a Sebastián.
—Y tú, hijo, no me ocultes tu amargura. ¿Cómo te encuentras?
—Fatal, papá. He tenido que pedir el traslado a Madrid porque mi situación anímica y emocional estaba bajo mínimos. Necesitaba cambiar de aires y comenzar una nueva vida con mi hijo Javier. Mientras exista esa banda terrorista, ETA, seguirá habiendo atrocidades y asesinatos como los que nos han tocado vivir.
La madre de Sebastián empezó a sollozar.
—Estas Navidades son de lo más amargas. Estoy deseando despedir este fatídico año 1985, que ha destrozado la felicidad de esta familia. No tengo ganas de nada, pero por mi nieto Javier tengo que ser fuerte y tirar para adelante.
Sirvió los canelones y miró a su hijo.
—Come, hijo, que estás muy flaco.
Mientras cenaban, veían en Televisión Española al ilusionista David Copperfield realizando sus números de magia. Sebastián se quedó mirando la pantalla.
—Si pudiera hacer desaparecer todo lo que me está pasando… Tengo los nervios a flor de piel y un insomnio que me está arrebatando las horas de sueño.
—Tranquilízate, hijo —respondió su padre—. Aquí estaremos contigo. Cuando lleves unos meses, quizá puedas verlo poco a poco de otra forma, desde un prisma más optimista, y empezar a rehacer tu vida.
Después de cenar se quedaron viendo la televisión. Al día siguiente sería Nochebuena, y Teresa, la hermana de Sebastián, llegaría por sorpresa con su marido y sus dos hijos.
24 DE DICIEMBRE DE 1985 – DOMICILIO DE LA FAMILIA SÁNCHEZ ALMAGRO
Sonó el telefonillo del dúplex y Josefina se acercó a contestar.
—Sí, ¿quién es?
—¡Sorpresa! Soy tu hija Teresa. He venido con Charlie, Adam y Elisabeth.
—¡Hombre, si es mi Teresita! ¡Qué sorpresa me has dado! Ahora mismo os abro.
Sebastián se quedó sorprendido al ver entrar a su hermana y a su familia. Los dos hermanos se abrazaron.
—Felices fiestas, Sebas. Sé que no son buenos días para ti por lo que pasó hace seis meses, pero tienes todo mi apoyo y mi comprensión. No estás solo, hermano.
—Lo sé, Teresita. Sé que estás conmigo y que me protegerás como cuando era pequeño. Pero esto que me ha ocurrido es muy fuerte. Me aprisiona el corazón pensar en el día en que tenga que contarle a mi hijo Javier todo lo que sucedió aquel domingo 2 de junio de 1985.
Javier fue el centro de atención de aquella Nochebuena. La familia se reunió para cenar cordero al horno y escuchar el discurso del rey Juan Carlos I por televisión.
Al escuchar la referencia a quienes combatían el terrorismo y a sus víctimas, Juan tomó la palabra:
—Estoy totalmente de acuerdo con ese homenaje. Después de todo lo que ha pasado este año, hay que acordarse de quienes han sufrido a manos de estos criminales.
Tras la cena, brindaron con champán francés y continuaron viendo los programas musicales de Televisión Española.
La mañana de Navidad, los más pequeños abrieron sus regalos de Papá Noel. Mientras los observaba, Teresita le preguntó a su madre:
—Oye, mamá, ¿qué número ha salido este año en el Gordo de Navidad? Llevamos un décimo que compramos en Torrevieja durante las vacaciones, antes de volver a Londres.
—Pues, hija, este año ha salido el 63.369. Pero a nosotros ya nos ha tocado bastante desgracia sin jugar. ¡Maldito año, a ver si se acaba de una vez!
Mientras Adam y Elisabeth abrían sus regalos, el pequeño Javier reclamaba sin cesar su toma de leche. Su padre se acercó con su primer regalo de Navidad: un muñeco Gusiluz.
—¿Dónde está la cosa más bonita de esta casa? Toma, precioso, este muñeco con sus lucecitas para que te alumbre las noches más oscuras. Siendo tan pequeño, ya conociste la oscuridad bajo los escombros de aquella atrocidad. Pero lo acabarán pagando. Los que hicieron aquello lo acabarán pagando.
Las Navidades transcurrieron entre la melancolía y la angustia de Sebastián, que pensaba en cómo crecería Javier sin su madre y sus dos hermanos. Tendría que aprender a vivir con aquella ausencia y sacar adelante al único de sus hijos que había sobrevivido a la tragedia.
La familia Sánchez Almagro llegó al último día del año con los ánimos por los suelos. Aquella tarde, Sebastián salió a dar una vuelta por la Castellana y terminó en Sol, donde se tomó unos quintos con unos compañeros de trabajo.
Más tarde, antes de volver a casa, acompañó a Marta Solana hasta la plaza de Callao.
—Te veo con muy mal aspecto, Sebastián. Estás muy flaco y demacrado.
—¿Y cómo quieres que esté, Marta? Estoy desolado y aturdido. Estoy en una nube y no sé cómo voy a salir de esta ni cómo voy a sacar adelante a mi pequeño Javier.
Antes de despedirse, Marta le acarició la barbilla y le dio un beso en la mejilla.
—Ánimo. Estamos aquí para ayudarte en lo que necesites. No tienes que pasar por esto solo.
—Muchas gracias, Marta, pero en estos momentos quiero tranquilidad y tomarme el año nuevo como una oportunidad que me da la vida para seguir caminando.
—Feliz año nuevo, cabo Sánchez. Disfruta con la familia y cuídate. Que empieces el año con buen pie.
—Igualmente, Marta. Que pases una feliz Nochevieja. Eso intentaremos: empezar el año con buen pie.
NOCHEVIEJA DE 1985 – RESIDENCIA FAMILIAR DE LOS SÁNCHEZ ALMAGRO
En casa preparaban la cena y colocaban las doce uvas de la suerte del valle del Vinalopó, en Alicante, conocidas por su cultivo en bolsas de papel.
Entre guirnaldas, serpentinas y matasuegras, toda la familia se reunió alrededor de la mesa. Josefina había preparado un consomé caliente y, como plato principal, besugo al horno.
—¡Hala, todos a comer! Pero antes recemos por estos alimentos que nos concede el Señor para cenar este último día del año.
—Gracias, mamá. Está buenísimo —dijo Sebastián.
Juan también felicitó a su mujer:
—¡Te ha salido espectacular el besugo!
—¡Está para chuparse los dedos, mamá! —añadió Teresita.
Charlie y los niños rebañaron los platos. Adam y Elisabeth le guiñaron un ojo a su abuela para hacerle saber cuánto les había gustado la cena.
Poco antes de medianoche, todos estuvieron pendientes de las campanadas de Televisión Española. Con las uvas preparadas, despidieron 1985 y dieron la bienvenida a 1986.
Brindaron con cava extremeño, un recuerdo de la tierra de Juan, nacido en Don Benito y trasladado años atrás desde Mérida a la Jefatura Provincial de Tráfico de Madrid.
—¡Feliz año nuevo, familia! —exclamó Charlie, con su acento inglés.
—¡Feliz año nuevo, papás! —Teresita abrazó a sus padres.
—¡Feliz año nuevo, sobrinos! —les dijo Sebastián a Adam y Elisabeth, todavía con un tono melancólico.
Javier fue el rey de aquella Nochevieja. Entre villancicos y canciones de la época, la familia Sánchez Almagro despidió un año para olvidar, especialmente para el cabo de la Guardia Civil Sebastián Sánchez Almagro.
La tristeza por la tragedia seguía presente, aunque todos deseaban dejar atrás aquel año. Sebastián quería volver a empezar en 1986.
Comenzar de cero, acompañado por los primeros pasos de su pequeño Javier.
Hasta aquí el segundo capítulo de la novela «Generación 85», del autor peñarriblense y colaborador de Infoguadiato y El Periódico de Peñarroya-Pueblonuevo, Sergio Delgado Cintas.
El tercer capítulo estará disponible en Infoguadiato en noviembre.
Continuará…
Sergio Delgado Cintas





























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