Derribando mitos y acogiéndome a los pasajes de la Biblia, me detengo en uno de ellos: cuando Jesucristo sana a un paralítico.
A Lázaro le faltaba, para volver a andar, la intervención curativa del Dios divino. Cuesta entender este pasaje, que con una simple imposición de manos del hijo de José y María se obre el milagro. Pero sí: Dios existe y existen los milagros.
Entre otros milagros —ya más terrenales que divinos—, uno se ha producido en mi vida. Porque, a ojos del mundo, y más aún a mis propios ojos, mi vida iba rumbo al desastre y al extravío.
Como buen boxeador, he sabido aguantar los envites que me ha dado la vida. Pero en ese cuadrilátero, el rival era yo mismo, y he logrado vencerlo, combatiendo mis propios miedos.
Mi miedo a estar solo, a esa estricta soledad, lo he superado enfrentándome a él, resistiendo round tras round, hasta aniquilarlo.
Las batallas más duras se ganan desde el “campo base”, ese perímetro donde se estudian las estrategias. Y siendo honesto, mi estrategia fue reconocer que tenía un problema con la soledad. Las fases que atravesé hasta llegar al estado emocional que hoy atesoro fueron cruciales para tomar el impulso necesario y plantar cara tanto a mis problemas como a mi soledad.
Cuando hablamos de tenencia, no nos referimos solo a bienes materiales o dinero, sino también a posesiones emocionales y existenciales, que valen más que cualquier riqueza tangible.
Ante una pérdida emocional o existencial quedamos completamente desnudos y, a ojos del mundo, eso es ser un desfavorecido: una pieza más de ese puzle que nos empuja a sucumbir ante la soledad.
Y frente a eso, nos quedan palabras como: Esperanza, Vitalidad, Bondad, Tenacidad, Salvación.
Entre la curación de Lázaro y la mía hay una similitud: el reconocimiento de que padecemos una enfermedad. La diferencia es que su problema era físico y el mío mental.
A Lázaro lo curó Jesucristo; a mí, la vida. Una diferencia entre lo divino y lo humano que deja claro que casi todo lo que nos sucede tiene solución… salvo la muerte.
Y la “bola” de la muerte está en el bombo todos los días, para cada uno de nosotros.
Por eso, hay que restarle peso a la palabra soledad, aunque a veces la necesitemos para seguir en pie y no besar la lona.
Para mí, no hay combate más bello que el de seguir siendo feliz cada día, enfrentarme a mis miedos y a mi soledad, como el protagonista de El hombre que vendió su Ferrari. Tal vez ese sea el verdadero motivo de mi recuperación.
Me expreso ante los ojos del mundo y ante ti.
¿Y tú, te expresas?
¿A qué esperas para leer esta nueva cápsula emocional en exclusiva para los lectores y lectoras de Infoguadiato?
Sergio Delgado Cintas





























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