Por Flor Franco
Vivir en Andalucía, en lo que a música se refiere, significa a menudo aceptar que muchas giras internacionales se quedan entre Madrid y Barcelona. Cuando un artista de la talla de David Byrne anuncia solo dos fechas en el país, para quienes habitamos el sur, la música pasa a convertirse en una operación logística que requiere antelación.
Y es que hablar de Byrne es hablar de alguien que lleva décadas huyendo de su propia figura de mito. Desde que fundara Talking Heads en el Nueva York de los setenta —junto a Chris Frantz, Jerry Harrison y la bajista Tina Weymouth, quien dio nombre a mi hija pequeña, Martina—, su trayectoria ha sido cualquier cosa menos estática. Entre los cuatro cimentaron las bases del post-punk, mezclando el punk con el funk, la electrónica y los ritmos africanos en canciones que hoy siguen sonando a la vanguardia. En paralelo, Tina y Chris fundaban Tom Tom Club, otro grupazo con éxitos como «Genius of Love», pero volvamos a Byrne.
Puede parecer extraño poner a David Byrne y a la música andaluza en un mismo párrafo, pero lo cierto es que, según él mismo explicó, siente una devoción real por el flamenco. En una conversación con la pozoalbense María José Llergo para Apple Music Radio, confesó que asocia este arte con «la pasión, la sensualidad y, sobre todo, la improvisación». Explicaba que el flamenco es para él más cercano al jazz, un género donde el intérprete usa la canción como plantilla para transformarla en cada actuación. En la misma charla, su interés por la cultura andaluza quedaba patente: viajó a España para conseguir discos de Camarón de la Isla, al que ha calificado como un «increíble cantante de flamenco». Además, en sus recomendaciones musicales ha incluido a Ketama, Rosalía —de cuyo concierto dijo que le «voló la cabeza»— y a la gaditana Mala Rodríguez.
Tuve la fortuna de disfrutar de su arte en directo, hace poco más de una década en el Palau de la Música Catalana. Apareció con un tutú rosa y una banda de un virtuosismo impecable, repasando himnos de los Heads y temas en solitario. No pude hacer otra cosa que llorar de emoción, incapaz de procesar lo que tenía delante. Ver a Byrne a pocos metros es descubrir que la genialidad no requiere esa gravedad o solemnidad que presuponemos a los «grandes».
Su mirada en el arte también tiene mucho que ver en cómo se ve a sí mismo. Byrne ha hablado a menudo de su lugar dentro del espectro autista —una autoidentificación más que un diagnóstico clínico—, algo que durante años se interpretó como excentricidad. Lejos de plantearlo como una limitación, lo describe como una ventaja que le permite procesar el entorno a través de patrones invisibles. En sus reflexiones más recientes, señala que la música le ha ofrecido un territorio donde esa percepción no es un obstáculo, sino una herramienta; un espacio donde las diferencias encuentran su lugar. Quizá por eso su radar musical nunca ha tenido fronteras.
Toca cruzar el mapa porque, aunque David Byrne sepa bien lo que ocurre en el sur, esta vez ha vuelto a obviarnos en el itinerario. Para quien disfrute de su forma de entender el mundo, su paso por el país este verano sigue siendo una cita clave. Estará el 10 de julio en el Cruïlla y el 11 en el Mad Cool; es una de esas oportunidades que, si se tiene la ocasión, no conviene dejar pasar.






























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