Cuentan que en las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer se llega a tocar el alma una vez muerto un ser querido.
En este capítulo once empecé, en el año 2022, a tocar el alma de mi madre todavía en vida, profundizando en aquellos momentos vividos desde el 17 de octubre de 2021. En ese preciso momento vi cómo mi vida cambiaría por y para mi madre, alejándome de los estudios, a pesar de aprobar en el mes de junio tres de cinco módulos del ciclo formativo superior de Transporte y Logística en mi primer año académico tras mi retorno desde el año 2007.
Bob Dylan, en una de sus emblemáticas canciones, “Blowin’ in the Wind”, cantaba al final del estribillo: “La respuesta está flotando en el viento”, mientras las balas emocionales me atravesaban hasta el centro de mi corazón.
Mi madre iría al Hospital Provincial Hospital Universitario Reina Sofía, a lo que comúnmente se le llama la “máquina de choques”, es decir, la litotricia para deshacer las piedras. Fueron unas seis veces sin éxito, porque la piedra seguía ahí.
En ese mismo verano le quitarían el catéter que tenía en la vagina en el Hospital de Pozoblanco. Ese mismo día operarían a mi padre de una hernia inguinal en el mismo hospital. Una vez quitado el catéter a mi madre, mi hermano Christian llevó a mi padre a operarse; yo fui más tarde con mi madre. Y una vez salidos de consulta, fuimos a ver a mi padre, que ya estaba en planta.
Los males no acabarían ahí. Fui aguantando los golpes como mejor pude y me sentía cada vez más fuerte mentalmente, dispuesto a soportar todo lo que viniese.
Del Hospital de Pozoblanco regresaríamos mi madre y yo a la casa familiar, donde antes de caer enferma mi madre habíamos estado casi nueve meses en casa de mi tía Rosario.
Pasaría el verano y la pesadilla no acabaría ahí. Un domingo 23 de octubre de 2022, mi tía Rosario volvió a nacer. Dos malhechores entraron en su tienda, con dos chicas también fuera. La golpearon e hicieron perrerías con ella, y ahí lo dejo. Todo lo demás ya lo saben el pueblo y quienes vivimos los meses posteriores junto a mi tía. El primero en verla en ese estado fui yo.
Quizás fue el destino que tenemos cada persona, pero mi tía Rosario no se merecía ese aciago episodio. La suerte es que yo no estaba en ese instante con ella, porque otro gallo hubiera cantado. Estaba todo bien estudiado, pero mi tía está hecha de otra pasta y salió adelante, porque lo que más ama es su tienda y se siente feliz en ella.
Dicho lo cual, al mes siguiente, el mismo día de mi cumpleaños, a mi madre le hicieron una biopsia en el útero, tras haberla derivado el urólogo del Hospital de Pozoblanco de carácter urgente, porque, según relataba, al orinar soltaba sangrecilla. Según veía el urólogo en las radiografías, algo no iba bien y, de forma premonitoria, intuía lo que le estaba pasando.
El 2 de noviembre fuimos al Hospital Comarcal de Peñarroya-Pueblonuevo a la consulta de ginecología y le realizaron una biopsia, tomando una muestra del tejido uterino. Y a la semana siguiente, el 7 de noviembre de 2022, precisamente el cumpleaños de mi hermano Christian, le diagnosticaron cáncer de útero en estadio 3, que iba avanzando de forma progresiva y requería intervención y tratamiento.
Mi madre se vino abajo y todos nos vinimos abajo, yo el primero. Siempre ha sido una mujer fuerte, luchadora y trabajadora, dedicada a sus hijos, su marido y su casa. Un cuerpo que poco a poco iba flaqueando con el paso de los años y las enfermedades.
Esas Navidades fueron distintas, muy distintas. Mi madre, en Nochevieja, se atrevió a bailar junto a mi tía, mi hermano Christian, mi cuñada Noelia y yo, haciendo incluso un trenecito. Momentos agridulces para una mente como la mía, que iba madurando y despidiéndose cada día, de forma valiente, de mi madre.
Porque para un enfermo mental como yo no es fácil estar en situaciones límite, donde tu mente se va quedando en soledad, donde los miedos te atrapan, pero aun así estás ahí, fuerte como un roble, aguantando las embestidas de la vida.
Acudí al llamamiento de mi madre y le juré que estaría con ella hasta el final, que no la dejaría sola y que le daría lo mejor de mí para hacerla feliz. En estos momentos, al escribir estas líneas, estoy llorando. Escribir me libera, me desahoga; es lo mejor que sé hacer.
En mayo de 2022 ayudé a mis compañeros de Faisem de Peñarroya-Pueblonuevo a realizar la Cruz de Mayo con tapones reciclados, y retomamos el taller de lectura en la Biblioteca Municipal. Solo participábamos usuarios del municipio, ya que el centro de Faisem aún no estaba concedido hasta 2023, pero eso quedará para el próximo capítulo.
Me quedo de este capítulo once con que, a pesar de los malos momentos, pude conocer a nuevos amigos, como los del centro de formación Calex, así como la amistad forjada con mi profesora Esther Hernández y con todos los compañeros que han pasado por allí.
Mi constancia y mi dedicación a superarme, evitando caer en el aislamiento, me hicieron seguir avanzando y ser yo mismo, con mis aciertos y mis errores.
La enfermedad mental debe ser un camino de progreso con el paso del tiempo, aprendiendo a sentir y entender cada etapa de la vida. Saber que, igual que nacemos, también morimos.
“Saber apreciar los placeres de la vida es un lujo que todos tenemos el privilegio de vivir. Por lo tanto, no la desaprovechemos”.
Saber estar en cada momento y valorar lo que tenemos es como contemplar la cara oculta de la luna.
En este universo, el auténtico protagonista es un enfermo mental como yo, cuya vida no se centra solo en la enfermedad, sino también en la divulgación y la expresión de emociones a través de la escritura.
Espero que este capítulo te sirva de ayuda si te encuentras o te has encontrado en situaciones parecidas. Este diario pretende contribuir a una sociedad más empática.
Porque, como digo siempre:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”
“Y yo, que anduve buscando respuestas, cuando las sabias palabras estaban en el viento”.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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