Este séptimo capítulo es de lo más optimista por la parte que me toca. Después de superar la depresión que sufrí durante año y medio, a mediados del mes de abril de 2015 empecé de nuevo, como se suele decir, a andar de nuevo.
Poco a poco fui integrándome nuevamente en la sociedad, visitando a viejos amigos y socializando en un mundo antes hermético donde vivía preso de una depresión que, junto a mi enfermedad mental, me había alejado de ella.
Una sociedad que me recibió con los brazos abiertos y un pueblo dispuesto a ayudarme a ser feliz. Porque cuando hablo de mi pueblo se me eriza la piel. Es tal mi amor por Peñarroya-Pueblonuevo y su gente que no terminaría nunca de agradecer todo lo que han hecho por mi bienestar y mi estabilidad emocional.
Cuando decidí volver a mi pueblo fue para no volver a irme nunca más. Me siento tan feliz aquí y es tan grande mi compromiso social y cultural con él, que no se me pasa por la cabeza abandonarlo de nuevo.
Un viaje por sus rincones y lugares al que mi lealtad es para siempre, mirando al presente sin pedirle nada a cambio y dedicando mis acciones a la felicidad de mis vecinos y vecinas, así como a aquellas entidades y asociaciones de las que hablaré en otros capítulos, tanto públicas como privadas, con las que colaboro desinteresadamente.
He cometido muchos errores en mi vida y, desde que miro al presente y me agarro a la fe de que el que está arriba me ayuda, puedo soportar los días no tan buenos que tengo. Pero son tantos los días buenos que tengo, que no pienso en lo que me pueda pasar de malo a corto, medio o largo plazo.
El sentirme perdonado por aquellas personas a las que hice daño en el pasado me hace sentir más orgulloso del inmenso trabajo mental que hay detrás de mi día a día. Vivo en libertad y procuro hacer siempre todo lo bueno que se me pasa por la cabeza, sobreviviendo a mis miedos y al destino.
Por eso vivo el presente, el aquí y el ahora. Me siento comprometido en ayudar a las personas y, desde mediados de abril de 2015, no hago otra cosa que hacer pública mi enfermedad mental para poder ayudar a otras personas que viven esclavas y presas de su mente.
Una enfermedad, la mental, que también me ha aportado muchas cosas halagüeñas. He soportado tanto la carga de culpabilidad de tener siempre presente que soy un enfermo mental, que no me da vergüenza decir que lo soy, y a mucha honra, con mi conciencia tranquila de que no le he hecho ni le hago daño a nadie.
El año 2015 fue el arranque al presente para poner la primera piedra al futuro, que después de casi once años me ha dado la razón: llevo todo este tiempo en el lugar que me corresponde, el de hacer las cosas bien, escuchando a los especialistas y llevando una vida completa y sin revisos de gravedad.
En ese año, en 2015, empecé a trabajar haciendo sustituciones durante cuatro años en el Punto Limpio como operario en verano, gracias a la ayuda de mi amigo Carlos Gómez Caballero. Poco a poco, y gracias a la ayuda de mis amigos, empecé a conocer gente nueva y a mantener también las amistades de siempre.
Para mí no es un inconveniente entablar una conversación con una persona desconocida, sea hombre o mujer. Soy una persona sociable y con muchos temas de conversación con las personas que me conocen o que quizás vaya a conocer.
Soy un hombre con muchas inquietudes y me gusta saber de todo, porque de todos aprendo. No hay ningún día en el que no aprenda algo nuevo. Además, intento sacar una lectura positiva de mis errores, aunque también me equivoco, porque yo no soy perfecto.
Me enfado y me mosqueo como una persona normal. Lloro y río como todos y todas. Pero una cosa es segura: cuando lloro, lo hago en la intimidad, y procuro llorar poco. Cuando lloro es porque siento que no puedo hacer más por ayudar a alguien. Es tal la impotencia que siento cuando alguien lo pasa mal que, si pudiera revertir muchas situaciones difíciles de ciertas personas, daría lo que fuera para que sucediera.
No tengo tiempo para lastimarme. Y aquellos años, después de pasar por la depresión y antes de la pandemia —que dará lugar al octavo capítulo—, fueron años muy buenos: años de reconciliación con aquellas personas que dejé abandonadas; años para ser yo mismo y vivir sin complejos; pero, sobre todo, años para aprender a valorar lo que tengo a mi alrededor, a sentirme orgulloso de mí y de tener una enfermedad mental que no me impide ser feliz.
Soy un privilegiado y un afortunado. Tengo una familia estupenda que me quiere y me adora; tengo unos fieles amigos y amigas que me quieren tal y como soy; y tengo un pueblo que jamás me dejará solo. Y estoy seguro de que yo no le defraudaré: siempre estaré dispuesto a ayudarlo y a no dejarlo nunca morir.
Tras reconocer y aceptar todo lo relacionado con mi enfermedad mental me sentí liberado y mi vida fue a mejor. Nadie mejor que yo sabe de dónde vengo y adónde quiero ir.
Hace casi once años emprendí mi mejor camino hacia mi interior. Me sentía en deuda con aquellas personas que antes, por mi egoísmo, no podía escuchar ni atender. Tenía cierta soberbia y un narcisismo que me hacían pensar solo en mí, sin ver los problemas importantes que tenía delante de mis narices.
Aunque tú no lo sepas, desde hace casi once años pienso en los demás y en su felicidad. Porque su felicidad es también la mía. Antes no me daba cuenta. Perdí mucho tiempo pensando solo en mí, con las manos llenas de opulencia y egolatría. Desde el año 2015 las llené de empatía y solidaridad.
Retomé de nuevo la escritura y empecé a escribir artículos de cosecha propia. Algunos de esos artículos los he publicado en este medio y otros saldrán próximamente.
Todos y todas me han ayudado: psiquiatras, enfermeras, médicos, auxiliares administrativos y también los vecinos y vecinas. Esto es una cadena en la que todos nos ayudamos y contribuimos en círculo a una sociedad mejor y a una normalización de la salud mental que no entiende de razas ni de ideologías.
Cada uno de nosotros debe aportar su granito de arena para encender esa chispa de la felicidad, nuestro principal motor para sobrevivir a una enfermedad mental.
Desde hace casi once años no he ocultado mi esquizofrenia paranoide. Para mí es una enfermedad que me enseñó el verdadero camino hacia la felicidad. Una felicidad que siempre he querido compartir con todas aquellas personas que me han hecho sentir una persona feliz y con una vida plena.
Antes mi vida era una auténtica travesía por el desierto, pero encontré en la sociedad y en mi pueblo, Peñarroya-Pueblonuevo, ese oasis donde calmarme, relajarme y beber de todas aquellas cosas buenas que me aportan cada día las personas con las que me relaciono.
Poniéndole el lazo a este séptimo capítulo, quería que no fuera un simple capítulo sobre mi recuperación, sino un capítulo donde me reencontré con todas aquellas cosas que tenía apartadas y abandonadas. Donde poco a poco fui rehabilitando mi mente y dándole esa medicina que nunca falla: el amor por hacer el bien y hacer las cosas bien sin mirar a quién.
Desde mediados de abril de 2015 todo lo tengo controlado y no pienso que algún día el maremoto de mi mente vuelva a naufragar en un delicado estado de salud mental grave.
No pienso en recaídas.
Pienso en felicidad.
Cuando hablo de presente hablo de felicidad.
Y como broche final, la coletilla de siempre semanal:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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