Hay hombres que pasan por la vida dejando apenas una sombra.
Y hay otros que, sin hacer ruido, la empujan cada día un poco más allá.
Ceferino Muñoz Fernández pertenece a esa segunda categoría. De los que no necesitan altavoces para hacerse notar. De los que construyen, sostienen y permanecen.
Nació en Peñarroya-Pueblonuevo, en una tierra marcada por el carbón, el esfuerzo y la dignidad obrera. Hijo de Custodio Muñoz y Manola Fernández, creció en un hogar donde el trabajo no era una opción, era una forma de estar en el mundo. Allí aprendió que la palabra dada no se rompe, que el sacrificio no se negocia y que la familia es el primer escudo frente a cualquier adversidad.
Con sus hermanos, Magda y Custodio Manuel, entendió pronto que nadie se hace solo. Que la vida en un pueblo no se mide en éxitos individuales, sino en la capacidad de sumar, de compartir, de sostenerse unos a otros.
Desde pequeño apuntaba maneras de hombre inquieto. No inquieto de ruido, sino de acción. Estudió en el colegio Eladio León y más tarde en el Instituto Florencio Pintado, donde se formó en la rama de electricidad. La chispa no solo la aprendió entre cables y cuadros eléctricos; la llevaba dentro. Esa energía constante que define a quienes no saben quedarse quietos.
Y no se quedó.
Porque Ceferino no ha tenido una sola vida profesional, sino muchas. Y todas trabajadas. Ha perforado la tierra en los sondeos, ha servido cafés en La Perla escuchando historias ajenas mientras forjaba la suya, ha trabajado en la casa de Marcelo Hidalgo, en la piscina municipal con Julián, en La Cabaña junto a Oliver Almohano. Diseñó invitaciones de boda con la imprenta Josma de Azuaga —mientras otros comenzaban su historia, él ayudaba a anunciarla—. Junto a César montó el pub Florida en La Farola, porque donde había vida social, allí estaba él dispuesto a emprender.
Con su amigo Manolo “el Chispa” llevó la luz a muchas viviendas del pueblo. Y no era solo electricidad: era confianza, era entrar en los hogares con respeto, era resolver problemas cotidianos con profesionalidad y cercanía. Incluso impulsaron un pequeño gimnasio por La Poza, entendiendo que el cuerpo también necesita disciplina y constancia.
Ceferino ha sido siempre hombre de hacer, no de prometer.
Hay episodios que resumen una forma de ser. Junto a José Antonio Ríos “el Belga”, regresaba cargado de picón cuando la burra quedó atrapada en el río. No dudaron. Se metieron en el agua fría, con la corriente empujando, con el riesgo presente. La sacaron. Empapados, exhaustos, pero satisfechos. Esa escena define más que cualquier discurso: ante la dificultad, actuar.
Su compromiso con el pueblo no se limitó al trabajo. Desde principios de los años noventa formó parte del AMPA del colegio Eladio León. Organizaba viajes, acompañaba excursiones, dedicaba tiempo a los niños y niñas cuando el voluntariado no estaba de moda ni se publicitaba en redes. Lo hacía porque creía en ello. Porque entendía que educar también es implicarse.
Ha defendido los colores del Club de Petanca de Peñarroya, recorriendo pueblos y compartiendo jornadas con compañeros y amigos. Cumplió el servicio militar en Olla Fría, pero decidió presentarse voluntario para paracaidistas en Madrid. Hay que tener determinación para saltar al vacío confiando en el propio temple.
En lo personal, construyó junto a Pruden García Cano una familia basada en el esfuerzo silencioso. Es padre de Noemí, Álvaro y David. Hoy es abuelo de Gael y Enzo. Y en esa condición de padre y abuelo se resume su esencia: presencia constante, ejemplo sin estridencias, apoyo firme cuando hace falta.
Se jubiló en Encasur, pero jubilarse nunca significó detenerse. Pertenece al club motero La Afición de Peñarroya, porque la carretera también enseña y porque el espíritu inquieto no entiende de pausas definitivas. Participó en la Asociación de Vecinos El Peñón, que impulsó junto a su amigo Pepe Martín “Todobar”, y formó parte de la directiva del Club Municipal El Jardín hasta este mismo año. Siempre implicado. Siempre disponible.
Amigos ha tenido muchos. Algunos siguen a su lado; otros, como Cano, se fueron demasiado pronto. Pero quienes lo conocen coinciden en algo: Ceferino es de los que permanecen. De los que no fallan.
No ha sido famoso.
Ha sido constante.
Y eso, en estos tiempos, es más difícil.
Un todoterreno no es el que nunca se desgasta. Es el que, aun con marcas en la carrocería, sigue avanzando. Ceferino ha avanzado siempre. Sin ruido. Sin buscar medallas. Sin reclamar reconocimiento.
Cuando en Peñarroya-Pueblonuevo alguien pronuncia su nombre, no piensa en cargos ni en títulos. Piensa en trabajo, en compromiso, en presencia. Piensa en alguien que estuvo cuando hacía falta.
Los pueblos no se sostienen solo con calles, edificios o discursos.
Se sostienen con personas que suman, que ayudan, que construyen comunidad.
Personas como Ceferino Muñoz Fernández. «Cefe»
Y eso —sin exageraciones y sin adornos— merece ser contado.
No cambies nunca, Ceferino.
Te queremos mucho.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS





























Enhorabuena Cefe, me alegro mucho que te hagan este reconocimiento,te lo mereces. Me siento orgulloso de ser tu amigo un abrazo