Nos encontramos en el antepenúltimo capítulo del serial por semanas de mi vida como enfermo mental. En esta ocasión nos encontramos en el año 2024. Un año donde lo arranqué celebrando el primer año como monitora de Faisem Miriam García Pradas, con una paella donde el sol de invierno de finales de enero nos daría una tregua para convivir un gran día todos los usuarios del centro de día.
En cuanto a la asociación Adismor del Guadiato, fui dando pasos poco a poco hasta que me metí de lleno y me propusieron ser secretario. Un cargo que requiere de mucho tiempo y atención y que, con el paso de los meses, al delicado estado de salud de mi madre no pude atender como requería el cargo ostentado.
Vinieron los primeros meses de 2024 tranquilos, ociosos y de gran escalada de amistad y compañerismo, tanto en los sitios donde me encontraba colaborando como en los que estaba simplemente para prestar atención y enriquecerme personal y emocionalmente.
Empecé a hacer noticias, entrevistas y reportajes para los dos periódicos locales y comarcales, así como también continuar con mis columnas de artículos.
Los exámenes de febrero fueron regulares, siendo la asignatura de Inglés mi talón de Aquiles, ya que la llevaba arrastrando ya un par de años. Rozaba el aprobado, pero en el listening me bajaba la nota al cuatro en los exámenes de junio.
Lo que me privó durante todo ese año 2024 es pensar un poquito en mí, ya que, a día de hoy, llevo arrastrando el sentarme, tranquilizarme y tener tiempo para disfrutar de los placeres de la vida. Pero me encuentro muy a gusto ayudando en lo que puedo a los demás, sin pensar muchas veces en mí.
A lo que tengo que decir que soy muy feliz a pesar de estar últimamente encerrado en casa. Volviendo al año 2024, demostré que tenía un imán para atraer o arrastrar a los demás a hacer cosas. Llevé a mis compañeros a visitar las tres parroquias del municipio y la ermita del distrito de Peñarroya: El Salvador y San Luis Beltrán, Ermita Virgen del Rosario, Santa Bárbara y San Miguel Arcángel.
En el Día de Andalucía organicé, junto a la monitora de Faisem, el de comernos una paella en la Peña del Bilbao de Peñarroya-Pueblonuevo. Unas semanas antes fuimos a comer a la Casona del Patio. Fueron unos meses donde aprendí que a mis compañeros de Faisem les gustaba este tipo de salida, cambiando prácticamente los horarios del centro.
La monitora de Faisem, Miriam, como era de un pueblo de Sevilla, se quedaba aquí de lunes a viernes, pero le costaba ya estar aquí, alejada de su familia, de su pareja, pero sobre todo de su precaria nómina que tenía en Faisem, lo que le hacía cada vez más difícil seguir con nosotros.
Llegaría Semana Santa, y por primera vez cubrí todas sus salidas, las pocas que hubo, para el periódico. Veníamos de unos años complicados de sequía y de ver cómo los camiones cisterna nos llenaban las garrafas de agua a diario, por la deficiente y mala calidad del agua que venía del embalse de La Colada, en el Valle de los Pedroches, porque hicieron una conexión con nuestro embalse de Sierra Boyera.
Hubo concentraciones y manifestaciones, pero el viaje del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, que junto a su mujer visitaron una semana antes de la Semana Santa al desaparecido Papa Francisco en el Vaticano.
Esa visita divina, contada de forma jocosa, hizo traer las tremebundas lluvias a nuestro país, pero sobre todo a nuestra comunidad y municipio en Semana Santa, llenando nuestros embalses y haciendo el dicho: “Que no hay mal que por bien no venga”.
Ya era hermano de todas las hermandades de la parroquia El Salvador y San Luis Beltrán, pero un bonito gesto que a partir del año 2024 se ha hecho ya toda una tradición: el paso de la Amargura de la parroquia de San Miguel Arcángel porta un cirio donde pone el nombre de nuestro centro: Faisem.
Y ese bonito gesto hizo que me hiciera hermano de las dos hermandades: del Cristo del Amor y de la Amargura, que se pasean por la barriada del cerro el Jueves Santo.
En mayo se aproximaba el final de nuestra monitora y pondría fin a su andadura en nuestro pueblo. Pero se fue de la mejor forma: con una sonrisa, un tercer premio de la Cruz de Mayo de ese año, una comida de despedida en el Bar Miki y una ruta de senderismo para su último día a “Las Picazas”, a la ermita de San Isidro Labrador, el mismo día 15 de mayo.
Despedimos a Miriam a la vuelta de la ruta de senderismo con un ramo de flores. No era menos que despedirnos a lo grande de una gran persona, cariñosa, amable y atenta con todos nosotros y nosotras.
La cara más amable y enérgica la viví como enfermo mental en 2024, donde no me daba vergüenza ni pudor demostrar y mostrar mis emociones de cara al público y a través de las letras.
Tengo la opinión de que la vida no se negocia, se disfruta hasta el final. Y a pesar de que todo iba bien hasta agosto de ese año, donde se empezaría a gestar otro tipo de cáncer que se le reproduciría a mi madre, pero esta vez mortal, ya que prácticamente en menos de un año pudimos disfrutar de ella, pero eso dará pie a los últimos meses de su vida hasta su muerte para el próximo capítulo.
Como he escrito en el anterior párrafo, en agosto le diagnosticaron a mi madre un segundo tumor, esta vez en la columna, un tipo de cáncer óseo que ya no tendría solución, porque operarla le hubiese supuesto estar en silla de ruedas, pero ese tipo de cáncer no tiene operación. Un sarcoma que se la llevaría por delante.
Unas últimas Navidades vividas junto a ella de las más tristes, pero a la vez de las más mágicas e inolvidables en el Hospital Provincial Reina Sofía que pude tener con mi madre. Es una forma de agradecer mi cariño y mi atención hacia ella de manera entrañable y tierna, donde me enseñó que para esto se viene a la vida también: “A compartir los últimos instantes de nuestros seres queridos de forma valiente y batalladora”.
Y esa forma definiría los últimos meses de vida de mi madre. Lógico que nadie se quiere ir de esta vida antes de tiempo, pero de lo que estoy seguro es que mi madre se fue de manera valiente y batallando hasta el final, siendo consecuente y aceptando la derrota que le depararía el último cáncer.
Todo esto fue para mi mente una masterclass para poner fin a mis miedos y a mis dudas como enfermo mental, y no venirme abajo. Me trabajo a diario mi mente y me cuido en los aspectos que puedan afectarla.
Como escribiría Napoleón Hill: “La mente es el poderoso motor que impulsa el tren de la vida”.
Para mis mejores impulsos en esta vida, fue el poder hacer lo que más me gusta: aportar todas mis buenas intenciones sin pedir nada a cambio. Simplemente lo que quiero es recibir el buen trato de la gente, como yo intento tratar a todas las personas por igual.
Dejemos, pues, para el penúltimo capítulo de este serial los últimos meses de vida de mi madre y cómo lo afronté de manera eficiente para una mente que jamás se debilitaría a pesar del duro golpe que fue para mí su pérdida.
Y como despedida de este capítulo trece, la repetitiva coletilla final:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”
SERGIO DELGADO CINTAS





























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