5 de agosto de 2022 | Joaquín Rayego Gutiérrez

La fuerza de la amistad

─ Es la belleza del camino, y la magia de compartir, lo que invita al paseo diario

La fuerza de la amistad
La fuerza de la amistad
No estamos solos. A menudo hacemos camino junto a personas amables; ángeles que van en vuelo, y que aminoran el paso para no dejarnos atrás; héroes en zapatillas que no buscan más estrella que ser bastón de nogal; portadores de energía, que no pretenden más regalo que el de su propia conciencia, y el de “ser con los demás”.
Alguien dijo que las circunstancias mandan, y es verdad; pero también que la fuerza de la costumbre, la falta de voluntad, la propaganda de Estado, o la ausencia de criterios…, nos llevan a renquear, y a señalar como culpable a quien solo fue una víctima.
Son " las negras que llaman tintas”, las que a menudo suscriben sus abominables juicios con la rúbrica del punto y final; las “negras” que más convienen a los insidiosos, y a los colaboracionistas del poder, obstinados en medir por un mismo rasero a personalidades tan distintas como Lorca y Alberti, Queipo de Llano y Sanz─ Briz, Neruda y Miguel Hernández, “El Ángel Rojo” y Largo Caballero, como si cabos extremos fueran partícipes de una misma moral.
"Cada cual se defiende como puede, calculando distancias y enemigos", escribe mi amigo Isaac; pero qué regalo de dioses, qué virtud de espíritu sano, y qué saludable sonrisa la que invita a dialogar, y a gozar del paisaje sin miedo al ataque de un posible adversario.
Por suerte, la fuerza de la verdad, el “fuego de siempre” dormido en los pedernales, o las mil y una historias de afinidades electivas, van más allá de obtusos e interesados partidismos, que hunden a unos y ensalzan a otros.

─ “Si hemos de insistir en dividirnos en liberales y tradicionalistas, en progresistas y retrógrados y conservadores, a Menéndez y Pelayo no lo podremos medir ni lo podremos clasificar, es de otro mundo, que será el que prevalezca si han de ir a bien los destinos humanos”.

Esto opinaba Leopoldo Alas, “Clarín”, del más sabio y generoso de nuestros investigadores; “pensador independiente y ciudadano libre en la república de las letras” que pocos universitarios conocen, para vergüenza de todos, y demérito del país.

***
Corrían los años 70 del pasado siglo, y tras los gruesos muros de la Real Fábrica de Tabaco latía el espíritu de rebeldía que tan característico es de la juventud, y que fuera santo y seña de D. Antonio Machado Núñez, Rector de la noble institución que, con la aportación del krausismo, extendió sus raíces por la ciudad hispalense.
En el Aula Magna de Filosofía y Letras, el profesor de turno impartía su lección, al final de la cual se iniciaba un debate acerca del Surrealismo, y su repercusión en las letras españolas.
Un impetuoso joven hacía referencia al magisterio de André Bretón, a su Manifiesto político, y al automatismo psíquico, que tanto influiría en las primeras producciones cinematográficas de Buñuel.
Un segundo señalaría las huellas de la tradición en el mundo de los sueños, como ya apuntara García Lorca en su genial conferencia acerca de las Nanas, particularizando en aquélla de la “nana de aquél/ que llevó el caballo al agua/ y no le dio de beber”, tan frustrante para la psiquis de un niño de pocos años, que ya entiende lo que se dice.

─ " ¡Lorca es un burgués!" chasqueó como un trallazo la voz del primero de ellos.
Y allí fue que su más directo interlocutor, todo un cúmulo de razones surgidas de la más apasionada y cordial de las lecturas, ponía fin al debate con la más impertinente de las preguntas:

─ ¿Sabrías decir algún poema de "Poeta en Nueva York"...? ¿Podrías señalar solo un verso? ¿Me dirías cómo empieza...? ¡ Pero, tú has leído a Lorca, por casualidad..!

Curiosamente en ese punto, y por unanimidad de los presentes, se dio por concluida la disputa, por proclamación silenciosa del vencedor.
Ya entonces comprendí que al poeta “del partido de los pobres… pero de los pobres buenos”, lo mataron los vividores de turno; una aristocracia de casta que juega a alumbrar caminos con luz de candil, las Tablas de la Ley en alto, y amenazando con tachar de la lista a quien no cante sus salmos.
Lo pude corroborar espigando en la lectura de quienes se tomaron su tiempo, y el trabajo de investigarlo.
Tal es el caso del malagueño Jesús Cotta que, en su libro “Rosas de plomo”, desvela la “amistad y muerte de Federico y José Antonio”.
Allá por el año 1934, en el madrileño Café Lyon tuvo lugar el encuentro entre la tertulia de falangistas, presidida por Mourlane, y la de los jóvenes de “La Barraca”, y de la Residencia de Estudiantes, dirigida por Bergamín. Todos tenían algo en común el saberse republicanos.
A la misma hora, las dos tertulias compartían espacio, aficiones, e inquietudes artísticas.
Eran esos mismos jóvenes de ahora ─ rebeldes con causa─ que medio en broma se dedicaban insultos y se llamaban de todo, para a continuación compartir un billar, o una cerveza.
Entre ellos estaban Federico, y José Antonio, una amistad que a la Muy Devota Derecha, y a la Sacro Santa Izquierda, parece que les escuece.
En 1963, el mismo año en que el falangista Felipe Ximénez de Sandoval pronunciara su conferencia “La amistad frustrada de Federico y José Antonio”, la investigadora Marie Laffranque entrevistaba al poeta y militante comunista, Gabriel Celaya, íntimo de Federico.
Rebuscando en su Diario, el donostiarra recordó, con fecha de 8 de marzo de 1936, un encuentro que había tenido lugar en el hotel Biarritz, en el que Federico le confesaba su desprendida amistad con el fundador de la Falange, y sus coincidencias de trato.
A raíz de estos primeros datos el profesor Jesús Cotta entraría a valorar los testimonios de Gabriel Celaya, de Sandoval, de Pepín Bello, y de Luis Rosales, con una precisión y una minuciosidad de quien nada persigue que no sea sacar a luz la verdad.
Cotta saca a relucir también la opinión del granadino sobre viejos camaradas, poco amigos de fiar:

─ “Ahí tienen ustedes a Rafael Alberti, uno de nuestros mejores poetas jóvenes, que ahora, luego de su viaje a Rusia, ha vuelto comunista y ya no hace poesía, aunque él lo crea, sino mala literatura de periódico. ¿Qué es eso de artista, de arte, de teatro proletario. El artista, y particularmente el poeta, es siempre anarquista”.

El miedo del poeta a ser manipulado, a caer en la encerrona pueril de quienes estaban interesados en sentarle en una tribuna junto a “La Pasionaria”, sin ni siquiera comunicarlo, y con la excusa de ensalzar la memoria de Máximo Gorki.
La personalidad de Ramón Ruiz Alonso, el denunciante de Lorca, y las razones espurias que llevaron al tipógrafo a yacer en una tumba sin nombre, y a ocultar los apellidos de sus hijas para no mancharlas con su culpa, son también dignas de lástima.
La muerte de ambos amigos, y el momento de después, que exacerbó los ánimos de los Rosales, la protesta de Joaquín Romero Murube, la intervención directa de Franco ─ que ordenó al cardenal Herrera Oria que expulsase a Ruiz Ramón de su trabajo de periodista en “El Ideal”, de Granada─, o la petición de Durruti, deplorando la ejecución de José Antonio, que creyó instigada por marxistas “sovietizantes” con intereses bastardos.
Un libro, en definitiva, que enseña al que quiere aprender, e incluso al más “convencido”, y que habrá que incorporar al proyecto de “memoria histórica” que se pretende impartir en las aulas.
 
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