28 de mayo de 2021 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Jardín cerrado

─ "¡Jardín cerrado, en donde un pájaro cantaba, por el verdor teñido de melodiosos oros…!"

Jardín cerrado
Jardín cerrado
Permita usted que comparta una de esas historias tan "simples" que se escriben ellas solas; tan cortita de sal, que no hay miedo de que sean contraproducentes para la tensión; y tan faltas de pimienta que no hay temor alguno de que se le complique la úlcera de estómago.
La vida era bella para un niño de mi edad, de mi tiempo, y de mis circunstancias.
Recuerdo, de chico, haber entrado en alguna casa en que la cortina hacía las veces de puerta; el cubo de zinc, de excusado; y el somier de la cama, revestido de grandes hojas de palmera, hacía las veces de colchón.
Pero con mocos, con hambre, descalzos, o en calzoncillos no conocí a ningún parvulito que no fuese un soñador.
Como aquellos otros que acompañaron a Pedro “el Ermitaño” en la famosa Cruzada, que, con la fuerza del corazón, hicieron frente a la crueldad del ejército otomano.
De pequeñín me recuerdo sentado en el umbral de la casa de los abuelos, con un humeante bollo de pan, aceite, y azúcar, en una mano, y un tebeo del revés en la otra, mientras pasaban ante mis ojos borrosas imágenes de la vida real.
A menudo pensaba en misteriosas y deslavazadas historias, que contaban con mi total adhesión: el burro Platero, el caballo Lucero, el mastín Bocanegra, la abubilla de vuelo sinfónico, y tal y tal.
Entonces para ser feliz no sentía uno la necesidad de tener que acudir cada día a "la escuela de los cagones" para jugar con otros nenitos, y defendía a patadas su derecho a soñar, y a ser libre, como ya tuvieron ocasión de comprobar dos pastores, que me llevaban en volandas a la "miga" poco amiga, entre coces y relinchos de potro sin desbravar.
Y luego, llegada la hora de ir al colegio, todo cambió en menos que se dice amén: allí empecé a socializarme, y a entrar en razones de personita mayor.
La niñez, como saben, es una etapa " efímera", con escaso tiempo para el disfrute, pues ya los adultos se encargan de hacer del chaval un ser dúctil, apagado, y maleable.
Por esa razón hoy me resulta tan emotivo escuchar por la tele a esos ancianos alegres, confiados, y sensibles, que, con la voz desgarrada por los años, aún frecuentan el Paraíso:

─"¡Vi─ va ─la ─Vir─gen del Salaíllo!”

Por la fuerza de la obligación, o por respeto a una regleta de delicada empuñadura, a la que alguien tituló de " Baldomera", muy pronto se nos introdujo en el conocimiento de los rangos, y la jerarquía social.
“Protectora” de no se sabe quién, Baldomera se complacía en corregir las malas conductas, convirtiéndose de repente en el “amigo invisible” de los niños.
En un minuto al penitente se le montaba un auto de fe, en rígido madero de cruz, que a falta de capirote, y de túnica de arpillera, se manifestaba en un infamante “inri”:

─ " ¡Por rebelde, y hablador!"

Aunque, en verdad no fue el miedo, ni el ser rebelde a nada ni a nadie, ni el vivir en el temor, lo que nos hizo personas.
Cierto es que, como los escribas, todo lo que se escribía en clase era al dictado, y por boca del señor, o señorita; que lo que se aprendió era de memoria y carrerilla, como loro parlanchín; y que el alimento era corto, y poca la sustancia que quedaba en el plato de la creatividad, y de la imaginación.
A cambio, nunca tuvimos por niñera un televisor; ni se nos mostró la tragedia como espectáculo, sino como expresión de solidaridad; ni se nos obligaba a rezar, ni a ir a misa; ni se nos convirtió en receptáculos de una falsa superioridad moral, en un mundo competitivo que te invitaba a levantarte sobre la tumba del enemigo…
E incluso lo más grave que nos podía pasar era chafarnos las rodillas, rompernos los pantalones, o hacernos una rozadura en el pie, por la mala calidad del zapato; pero, como no había recreo, ni nos sacaban de excursión, ninguna lesión del tipo de rotura del ligamento cruzado, que hoy afectan tanto a jóvenes deportistas, podía preocupar a nuestros padres.
En ocasiones mis vecinos se invitaban a visitar La Charca del Cinco; y contadas las veces el campito de fútbol de la Estación, ruta obligada hacia el río.
Más que jugar mis preferencias eran saborear el recorrido hasta la Charca, que transcurría bajo la misteriosa oscuridad de un puente, al final del cual el campo se ofrecía como un sugerente óleo, o como un regalo a los sentidos: ver las humildes florecillas; admirar el paisaje; atrapar renacuajos en una lata; o pensar en cómo vivirían las personas que habitaban aquellas cuevas, eran pequeños detalles que probablemente conformaran el carácter de la persona que soy.
Ya se dijo que el lenguaje pone coto al pensamiento, y que restringe su línea de acción a lo políticamente correcto. Como, por entonces, uno sólo se limitaba a soñar, a mirar, y a no decir muchas chorradas; y como, por no haber, ni había un jodido televisor…
Otras veces, los pies nos llevaban hasta el campo de fútbol de " Casablanca", siguiendo la carretera hacia el desaparecido puente de Los Bomberos. Ni los coches perturbaban nuestro jubiloso paseo de amistad.
Ya a la altura del Llano la acogedora sombra de un sauce llorón, ubicada en un chalé que hacía esquina, nos animaba a la ensoñación de amables y frondosos paisajes. A menudo me pregunto qué habrá sido de él.
No sospechaba entonces que el jardín es un ecosistema frágil, que requiere de cuidados; que la poda es necesaria, y que hay que saber talar, y cortar las ramas a tiempo, para que reverdezcan con brío; que un parque, jardín, o huerto, es un proyecto de futuro, un legado para los que después vendrán; y que en su interior se encierra el espíritu de un hortelano, de un proyectista, de un jardinero, que puso en él su ilusión:

─ “Ay, mi rosa de la Alhambra, / rosa de la morería…”

Pero la mayoría de las veces, donde nos tocaba jugar era en el Anillo, un espacio de forma circular, en cuya parte exterior se asentaban unos chalés cuya estética respondía a la tradicional elegancia francesa.
Acerca de uno de ellos alguien nos relató alguna vez una historia imaginada que tenía por protagonistas a un profesor, y a unas niñas de exóticos nombres.
Sabido es que los críos son seres curiosos, que paladean con fruición las palabras, y que su imaginación no encuentra dificultad alguna para elevarse a unos metros del suelo.
¿Recuerdan el cuento aquél de Hans Christian Andersen que hablaba de un emperador, de un jardín de preciosas flores, y de un ruiseñor de mágicos trinos,...?
Pues así se escribía, y se escribe aún la historia, a base de cuentos; y a las puertas de aquellos jardines, que encerraban mil promesas, y cantos primaverales, había un chico absorto, empecinado en abrir rendijas al muro, al que los Ronaldo de turno le colaban los goles, y que no hacía sino preguntarse cómo se las apañaría tanta gente para sentarse todos a una mesa; y quién se ocuparía de servir los platos; y quién los lavaría después; y qué clase de jardineros estarían lo suficientemente capacitados para cuidar tantas flores, para aglutinar en un ramo tantas voluntades distintas,...?
Pasado el tiempo una foto aclaró mi interés: en ella una chica, sentada a la amable sombra de un jardín, hacía los deberes junto a su padre, empeñado en corregir exámenes, y problemas.
Era una foto entrañable que mostraba a la perfección cómo es posible la normalidad de vivir sin alharacas, y grandes gestos; de enseñar sin palabras, ni voces, ni prédicas, ni proclamas políticas...
No todos los jardineros son iguales a la hora de cumplir su función, ni se gastan el mismo pulso para conducir las plantas; en " La carcoma", un tremendo relato nacido de la pluma de Mijaíl Sholojov, un padre mata al hijo comunista por aversión a sus ideas, y por la pérdida de unos bueyes, que amén de convertirse en excusa, luego resultó que habían vuelto ellos solos a la cuadra.
Con la fuerza del ejemplo se adornan parques, huertos, y jardines, y se mantienen en pie las murallas de la Alhambra, y del Alcázar de Córdoba.
Una admirable lección que guardaba en lo más profundo del tintero, y que hoy tuvo la gracia de reverdecer ─ “la gracia de tu rama verdecida”─, como el olmo de Machado.

─ "Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando:
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco…”
 
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