Tal día como hoy, un martes 24 de abril de 2001, se produciría mi primer ingreso por Anorexia Nerviosa en el Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba. Por aquellos entonces tenía quince años y cursaba 4º de ESO en su tercer trimestre.
Aquel adolescente rebelde, inquieto, a la defensiva de todo lo que por su bien le decían los especialistas y sus padres, entendería que el encierro en una habitación, aislado del hospital cordobés, sería el último recurso para encauzar una enfermedad que progresivamente iba mermando mi aspecto físico y mental.
Veinticinco años después sigo conviviendo con otra enfermedad mental, quizás más agresiva o más nociva que la anorexia, pero que ha cambiado mi forma de ver la vida. Mi lucha continúa hace veinticinco años por encantarme a mí mismo, lo que excluía a la propia realidad. Me hubiese venido bien cierta autocrítica a mi modo de ver la vida, a cómo la vería una persona que no tuviese una enfermedad mental.
La diferencia de aquel Sergio de hace veinticinco años con el de ahora es que se acepta tal y como es, que se quiere de una manera descomunal, donde no vierte ninguna fragilidad a lo que le suceda en un futuro, y al que siempre le estará muy agradecido a este primer ingreso hospitalario, en el cual en el día de hoy se cumplen veinticinco años, sin lamentaciones.
Simplemente, miro la vida con optimismo y con el vaso medio lleno, porque verlo medio vacío me parece de tal pesimismo que de él penden la desesperación y los miedos. No solo miro al presente de frente, sino que recuerdo el pasado con fortaleza y llegaré al futuro abrazando todo lo bueno y lo malo que me suceda.
En los enfermos mentales no existe la palabra magia, sino esa especie de herramientas emocionales como esfuerzo y voluntad para seguir adelante.
Lo dice una persona como yo, que llegué a tocar fondo tres veces con tres ingresos hospitalarios por enfermedad mental y al que le estoy muy agradecido a los especialistas que me han acompañado a lo largo de estos más de veinticinco años, a mi familia por cuidar y protegerme y a mis amigos por el cariño y la entrega de este más de cuarto de siglo como enfermo mental.
Recuerdo la tarde de ese martes 24 de abril de 2001, donde llegaría junto a mis padres para el ingreso en el hospital. De ahí a unos dos meses, donde aprendí a comer y a desarrollarme como persona, pero no me daría cuenta hasta mi segundo ingreso por las mismas fechas al año siguiente.
Nunca me he rendido, y siempre he visto otra puerta abierta cuando otra se me ha cerrado. Jamás he dado nada por perdido. Como buen deportista que he sido siempre, he intentado lograr llegar a la meta de la mejor forma posible.
He ejercitado mi mente y he soliviantado mis malos momentos con lecciones guerreras con las que batallar en los peores escenarios, pero lo que nunca dejaré de hacer, veinticinco años después de mi primer ingreso hospitalario por salud mental, es esto: ser feliz.
El de ser feliz en todos los sentidos, con todo su contexto y textura de la frase. Mira que mi vida no ha sido fácil mentalmente. La libertad está en la mente, y la mente vuela y se acerca a los lugares hacia dónde tú la quieras llevar.
Encasillar a un enfermo mental como una persona sin libertad es condenar a un pajarillo a que no alce el vuelo y que se mantenga en el mismo sitio, sin hacer nada, sin expresar lo que siente y, sobre todo, sin ser ellos mismos.
La lucha diaria después de veinticinco años es continua, sin sobrepasarme de aquellas líneas rojas que me hagan daño.
Sin embargo, después de estos veinticinco años he aprendido que mi vida sí tiene sentido. Un sentido motivador y de querencia de amar todas aquellas cosas que me rodean. A observar lo que me sucede a diario como un sucedáneo de una vida que sí quiero vivirla plenamente y de manera satisfactoria.
Una vida alejada del mundanal ruido mediático, del egocentrismo y del orgullo personal.
Me siento hoy, veinticinco años después de aquella primera recaída, como un ser humano y un hombre que asimilaría con buena conducta su salto al vacío, y a la postre, después de varias caídas mentales, en busca de la mejor de las maneras, la ideal forma de levantarme sano y salvo.
Hoy el recuerdo invade mi mente, y anhela que ciertas personas ya no estén aquí presentes conmigo para recordar tal maltrecha fecha, donde poder seguir viendo mi evolución como enfermo mental y, sobre todo, como una persona que le está muy agradecida a la vida y a ese primer ingreso hospitalario.
25 años después… sigo aquí.
25 AÑOS DESPUÉS
MOTÍVA-TE CONMIGO 25 AÑOS DESPUÉS DE MI PRIMER INGRESO HOSPITALARIO POR MI ENFERMEDAD MENTAL
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SERGIO DELGADO CINTAS





























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