22 de octubre de 2023

Como creer en Dios después de Palestina    

 

Qué duda cabe que en la guerra de Israel contra Palestina y viceversa hay un sustrato religioso. Además de una lucha por el territorio-lucha feroz, salvaje, no propia de seres humanos-, hay un planteamiento que va más allá y que forma parte de las claves para entender lo que pasa.   Cada bando tiene su dios a quien confían toda su existencia y a quien suponen como máxima representación de justicia y humanidad aquí en La Tierra, a quien rezan e imploran soluciones y de quien esperan una respuesta en forma de misericordia y compasión que no llegan. Es lo que tiene la fe, que es ciega y no admite reclamaciones.

Cité la semana pasada a Simone Veil, la vicepresidenta del Parlamento Europeo y ministra del Gobierno francés en los años 70 del pasado siglo para referirme a lo que ella llamaba “el silencio de Dios” ante la barbarie que supuso el Holocausto de la que ella fue superviviente. Una voz de mujer joven y judía, la de Simone Weil, sus palabras tienen una autoridad especial porque su trayectoria vital e y su reflexión sobre el hecho religioso tiene como base   su sólida formación filosófica Y no sólo ella, otras mujeres de origen judío – Hannah Arendt, Ana Frank… – también supieron lo que fue la barbarie promovida por los nazis y lo expresaron.

La falta de respuestas por parte de Dios resulta especialmente terrible en determinadas situaciones históricas como las que Simone Veil vivió, presididas por la tragedia de Auschwitz. Espoleada por el contraste entre la barbarie, la inhumanidad y el enmudecimiento de Dios, se ve obligada a replantearse quién es ese Dios y cómo es. Por ello, reconoce que un ser humano que haya visto a su familia maltratada y asesinada, y que haya sido sometido a tortura en un campo de concentración, si alguna vez hubiera creído en la misericordia de Dios, después de esa horrible experiencia, o bien dejaría de creer, o bien concebiría su fe y su Dios de una manera muy distinta, quizás encarnada en las víctimas.

En un mundo tan, tan malo como el que ella experimentó, Veil se siente profundamente confusa y lo deja escrito para la posteridad con palabras sobrecogedoras: “Cuando en el propio fondo de nuestras entrañas sentimos la necesidad de una voz que diga algo, cuando gritamos para obtener una respuesta que no llega, entonces llegamos a tocar el silencio de Dios. Necesitamos esa voz.  Gritamos para conseguirla. El grito nos desgarra las entrañas. No obtenemos más que silencio”.

Pues bien, dicha situación o escenario no ha desaparecido 80 años después, salvando los actores, tal como estamos viendo en directo a propósito de los crímenes de guerra y de lesa Humanidad sin que se conmuevan las conciencias, demasiado instaladas, tal vez, en la comodidad y la desidia y muy próximas ya a la banalización del mal. Con razón decía William Faulkner que “el pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”.

Pero también deja escrito Veil una cierta amargura tocada de una cierta ingenuidad y pureza: “Tengo una especie de certeza interior de que hay en mí un depósito de oro puro que es para transmitirlo. Pero la experiencia y la observación de mis contemporáneos me persuade cada vez más de que no hay nadie para recibirlo. En cuanto a la posteridad, de aquí a que haya una generación con músculo y pensamiento, los libros y los manuscritos de nuestra época ya habrán, sin duda, desaparecido”.

Efectivamente, desaparecieron. Casi un siglo después la barbarie continua y no hay mucho lugar para la esperanza. Cuesta reconocerlo.

JUSTICIA Y PAZ

 

Enrique Monterroso Madueño

 

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