19 de marzo de 2015 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Una anécdota referida a D. Marcelino

Menéndez Pelayo, óleo de de Moreno Carbonero
Menéndez Pelayo, óleo de de Moreno Carbonero
“Aquí, en nuestra buena España, /donde se duerme la siesta, / donde se canta la caña, / donde el trabajo molesta (...) /A este sol del mediodía / se filosofa tan mal / que España tiene hoy en día/ en una guitarrería/ su piedra filosofal”. (José de Zorrilla)

Un 19 de mayo de 1912, en un atardecer como el de hoy, fallecía en Santander el más preclaro de nuestros polígrafos, el intelectual a quien su país tiene tanto que agradecer.
La historia de Marcelino Menéndez y Pelayo es la misma de aquellos jóvenes, de familia humilde, cuya pasión por los libros fue capaz de sortear envidiosas zancadillas y tejemanejes políticos, incapaces de apartar de su camino a quien, en palabras de Cánovas, “empieza donde los demás acaban”.
Cuando aún no había cumplido los veintidós años ya era reconocida su labor, tanto dentro como fuera de España, gracias a sus documentadísimos estudios sobre La Ciencia Española, Horacio en España, y La Historia de los Heterodoxos Españoles.
Con tan tierna edad logró obtener la Cátedra de Literatura Española de la Universidad Central de Madrid, vacante tras la muerte de D. Amador de los Ríos, en desigual competencia con D. Antonio Sánchez Moguel y D. José Canalejas Méndez, arropados éstos en sus pretensiones por periódicos de izquierdas, por destacados ateneístas y por gran parte del profesorado de la Universidad Central, “enemigos declarados (con algunas excepciones) de todo lo que huela a erudición y método histórico.”
Aquellas oposiciones, por vez primera interrumpidas por los aplausos del público asistente, fueron el punto de partida de las innumerables anécdotas que encarecen la inteligencia de D. Marcelino; como aquella que le presume capaz de encontrar, a oscuras, uno de sus libros de entre los cincuenta mil que poblaban su librería.
Otra de esas anécdotas que nos acerca a la sabiduría de su “maestro, amigo y protector”, es la referida por D. Francisco Rodríguez Marín en sus Confidencias del Bachiller de Osuna.
Una o dos semanas del mes de abril las pasaba el cántabro en Sevilla, no para divertirse en la feria, sino para ver libros, “extractarlos en breves notas, y (…) trasladar su jugo al portentoso cerebro, por medio de aquella mirada de águila”.
Y en tan breve espacio de tiempo no había ocasión ni siquiera para festejar a Conchita Pintado, aquella encantadora primita a la que había dedicado ardientes sonetos de amor; preocupado como estaba en visitar la Biblioteca Colombina y las particulares de Mateos Gago, de José María Asensio, y las de D. Juan y D. Manuel Pérez de Guzmán y Boza.
Que en las contadas ocasiones en que asistió a la tertulia del Marqués de T´Serclaes y Tilly “al paso que hablaba afablemente con todos con la gentil llaneza tan propia de un verdadero sabio, repasaba, burla burlando, muchedumbre de impresos y manuscritos, sin distraerse de la conversación”; compartiendo intereses de estudiosos de la talla de Gómez Ímaz, Serrano Sellés, Luis Montoto, Joaquín Hazañas, José Gestoso, Rodríguez Marín, Chaves y Rey, y otros; espíritus tan enfrentados como cabría pensar en don Braulio Pizarro , rico terrateniente extremeño, admirador del diestro “Guerrita”, y Juan Antonio de Torre Salvador, escritor y folclorista natural de Guadalcanal cuyos ideales revolucionarios le llevaron a militar en la masonería y a escribir poemas de tipo panfletario como “Cristo en el Vaticano”.
Pero dejemos que sea el propio Rodríguez Marín quien termine de referir con su fluido verbo tan curiosa situación, que solo podría entenderse referida a nuestro país:

─ Al llegar la feria de uno de aquellos años, los amigos de la tertulia convinimos en llevar a almorzar al Maestro fuera de la ciudad, a la por cien estilos famosa Venta de Eritaña (1). Y allá encajamos. Era una mañana espléndida del abril sevillano, al cual ningún otro abril le lleva un dedo de ventaja. Entramos en el amplio jardín de la Venta para ocupar el merendero que nos habían preparado, y al pasar junto a otro en que alegremente se disponían a almorzar con varios amigos unos toreros de la cuadrilla de el Guerra (2), nos salió al encuentro el buen Braulio Pizarro, que con ellos estaba. Hicieron nos entrar y nos detuvimos allí un poco, gustando unas copas que nos ofrecían y charlando cada cual con quien encartó. Uno de los de coleta, medianillo de cuerpo, que banderilleaba en la cuadrilla del Califa, y que lucía media libra de oro en la cadena del reloj y brillantes como garbanzos en la pechera, miró con curiosidad a don Marcelino, y advirtiéndolo Pizarro, le dijo a media voz:
─ ¿Tú sabes quién es ése?
─ ¿Quién es? ─preguntóle respondiendo el que, por no dejar la metáfora, llamaré Pulga.
─ Ese es... ¡casi nadie! – dijo don Braulio con un mohín de encarecimiento ─. ¿Tú ves que el Guerra es una catedral...? Pues este hombre es un alcázar y todas las pirámides de Egipto. Es... ¡Menéndez y Pelayo!
Volvía a mirar al Maestro el hombrecillo de la coleta y dijo a don Braulio con naturalidad candorosa:
─ En mi ziyetera bía lo oí mentá. Y ¿qué ez? ¿Ez generá? ¿Ez quizás menistro?
─ No, hombre; no es general ni ministro ─ repuso Pizarro ─, ni falta que le hace; porque ahí donde tú lo ves, tan humilde en su aspecto, es el sabio más grande que hay en toda España, y uno de los primeros del mundo.
Miró entonces nuevamente el torero a don Marcelino, esta vez despacio y con mirada escrutadora; midióle con ella de pies a cabeza lentamente, mientras daba una gran chupada al chicote, y después de arrojar el humo por donde fumaba y escupía, es decir, por junto al colmillo izquierdo, volvió los ojos a su interlocutor para preguntarle sonriendo, entre incrédulo y desdeñoso:
─ Y ¿qué ez lo que zabe eze hombre?...

(1)Venta situada a las afueras de Sevilla, junto al parque de María Luisa, a donde concurrían los toreros que iban a la Dehesa de Tablada para admirar los toros que habían de lidiarse en la corrida. En ella sitúa Palacio Valdés a Concha la Carbonera, bailaora de vida airada. Cfr. La hermana San Sulspicio(1889).
(2) Rafael Guerra Bejarano. Córdoba (1862-1941).
 
Oleo de José Cándido Carballo
                 
 
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