Hay personas que roban parte de su preciado y valioso tiempo para emplearlo en los demás. Lejos del postureo, se interesan por la vida social, cultural o deportiva de su pueblo sin pedir nada a cambio. Seres humanos concebidos para amar al de al lado, adictos a sacar lo mejor de sí mismos para hacer felices a familiares, amigos y vecinos.
Uno de ellos es el personaje que homenajeamos hoy viernes: Ángel Parra Muñoz, honradez y honestidad en estado puro. Les vamos a narrar de forma novelada un viaje emocional por su extensa vida personal y profesional.
Ángel, al que tenemos el honor de conocer de toda una vida, ha cuidado y atendido con humanidad y práctica a todos los vecinos que han requerido consejos y recomendaciones. Sabio que sentó cátedra manteniendo el secreto de un oficio tradicional, llegó a esa línea reservada a unos pocos privilegiados que emplean la prudencia. Siempre supo situarse en el lugar donde se colocan los grandes líderes silenciosos. Nuestro vecino es un líder en el arte de la farmacopea, conocedor de ese vademécum donde se empleó a fondo para cumplir el ideal de la frase latina: Mens sana in corpore sano.
Nació en La Parrilla, aquella aldea humilde de Fuenteobejuna que el tiempo borró del mapa, pero no la memoria. Allí quedó el recuerdo de un niño despierto, hijo de José y Antonia, que entendió pronto que la vida era trabajar, querer y ayudar.
A los catorce años cruzó las puertas de la farmacia de Don Hilario. Entró como aprendiz, con esa mezcla de timidez y decisión que siempre lo acompañó. Aprendió a preparar fórmulas, a ordenar frascos, a escuchar dolencias y consolar preocupaciones. Descubrió algo que no enseñan los libros: la importancia del trato humano, mirar a los ojos y atender sin prisa.
Después llegarían la farmacia del Cerro, la de Peñarroya y el retorno al Cerro, como quien regresa a casa. En cada etapa dejó amistades, favores hechos sin pedir nada, clientes que se hicieron conocidos y conocidos que terminaron siendo amigos. Para Ángel, su trabajo nunca fue un oficio: fue un servicio.
Junto a él caminaba Fefi, compañera firme y paciente, con quien formó un hogar lleno de risas, silencios y alegrías. De ese hogar nacieron María y Fátima, brújulas que lo hicieron crecer como padre, orgulloso sin aspavientos y siempre presente. Su familia extensa —José, Antonia, Carmen, Paco, Mari José y Manoli— encontró en él un punto de apoyo constante: estaba sin imponerse, ofrecía sin alarde.
Fuera del trabajo, Ángel disfrutaba de caminar largas distancias, ver deporte —sobre todo fútbol— y compartir sobremesas donde las preocupaciones se volvían más ligeras. Quienes lo conocen coinciden: entregado, comprometido, servicial. Nunca hacía ruido, pero siempre estaba, dejando una huella profunda en su discreción.
Su vida, hilada entre farmacias, caminos, familia y amistades, demuestra que la grandeza no está en los gestos extraordinarios, sino en la bondad sostenida día tras día. Allí donde estuvo, dejó paz; allí donde pasó, dejó cariño.
Alejado del mundo ruidoso y crispado, Ángel evita ser esclavo de tendencias que quitan tranquilidad. Aunque no le gusta ser el centro de atención, hoy el foco es suyo: su pueblo le agradece el servicio y la dedicación de una vida entera, y celebra que su trabajo haya inspirado a su hija Fátima a seguir sus pasos.
Una vida a todo color, llena de entrega y pasión.
“Lo importante no es vivir mucho, sino vivir bien”, dijo Séneca.
Y contradiciéndolo un poco, le deseamos a Ángel una larga vida para seguir viviéndola así de bien.
Gracias, Ángel, por acercarnos la medicina y mejorar el bienestar vecinal.
Te queremos.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS






























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