Sirvan las siguientes líneas para rendir un merecido tributo y homenaje a título póstumo a Dª Josefa Mellado Calderón (mi tía Josefa).
Era la mayor de cinco hermanos de una humilde familia que trabajaban como pastores y agricultores en la finca de El Puerto del Toro. Cuando mi abuela fue a dar a luz se trasladó a Posadilla a casa de su madre y allí un 5 de junio de 1945 en plena post guerra española y aun estando presente la segunda guerra mundial, nació mi tía Josefa. Era una época de profundas penurias tanto económicas como represivas, tanto es así, que no pudo ser escolarizada ni ella ni sus hermanos. Lo que aprendió, fue en clases particulares nocturnas con la maestra Dª Rosario y con una señora de Posadilla llamada Adelaida. Con apenas trece años estuvo como sirvienta en varias casas del pueblo con el fin de aportar alguna ayuda al núcleo familiar. Conoció desde su infancia, al que fuera su marido Ángel Morales Benavente (mi tío Angelito), mi madre me comenta, con guasa, que eran novios desde que nacieron y contrajeron matrimonio el día 27 de septiembre de 1967. En un principio, mi tío Ángel, trabajó en varias profesiones, en el campo, en la minas de varita, en la construcción del pantano de Sierra Boyera, etc. y ella como ama de casa.
En 1975 comenzaron a regentar el Bar Morales, hoy conocido como casa Josefa. Muy pronto se hizo famosa la increíble habilidad que tenía mi tía Josefa para la cocina tradicional, logrando que los clientes se sintieran como en el mejor de los restaurantes. Todo el mundo llenaba de halagos sus platos y sirva como indicativo de que su comida fascinaba, es que le pedían la receta o el secreto de su preparación, a lo cual, jamás se negaba.
El día 6 de septiembre de 1997, tristemente falleció mi tío Ángel a la edad de 56 años, hecho que produjo en ella un fuerte impacto y una huella imborrable, que le fue altamente difícil de afrontar y de superar.
Tras enviudar, sacó adelante el bar junto a sus hijos con el mismo trato afable que la definía: siempre tenía una palabra amable, una silla libre y un plato de comida para quien lo necesitara y el calor de quien entiende que cuidar también es una manera de querer. Mi tía tenía esa bondad que no se anuncia, pero se nota en cada gesto. Su fuerza era silenciosa y su entrega constante. Tenía el respeto de escuchar de verdad y la prudencia de aconsejar sin mandar. Tenía el don de quitarle importancia a lo que realmente la tenía, y así aliviaba a quien llegaba cargado. Se nos fue una mujer de alma generosa, de bondad infinita, ejemplo de humildad y entrega, que hizo del trabajo compartido y de la ternura con todos, su legado. Queda su recuerdo luminoso, como la luz del mediodía que entra por la puerta de su bar. Este recuerdo vivirá siempre en todos aquellos que tuvimos el gran privilegio de conocerla.

Eva Albarracín Mellado





























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