En las ocurrencias fermentadas y realizadas con mimo, ternura, sensibilidad y caricias amasadas durante años, se guarda un legado férreo, hecho como el pan bendito.
Cuando en los hogares se respira felicidad auténtica, los progenitores hacen el resto del trabajo. A veces escogemos el trabajo como modo de vida y hasta como castigo cuando no sabemos apreciar los verdaderos placeres que la existencia ofrece.
Sentir, amar y proteger a esa legión de seres humanos que le han importado siempre, cultivar una clientela hecha a su servicio y entregarse a todos ellos ha sido lo mejor que ha cosechado a lo largo de su vida la homenajeada de este jueves: Carmen Piedad Cortés Mateo, la mujer que con sus maravillosas manos ha sabido manejar un mundo donde el verbo se hizo carne, y donde, sobre todo, se ganó —mejor dicho— “el pan con el sudor de su frente”.
Mujer fuerte, con una lectura profunda del sacrificio, aún no ha bailado su último baile. Atendamos a su apasionante vida, que con afecto y respeto han preparado sus amigos de Infoguadiato.
Carmen Piedad Cortés Mateo llegó al mundo un 16 de julio en Peñarroya-Pueblonuevo, como quien nace con luz propia. Hija de Andrea Mateo Gutiérrez y Ruperto Verdeman Cortés Andújar, creció con la voluntad firme de quienes saben abrirse camino sin perder la ternura.
Con el tiempo levantó su propio hogar y su pequeño universo: Manuel Ramón (Lolo), Raúl, Andrés, Inocencio (Chencho) y Carmen María. Más tarde llegó Aitana Hernica García, la nieta que le agrandó la sonrisa. Siempre ha estado ahí: vigilante sin agobiar, cuidando sin alardes, pendiente de cada uno, como solo lo hacen las madres que no entienden la vida sin sus hijos.
La panadería El Granjeño, que regentó junto a su marido —ya fallecido—, fue su reino. Día tras día, con una constancia casi ritual, entregó pan y cercanía. Sus clientes no iban solo a comprar: iban a verla. Y hoy continúa repartiendo pan fielmente a quienes confían en ella.
Cuando se cerraba la puerta del horno, se abría la de la vida. Le encanta bailar —la bachata la mueve como si el mundo no pesara—, viajar, apuntarse a cada excursión, reunirse con sus amigas para reír y ponerse al día. Y no perdona su visita semanal a la peluquería: le gusta estar siempre arreglada, impecable y con ese toque suyo tan reconocible. La felicidad, para ella, cabe en una mesa sencilla: una buena charla, un tinto con limón y unas patatas.
Sus hijos lo saben. Cuando hablan de Carmen, no hablan solo de su madre: hablan de una amiga leal, divertida, valiente y siempre dispuesta. Una mujer que ha recorrido la vida con alegría… y ha arrastrado a los suyos con ella.
Entre lo anodino y lo inocente, hoy hemos recreado la vida de una persona que ha ido evolucionando a través de sus propias experiencias. Una vida donde lo personal, lo profesional y lo familiar se entrelazaron, y a cada ámbito supo darle su espacio y su tiempo.
Ahora recoge los frutos sembrados sin algarabía: sinceridad, honestidad, lucha contra viento y marea, y una segunda vida que la espera con un porvenir tan fructífero como el que merece quien ha sabido tratar bien a la vida.
“No importa lo lento que vayas mientras no te detengas.”
CONFUCIO
Nada ni nadie ha detenido el camino de esta gran mujer; aunque avance con lentitud, sigue aprovechando lo más esencial que tenemos: la vida.
Una vida interesantísima y digna de ser contada para un pueblo que conoce de sobra la calidad humana y la fortaleza de Carmen Piedad Cortés Mateo.
Te queremos mucho.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS






























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