7 de junio de 2021 | Joaquín Rayego Gutiérrez

Como el Gallo de Morón

─ “Como el gallo de Morón: sin plumas y cacareando”

Como el Gallo de Morón
Como el Gallo de Morón
En la localidad sevillana de Morón de la Frontera hay una escultura en bronce que es la plasmación de un dicho según el cual la ostentación, y el orgullo, son la expresión del ridículo de quienes, llamados a hacer el papel de perdedores, se proclaman vencedores, y “a los puntos”.
Para algunos investigadores, historiadores, y paremiólogos, la referida leyenda responde a razones históricas; para otros, en cambio, es un imaginario testimonio de la musa popular.
En todo caso, de las diferentes versiones la de mayor recorrido refiere que, allá por el siglo XVI, un recaudador de impuestos fue enviado a Morón por la Chancillería de Granada con la finalidad de ejercer tan comprometida labor; y que, como uno de los regidores de la ciudad le sugiriera un acuerdo, el chulo de marras le espetó que “en este corral no canta más gallo que yo”.
La historia termina con una severa lección por parte de los regidores que, sirviéndose de engaños, convocan al cobrador a la salida del pueblo, para darle una buena soba, y dejarle desnudo en mitad del camino.
Y es que las palabras son una invocación a la armonía, o a la desarmonía con los vecinos; y que por ello conviene saber usarlas con tino, sin ánimos de provocación, para que no suenen a trallazos, abran profundas heridas, o nos induzcan a cometer errores y desatinos…
En aquel grupo de adolescentes todo funcionaba como un reloj hasta que, llegado el fin de semana, todo lo chafaba el demonio del fútbol.
De vueltas del estadio de Casablanca no era extraño que surgiera una aparatosa disputa entre Juan y Pedrito, empeñado el segundo de ellos en reivindicar su extraordinario parecido con la figura estelar de los Kubala, los Di Stéfano, y los Parrilla, entre otros futbolistas de renombre.

─ “Toda la culpa de que hayamos perdido la tiene éste ─ y aquí el insulto gratuito…─ que no me pasaba el balón”.

Y luego después la consiguiente retahíla en la que, más que defenderse de su manifiesta incompetencia, Juanito proyectaba el correlato de las insuficiencias de su adversario ; algo así como cuando, invitado a una cacería, D. Manuel Fraga descerrajaba un tiro en el trasero de un cazador, propiciando el resentido comentario: “¡Quien no sepa cazar que no venga!”.
Y allá los fantasmas de Pedrito que, como al “Gallo” del cuento, le empujaban a provocar a su enemigo, al tiempo de dibujar sobre el asfalto un círculo hecho con tiza:

─ “¡kikirikí, quien tenga h… que se meta aquí!”

Y en tamaño remedo de lo que debió ser el Circus Maximus de Roma, los ofendidos gladiadores se entregaban al rol de propinarse mamporros, mientras los inconmovibles espectadores proyectaban su sabiduría en proclamar al justo vencedor.
Y así, círculo tras círculo, y kikirikí tras kikirikí, la contienda se ampliaba desde el Puente de Los Bomberos hasta las puertas del Cuartel de la Guardia Civil, en un desesperado intento de Pedrito de ostentar el galardón de púgil del año.
Pero la referida secuencia, que no quedaría recogida en ninguna historia clínica, no siempre tuvo su proyección en el “ojo por ojo, y diente por diente” de la tan reputada ley del Talión.
En una ocasión los amigos concertaron una visita al cercano pueblo de Belmez, para conquistar el corazón de aquellas chicas, incapaces de resistirse al alegre clamor de sus vecinos:

─ “¡Gachí, gachí, gachí, Peñarroya, Peñarroya…! ¡Gachí, gachí, gachí, Pueblonuevo ya está aquí…!” “¡Tenemos un defecto, esto, esto, esto; tenemos un defecto: que nos gustan las gachís…”

A la sazón los zagales contaban con una muy cualificada incorporación de última hora, a quien, a falta de nombre propio, llamaremos Ramírez: alguien cuya mayor virtud no consistía en su atractivo físico, pero que a cambio lucía un encanto poco habitual, que tenía su proyección en una distendida sonrisa, y en una cháchara impropia de un joven de su edad.
Para tan extraordinario momento los chicos lucían un elegante atuendo consistente en un preciso corte de sastre, no quebrantado aún por zurcidos, ni remiendos; unos lustrosos zapatos de cuero; una corbata de nudo estrecho; y una camisa blanca de la marca “Suybalén”, de las de “lavar, secar, y usar”, y de las que la publicidad decía que estaba hecha “pensando en la mujer”.
Verdad es que por la calle Real, y la de Córdoba, no había ese tráfago de personas tan habituales en los días de festejos taurinos; ni se divisaba en el cielo el resplandor de los cohetes de feria; ni la concurrencia lucía el porte aristocrático de los bailes del Casino…, pero en el pecho de aquellos amigos jóvenes es seguro que latía el noble impulso cristiano de “amar al prójimo como a ti mismo”.
Para una mayor operatividad se sugirió la partición del grupo en dos cuadrillas que habían de estar formadas por cuatro, y dos individuos.
Y mientras que la fortuna se mostraba esquiva con los unos, a Juan y a Ramírez la suerte les sonrió en la gentil figura de dos chicas que caminaban por el centro de la calle bajo la protección de un paraguas.
Había comenzado a chispear, y con una impecable sonrisa de vendedor de tejidos, Ramírez se aproximó a ellas, y sacó de sopetón su manual de D. Juan:

─ “Señoritas, por favor, serían tan amables de hacernos un hueco en su paraguas, que está empezando a llover…”.

Como agua de mayo la frase tuvo el efecto de mover el interés de aquellas jovencitas, que como ya es bien sabido a Venus la pintan con los ojos vendados; y fue así como, durante un buen rato, y gracias a la parla de Ramírez, sus acompañantes gozamos de una estimulante conversación, sin otra cosa que decir que algún breve monosílabo.
Y es que la cultura es eso: refugio de caminantes, sutileza al por mayor, expresión de la armonía, mecanismo regulador de las relaciones humanas, y paraguas protector contra vientos y mareas.
Ya de regreso a casa tan sólo quedaba anotar en el cuello de la camisa, cual si de un triunfo se tratara, la extraña razón de aquel logro; y todo ello sin pensar que Pedrito, aquejado de frustración, había de saltar de nuevo al ring de la controversia:

─ “¡A la próxima iré yo solo con Ramírez, que éste ni sabe ligar, ni tampoco se le espera…!”
 
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