Dice el refranero popular las siguientes citas: “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla” y “Habla para que yo te conozca”.
Al hablar sabemos más o menos nuestra autoridad según el tono y la focalización, como la evocación de la conversación mantenida con otras personas.
Según tengo entendido por los expertos en la materia de la psicología y la neurociencia: qué partes de nuestras emociones se muestran en el habla, y el mismo habla dicta la fortaleza o la debilidad del hablante.
El habla es algunas veces confidencial, a través de la interlocución con las personas con las que en esos momentos estamos hablando.
Así pues, mostrar nuestra mejor habla mejora nuestra mente y desarrollo cognitivo. No solo te evaden de tus miedos, sino que interpretan también signos de vida biológica en tu cuerpo y en tu mente.
No obstante, decir que en la curación del habla está la madre de todos los males. No todo vale según el tipo del habla y del hablante. Y para comerse el mundo no hace falta grandes elocuencias ni grandes estridencias verbales.
En el trabajo callado y silenciado está el mejor hablante, que en ese periodo de silencio y de reflexión trabaja para crear su mejor versión y acreditar que los objetivos marcados en el tiempo llegan a producirse en realidad.
Los animales, y en especial los leones, se lamen sus heridas, y son presas del hastío y de la decadencia del paso del tiempo, y son menos salvajes, pero siguen siendo de los más indomables.
Por eso el ser humano secuencia a cámara lenta la forma con la que se está hablando, ralentiza la entonación de las palabras y llegan a situarse en una situación inánime de la que es difícil salir algunas veces.
Ser consecuentes de lo que hablamos, y que podemos herir al conversador, y de que según como tratemos el diálogo con la otra persona, así nos tratarán.
En las lluvias impredecibles se hallan las arduas batallas. Batallas que están en las letras. Letras que llegan al alma y acaban curando.
En la materia en la que preconcebimos la vida se hallan las virtudes ociosas del ser humano, como también las odiosas.
Y en ese odio endiosado, del que jamás nos pasará algunas cosas de las que decimos, seguro que nos acabará sucediendo aquello que un día predijimos a otra persona.
Por todas esas cosas debemos de hablar. Sentarnos y exponer todas esas cosas que en su día dijimos y hoy nos arrepentimos. Ir por el camino de la sinceridad y de la verdad en la actualidad no está tan de moda.
Pero se me ocurre una cosa para que ni tú ni yo no nos acabemos enfadando: ¿se te ha pasado por la cabeza transmitir tus buenas sensaciones en tu forma de hablar a otra persona para que se sienta bien y así poder ayudar a la otra persona que lo está pasando mal, en vez de escuchar sus lamentaciones?
Querido lector y lectora: no se me ocurre otra respuesta por vuestra parte, de que capte el mensaje y pases a desarrollar a través del habla esas buenas acciones sobre males ajenos. Porque yo antes me alegraba, grosso modo, de las desgracias de los demás, hasta que pasó a mi persona en penar con mis problemas personales y sobre salud mental.
Y es ahí, en lo más profundo del pozo, donde te das cuenta de que debes cambiar la forma de hablar y de dirigirte a los demás.
Te lo dice uno que probó de la medicina de la soberbia y el egoísmo y tuvo el tratamiento de la humildad.
Y no hay mejor cura que la de la humildad y la del habla.
Por eso debemos de hablar, suave y con tacto.
Que nos llegue al alma.
DEBEMOS DE HABLAR
MOTÍVATE CON UNA CONVERSACIÓN PENDIENTE. POR ESO, DEBEMOS DE HABLAR.
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SERGIO DELGADO CINTAS





























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