10 de diciembre de 2019 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Historias para no dormir: El cuento de la buena pipa

Historias para no dormi
Historias para no dormi
─ “¡Las ventanas de la casa de enfrente!/ Cada una tiene su misterio,
su carácter y su fisonomía./ Viven íntimamente/ y animan toda la fachada”.

Mañanita de domingo, ideal para dormilones, para quien apetezca de un café con sus vecinos, o recorrer los belenes que el arte y la imaginación popular montó como expresión de una forma de espiritualidad.
Animoso y sandunguero me echo a la calle para ver la cara al nuevo día, para comprar el pan, o para acercarme a la esquina a pegar la hebra con el quiosquero:

─ “Hace días que no viene por aquí. Ya me preguntaba yo si no estaría usted enfermo. Sabrá ya lo de Joaquín, el del Betis, que con el paso de los años mejora como los buenos vinos…”

Y de un modo tan natural me empapo de esas noticias que, por falta de buena onda con los “periodistas sometidos” de los que habla en su libro Francisco Rubiales, o por una atosigante y sistemática manipulación, me impulsan a dar la espalda a la tele, como en tiempos lo hiciera mi padre.
Como humilde diapasón que sacara a la luz desde los sonidos del barrio a aquellos otros que resuenan en las más altas esferas del país, mi animoso contertulio despierta entre su parroquia ese amistoso interés que ni los tan manidos programas del corazón, ni los profetas del fin del mundo, ni la confusa política de aves de paso despiertan en quienes piden justicia y moralidad, aspirando tan sólo a vivir en buena ley con su gente, y mirar la cara al vecino sin tener que avergonzarse de ninguna historia interminable.
De vuelta de tan estimulante cháchara aún quedaba algún que otro encargo por hacer.
En el supermercado del “desavío” me topo con lo que, para mí, es la noticia del día: al preguntar por las cajas de un conocido caldo de pollo, la cajera me confiesa que las guarda bajo llaves porque a menudo las roban.
En ese momento pensé en la débil economía de los estudiantes del barrio, en sus pisos de alquiler cuyo coste soportan unos padres empeñados de por vida en verlos crecer como personas; pero nunca imaginé que acabaran robando un concentrado de caldo.
Pensé también que una sopa es lo propio en estos días para abrigarse del frío, pero en todo punto insuficiente para calmarnos el hambre, y menos de un jubilado a quien una adelgazada pensión no le llega para vivir, para ayudar a sus hijos, o para afrontar la estocada del recibo del agua, de la luz, de la contribución, de los muertos, y de tanto espíritu puro como se nutre de la sangre del prójimo.
Ha mucho tiempo atrás que el bueno de Pedro Martínez me viene avisando de las muchas carencias del barrio, de la soledad de sus mayores, y de la ruina que sufren muchas casas de vecinos. No en vano durante décadas se fajó aquí en el noble oficio de la Medicina, prestando su colaboración en labores que, sin afanes de recompensa, su buen talante le imponían.
Ya en casa, para tranquilizarme, y por distraer la atención, ojeé a toda prisa el periódico hasta llegar a la contraportada donde el risueño gesto de un individuo con injertos de peluca semejaba tartajearse del personal en una larga e insustancial entrevista.
“Cave canem”, me dije al punto. ¡Cuidado con el perro!, que dirían los latinos, que las apariencias engañan y no siempre se justifican tras una dulce sonrisa, como probó en propias carnes el escritor Félix de Azúa, según él mismo confiesa en “Historia de un idiota contada por él mismo”:

─ “¡ Magníficos camaradas los de la militancia en la extrema izquierda revolucionaria! ¡Así nos luce el pelo! En cuanto alguien ni siquiera tan relevante como Sánchez Bella les ofreció una parcelita de promoción pública, se dieron de codazos para entrar en Palacio”.

Y es que éste es uno de aquéllos de los de lucir en Palacio y otras gaitas. Hace unas décadas que llegó al escenario de la política con lo puesto, y a día de hoy es un auténtico Romanones; uno de esos reconocidos “eméritos” sin más méritos que alegar que el de ser propietario de un auténtico pastizal repartido en “casoplones”, y en paraísos fiscales.

─ ¡Romanones…quién te ha visto, y quién te ve!

Mediocridad radical, abanderado de un catecismo que aúna el credo “facha” y el “progre”─ como el liberal que pintara D. Antonio Machado en un magistral poema─ y cuya meritoria misión se basa en su pausada dicción y en contar cuentos mejor que nadie, cual si fuese ama de cría, y el pueblo un niño de pecho, recién acabado de destetar:

─ “¿Sabes el cuento de la buena pipa?”

Y sin abono de entrada para quien quiera escuchar le oiremos “frailar” mil veces un cansino soniquete; no con la pretensión de sacar a luz su verdad, o una brillante idea que le surgió de un chispazo; ni con ánimo de discurrir sin mantras ni fanatismos; ni siquiera de mostrar la tara de que en esta clase de cuentos, quien los cuenta acapara la palabra sin dar cancha a los demás.
A mi corto entender tan farragosa oratoria responde más bien a la técnica publicitaria del disco rayado que tan aprendida tienen, y que repitiendo nonadas construye una realidad virtual que en nada se corresponde con la experiencia, o con percepción real de los hechos:

─ “¿Quieres, niña, que te cuente el cuento de la buena pipa? ¿Te la digo, resalá?”

Y aquí va nuestro “cuenta ─cuentos” y repite la historia del buen ladrón ─ que tan ladrón es el que comete el robo como el que se lo calla─ que pone la mano en el fuego por tal, por tal, y por cual, que nunca se han llevado ni un duro del honrado contribuyente; y que todos los errores son achacables a los indios, como en las películas del Oeste; que el dolo, fraude, o mentira es un error natural en el que incurrimos todos por el simple hecho de ser humanos, y una consecuencia sobrevenida del amor hacia los demás, como diría Ibn Hazm de Córdoba en esa cima del “donjuanismo” que es su libro “El collar de la paloma”.
Puro acto de amor: de amor al prójimo, a sus “primos” de jarana, a la amada, a la familia, a los hermanos de congregación ( los Ramón Ossorio, Francisco Machuca, Manuel del Pino, Joaquín el de Las Cabezas, Francisca Monje, El Chato de Mairena, Luis el del Viso, El Gallego, El Alfeñique, Francisco Mateos “El Tenaza”, Francisco Esteban “El Guapo”, y toda una larga de colegas y compinches ).
Historias dignas de ser contadas en pliegos de cordel, e impresas en folletines, o en un drama andaluz en tres actos, por obra y gracia de la pluma de los Fernández y González, Felipe Pérez, o Gutiérrez de Alba:

─ No temas nunca por mí / ni tengas nengun cudiao/
aonde está Diego Corrientes / porque á er se ayega la gente
con er sombrero quitao.
Disen que yo soy ladrón / porque sargo a un ventorrillo
y le aligero er borsiyo / a argun grande señorón;
Pero no isen cuando voy / y me encuentro a un esdichao;
Y lo que al rico he robao,/ pa que se ampare, le doy.

Y si la historia fallara en singular ocasión nuestro hombre no dudaría en “llamarse a andana”, en titular como cristiano, y en acogerse a la Iglesia y a su maternal protección.

Y como el agricultor del cuento al que un estudiante “sopista” engañó, y robó la burra, para venderla después en la feria de Mairena, sólo nos cabe decir aquella atinada frase que el vulgo creó, y que todo el mundo piensa: “¡Quien no te conozca que te compre..!”
Sin querer, pero queriendo, se me ha venido a la mente una copla que cantaban los asturianos de mediados de los 70, coincidiendo con el ocaso de la minería:

─ “Una cosa les deseo/ a los dueños de las minas,
Que el dinero que nos roban / se les vaya en medicinas.
Son divertidas / una a una tomadas/ las sulfamidas”.

Nadie quisiera tal cosa en una época como ésta que vivimos en familia; pero como colofón del cuento pediría a los jueces que cumplan con su tarea, como servidores de ley; y a las “hermandades” y Monipodios que devuelvan lo que hurtaron, y se avengan de buen grado a pedir perdón─ “palinodia” llaman en literatura a esa figura retórica que consiste en retractarse públicamente de alguna culpa o pecado─, antes que la bruja del cuento los llene de maldiciones, y les crezca la nariz, y se les caigan los dientes por mentirosos, y el tiempo, la hoz que todo lo arregla, les condene a mal vivir con un caldito de pollo.
 
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