En este sexto capítulo el principal protagonista en el que se centrará será la depresión que tuve entre el 4 de septiembre de 2013 hasta abril de 2015. En esos casi año y medio pasé el calvario de atravesar y convivir con mi peor enemigo: la soledad entre cuatro paredes, sin ganas de nada, ni de salir ni de vivir; un auténtico calvario en el que incluso me llegué a plantear mi propia existencia.
En medio de la nada, y con el ánimo alicaído y con el esfuerzo mínimo de hacer las cosas, me diagnosticaron entre medias un hipotiroidismo, en el cual tengo una pastillita de por vida y analíticas semestrales para ver cómo va esa grandura emocional, foco de muchas enfermedades, pero al que asumí esa nueva enfermedad con entereza. Fruto de un desánimo y un cansancio derivó en dicha enfermedad.
Pero la peor enfermedad es la cabeza: si no funciona tal sitio del cuerpo humano, lo demás no funciona. Y si a eso se le une la palabra depresión, desencadena en una enfermedad mental silenciosa que te va matando por dentro y se va desquebrajando lo de fuera.
La ayuda de mi familia fue fundamental para la depresión. Tuve momentos de auténtica autodestrucción, una vida que iba a la deriva, una lucha permanente por sobrevivir. Esa lucha diaria donde, si no le pones pasión y amor a las cosas que haces a diario y le pones ese puntito de interés, no conlleva a construir ese monstruo maligno que es la depresión.
Me fui consumiendo día tras día; mi delgadez era permanente, al estilo cantante Leiva, una delgadez extrema llevada por una vida llena de ansiedad, estrés y nervios profundos; lo dicho, una vida llevada a la desesperación y que iba a pique.
Las noches que dormí con mi madre en aquel año y medio eran infinitas: conversaciones de ánimos y cariño que solo una madre puede dar a un hijo débil y con mucho miedo. Mi padre se convirtió también en mi mejor amigo. Quizás no debí de echarles en cara en su día a mis padres, en lo cual me arrepentí en su día y les pedí perdón, y ellos me devolvieron el doble de cariño y de afecto a un hijo que estaba atravesando un mal momento.
Días negros, en los que solo a la fiesta acudían mis peores enemigos: mis dudas por vivir y mi miedo por el futuro. Los profesionales se convirtieron en ese enlace que me proporcionaba cordura a mis locuras para batallar y ponerle fin a mi depresión.
Empecé con el tratamiento de antipsicóticos a través de un inyectable mensual que, a la postre, se convertiría en trimestral, atajando por fin todos mis males y desvelando todos los secretos que guardaba en el baúl.
La melancolía era mi mejor compañera para seguir persistiendo por un presente que poco a poco se iría aclarando. Lo peor estaba por venir, porque vinieron días duros. Dejé nuevamente de estudiar, ya que estaba cursando bachillerato en el IES Alto Guadiato con veintisiete años, pero lo tuve que dejar en el primer trimestre por la depresión. Luego empezaría un curso en Córdoba, al que me acompañaban todos los jueves mis padres en mi coche. Siempre noté en todo momento su apoyo y esfuerzo a que yo me siguiera formando, cosa que hago a día de hoy. En memoria de mi madre tengo que seguir haciendo y finalizando todas aquellas cosas que empecé con ella.
Pájaros habitaban en mi cabeza, en lo alto de una colina donde se atan en corto a las personas depresivas, pidiendo un nuevo amanecer. Un buen día mi cabeza hizo “clic” y cambié mi forma de pensar, de actuar y de decidir.
A mediados de abril de 2015 empecé a salir de casa, a relacionarme con las personas de mi pueblo y a sentir de nuevo aquellas cosas que sentía antes, cuando estaba exento de esta esquizofrenia paranoide que tan amigablemente se había instalado para siempre en mi mente.
Mis días se convirtieron en mis días de suerte. Jamás pensé que una enfermedad mental me haría ver las cosas de aquella manera tan sencillas y tan humanas como los dieciséis pasos que van a la gloria.
A paso glorioso, por días estupendos y agradables, me sentía fortalecido por las ganas de seguir creyendo en mí, en ayudar a los demás y empezar a escribir para mí nuevos artículos, a los que casi a diario escribía.
Fijándome y sintiendo que la vida son dos días, me fui integrando en la sociedad. Sociedad que me tendió otra vez la mano para no soltármela nunca más. La fragata mental navegaba en unas aguas tranquilas, donde el maremoto ya había pasado y el huracán había arrasado con todo menos con mis ganas de seguir luchando.
Este capítulo, aunque suene a título literario hitleriano, lo he titulado: “Mi lucha”. Mi lucha ha sido continua: mi lucha por ser feliz, mis ganas por poner mis ganas al servicio de los demás, a perder el miedo y la vergüenza y a ser en todo momento: yo mismo.
Cuando se habla de depresión se habla de aislamiento emocional y afectivo, pero yo sentía el calor de los míos, de mi familia y mis amigos, y al que llegué a tiempo a su rescate. En cuanto a las dudas de mi existencia, fue algo puntual, pero en todo momento no fueron dudas suicidas, sino el por qué yo había nacido solo para sufrir. Pero con el paso del tiempo me di cuenta de que a la vida también se viene a disfrutar, como relataré en el siguiente capítulo, como también se viene a descubrir el amor: ese amor de estabilidad, de estar bien, de superarse todos los días.
Valorar lo que uno tiene a su alrededor fue una de esas premisas que me grabé a fuego en mi cabeza, a tener empatía y solidarizarme con la ciudadanía, porque me costaba tanto respirar con la depresión que ya fue cobarde por mi parte decir que me quería marchar, todavía con miles de cosas por hacer y de tratar de forma elegante a la vida.
Las balas fueron en otra dirección y empecé a mostrar mi mejor versión, en querer salir del agujero donde estaba metido y en considerarme algo importante para mí y los demás. Empezaría a sembrar el futuro y, a base de mucho trabajo y dedicación mental para no caer en el caos y en el ostracismo, hallé ese espacio de luz y de seguridad donde los regué con todo mi amor por aquellas cosas que eran aquellos rayos de ilusiones para formar aquel universo de sueños que estaría por venir.
Sin lugar a dudas, en el año y medio que tuve la depresión aprendí a ser mejor persona, a valorar todas aquellas cosas pequeñas que nos hacen ser felices y a cuidar y mimar aquellas relaciones sanas, tanto familiares como de amistad, porque soy adicto al amor fraternal, tanto del personal como del colectivo.
Y dando por seguro que intento ser todos los días de mi vida lo más feliz posible, es un tanto porque sé de dónde vengo y no quiero atravesar por aquel desierto donde comprobé mi peor yo.
Este nuevo capítulo seis me ha servido como desahogo y de terapia, y comprobar que en el pasado pasé por un trance donde, estando en mi peor versión, saqué lectura positiva, hice borrón y cuenta nueva y empecé a seguir el camino de las personas valientes que aceptan quiénes son y luchan a pesar de tener una enfermedad mental grave, pero que, no obstante, no les impide —ni me impide por la parte que me toca— llevar una vida plena y feliz.
En el próximo capítulo os contaré cómo de nuevo empecé a construir una nueva persona, en la cual poco a poco se iría instalando la estabilidad y las ganas de seguir viviendo.
Aludiendo a la frase final retórica de todas las semanas:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”
SERGIO DELGADO CINTAS





























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