Matilde. Así la conocíamos todos. Nació en 1932, en la aldea de El Alcornocal, en el seno de una familia humilde.
Era la mediana de tres hermanas que, a pesar de los tiempos difíciles, vivieron una infancia feliz junto a sus padres. La vida pasó deprisa para ella. Trabajaba en el campo junto a su padre y, después, ayudaba a su madre a lavar la ropa a mano. Su niñez fue breve: no tuvo tiempo para libros ni escuela. Su ayuda era más necesaria que su educación.
A los 19 años se convirtió en madre por primera vez. Su historia, la verdadera, apenas comenzaba.
Sin detenernos en demasiados detalles, dio a luz a nueve hijos. Muchos de esos partos fueron en el campo, sin asistencia médica y en soledad. Nos contaba cómo un día, montada en una burra blanca con dos de sus pequeños, sintió que el parto era inminente. Se bajó, se recostó sobre una pared encalada y, con una entereza admirable, se ayudó a sí misma a dar a luz. Sentó a sus dos niños sobre un tocón y les dijo:
—No os mováis, que pronto tenemos que irnos a casa.
Así, en cuestión de minutos, llegó al mundo su nuevo hijo. Al ver su carita, el dolor y la soledad desaparecieron. Cogió de manos de su hija mayor una muñeca de cartón con trenzas de lana, desató los lazos, los usó para cortar el cordón umbilical y envolvió al bebé en su mandil. Se fue caminando a casa, donde nadie la esperaba.
No tuvo un buen marido. Sufrió mucho en silencio. Nadie comprendía cómo podía vivir con un hombre que le causaba tanto dolor, pero ella se resignó, aceptando la vida que le había tocado.
Años después, dejó el campo y se instaló en Peñarroya-Pueblonuevo, en la calle Garibaldi número 20. Allí su vida empezó a tomar algo de sentido. Tenía a sus hijos cerca y buenos vecinos que la querían y la respetaban, sabiendo el calvario que vivía en casa.
Se las ingeniaba para que a sus nueve hijos no les faltara lo esencial. Buscaba retales en Enrique Morales para coserles los babis del colegio. Acudía a Cruz Roja solo en casos de verdadera necesidad. Como decía ella:
—Solo fui dos veces. Cuando ya no me hizo falta, dejé ese sitio para quien lo necesitara más que yo.
La vida le dio tres hijos con necesidades especiales, que requerían atención constante. Su tiempo era para ellos. Su vida: hacer camas, preparar comidas, limpiar y lavar a mano en las pilas del corral para que al día siguiente todo estuviera limpio y en orden.
Uno de sus hijos menores cayó en las drogas. Ella nunca se rindió. Luchó hasta el final por salvarlo, como madre valiente que era.
Vivió años duros: malos tratos, trabajo incansable y una profunda soledad. Pero nunca permitió que la vieran débil. Siempre fue el pilar: fuerte e inquebrantable.
Cuando quedó viuda, sintió pena, sí… pero también libertad. Nadie más volvería a alzarle la voz ni levantarle la mano.
Después llegó el cáncer. Durante seis largos años acompañó y cuidó a su querido hijo Acisclo, uno de los tres hijos con necesidades especiales. Estuvo con él hasta el final, pero la vida se lo arrebató.
Años más tarde, la enfermedad volvió a su puerta. Esta vez por Agustina, otra de sus hijas especiales, compañera inseparable. Su pérdida fue otro golpe devastador.
Solo seis meses después, recibió la llamada más cruel: su hijo con adicción había fallecido tras una caída. Su mundo se paralizó. Su alma empezó a apagarse.
Y no terminaría ahí. En menos de dos años, perdió también a Matilde, su primogénita. La niña de sus ojos, criada en la casa de los abuelos y devuelta al hogar familiar, donde nunca fue comprendida por su padre.
La casa se fue quedando vacía. Solo ella y su hijo Antonio —el Cano— seguían allí. El silencio llenaba cada rincón. Y entonces, otro golpe: Antonio sufrió un infarto, fue operado de urgencia y, quince días después, falleció.
Desde ese momento, su luto fue profundo y eterno. No tenía fuerzas, pero seguía negándose a abandonar su casa.
Finalmente, su salud se debilitó tanto que decidió mudarse con su hija Consuelo, a la calle Antolín. Ya no quería seguir. Había perdido demasiado.
Pero no nos resignamos a verla rendida. En familia, le regalamos momentos de felicidad. Viajó por primera vez al mar, vio las olas, los barcos y hasta se hospedó en un hotel. Fueron las mejores vacaciones de su vida.
Después, visitamos Córdoba por Navidad. El encendido navideño la dejó sin palabras. Vivió nuevas experiencias: casa rural, cenas en el Llano, helados en la calle peatonal… Cosas simples para nosotros, pero enormes para ella.
Su cuerpo empezó a apagarse. Comía poco. Solo quería descansar. En estos últimos dos años, la cuidamos como si fuera nuestra muñequita. Se lo merecía.
Hoy nos despedimos de ti, abuela. Has sido una gran hija, madre, abuela, hermana, amiga y vecina. Estamos orgullosos de los 92 años que compartiste con nosotros.
Estás, y estarás siempre, en nuestros corazones. Allí donde vayas, te aguarda un rincón de paz, rodeada por los hijos y padres que tanto amaste.
Aquí, en la tierra, nos dejas con el alma rota. Pero sabemos que, desde allá arriba, seguirás cuidándonos como siempre hiciste.
Te quiere y adora tu nieto mayor.
Besos… y vuela alto, muñequita.






























Es precioso como has relatado la vida de tu abuela.
Has hecho que derrame unas lágrimas leyéndolo.
La vida te ha premiado solo por haber tenido a ese pedazo de mujer por abuela.