Este capítulo tiene su trama el 14 de marzo del 2020, cuando saldría el actual presidente del gobierno, Pedro Sánchez, a decretar el encierro en nuestros domicilios por la pandemia del covid-19.
Me resulta familiar el encierro que tuvimos hace más de seis años, con las dos depresiones que sufrí en mi vida y que he narrado en capítulos anteriores. Siento cierta similitud en contar este encierro obligatorio como una especie de condena para mi mente.
La pandemia del covid-19 no sólo sesgó cientos de millares de vidas, sobre todo de gente mayores en las residencias. Este virus también acaparó un nuevo foco en la sociedad llamada: salud mental.
En España no se trató en la pandemia a la salud mental como una enfermedad de atención primaria, y las consecuencias las vemos hoy en día en una sociedad, y en especial focalización en los jóvenes, cada vez más depresivos y más medicalizados.
Siento impotencia en pensar que en la pandemia no hubiese leyes para las personas con enfermedad mental, que pudiesen estar en contacto con la naturaleza o simplemente dar un paseo para paliar su ansiedad y evitar un estrés postraumático que en muchos casos desentonaría en suicidios.
El encierro duraría tres meses hasta darnos la desescalada progresiva de vuelta a la normalidad, y tomamos las mascarillas como compañero de un virus del que jamás olvidaremos.
Entre trifulcas de los políticos, si era legal o ilegal el encierro, tuve tres meses enriquecedores, donde tuve tiempo para especializarme en la cocina, a escribir innumerables artículos, a leer libros y la prensa, y a escuchar asiduamente la radio, el minuto a minuto en Radio Peñarroya, con las ocho de la tarde, con los aplausos a los sanitarios en los balcones y puertas de los vecinos y como himno el “Resistiré” del Dúo Dinámico.
Los desayunos los bauticé “Café con Neurosis”, como el enunciado de cada artículo que escribía Luis del Val en el “ABC”. Ese café con cierta ansiedad, y que de modo depresivo me recorría por todo mi cuerpo, y con las endorfinas apagadas que solo se encendían cuando daba vueltas y vueltas por el patio de mi casa durante varias horas.
También me hice reconciliarme y afianzar más mi relación con mis padres y mi hermano Christian, que me acompañaría en el encierro, con aquellos almuerzos y cenas tan bien preparadas para compartir y vivir momentos únicos e inolvidables.
Las visitas por las tardes a mi tía Rosario, para que no se sintiera sola junto a mi madre, daban una premonición de protección entre hermana mayor (mi tía Rosario) a hermana pequeña (que era mi madre), que se consolidaría en los años posteriores hasta el fallecimiento de mi madre, que dará para los últimos capítulos de este diario semanal de un enfermo mental, que está ya en el tramo final de esta series de capítulos donde expongo y hago público de los más importante que me ha pasado como enfermo mental, porque desde los doce años sé lo qué es ser un enfermo mental.
Pero centrándome en la pandemia y en el encierro, tuve tiempo para reflexionar y cuestionar que la vida es un regalo, que la pandemia sirvió para unirnos más; es decir, me unió más a mi familia y a mis amigos, y me acercó más a unos compañeros que por primera vez conocí en el verano del 2019: a mis compañeros de Faisem de Peñarroya Pueblonuevo.
Esa primera toma de contacto con ellos y ellas lo tuve gracias a la psiquiatra que tuve por aquellos entonces, Virginia, que me ofreció a que fuera a un taller de lectura que se estaba realizando en el centro de salud, en el sótano donde se reúnen los sanitarios.
Fue un verano donde poco a poco fui entendiendo mi cometido en nuestra sociedad, en mi pueblo, pero sobre todo con los enfermos mentales. Me vi envuelto en sus casos personales de cada uno de ellos y ellas, en el cuál me hizo extrapolarlo a mi situación en la pandemia, y surgieron varios artículos dedicados a ellos, y que pronto haré público.
Mis compañeros de Faisem de Peñarroya Pueblonuevo me hizo sentir único y empatizar con ellos y ellas. A cultivar la cura del habla, como bien patentó Sigmund Freud. A sentirme acompañado y a llevar mi soledad amorosa, que no personal, de la mejor manera posible.
Porque la felicidad es como montar en bicicleta: una vez que consigues mantener el equilibrio del pedaleo, empiezas a concebir lo bello que es pasear tu felicidad solo o acompañado.
Mientras la gente perdía el norte en los supermercados en la pandemia, yo concebía aquellos meses de encierro como un entrenamiento mental personal. Quizás nunca sepamos la verdad del covid-19, pero lo que estoy seguro es que la pandemia del covid-19 me hizo mejor persona.
Como “El lazarillo de Tormes”, fui dando palos de ciego hasta llegar al punto óptimo de mi vida y a seguir soñando a que se puede vivir con una enfermedad mental sin estar atado a una vida del miedo a qué dirán y a cómo serás aceptado.
Simplemente, la pandemia me sirvió para dar un paso mayor a mi estabilidad mental y emocional. Y en ese baremo confluyen muchas causas: el esfuerzo, la voluntad, el empeño, la dedicación y el sacrificio por darle a mi mente todas aquellas cosas buenas que al contrario del encierro no me daba.
Pero mi poder mental supo superarse y encauzar muchas metas futuras que os narraré en el próximo capítulo. Este capítulo de hoy habla de un encierro donde vi claro que mi vida estaría en ser feliz siendo yo mismo y eso trasmitírselo a los demás.
Conocer a mis compañeros y compañeras de Faisem fue todo un reto para mí. En darme a conocer y a sentirme muy orgulloso de todos ellos y ellas. Si no hubiese conocido a mis compañeros y compañeras, mi vida quizás no tendría ese sentido que sólo ellos y ellas me han dado.
Un sentido a sentirme querido tal y como soy, a que no me dé vergüenza de mí mismo, y a ser un hombre responsable de todos mis actos.
En el pasado me sentí preso de no ser yo mismo, y la pandemia me hizo ver que mi sitio estaba aquí: en Peñarroya Pueblonuevo. Mi vida tomaría el sentido correcto cuando me di cuenta durante el encierro de que no estoy solo; me siento acompañado y muy bien acompañado por mi familia, mis amigos y amigas, mi pueblo y mis compañeros y compañeras de Faisem.
El no tener límites, tanto de aprendizaje cognitivo como personales o emocionales, me hace valedor de que mi vida tomó el verdadero sentido cuando aprendí a amar a los demás, por encima de razas, sexo e ideologías.
Y para todo eso tuve que aprender a amarme primero a mí mismo.
Lo tuve tan cerca en la pandemia de volver a caer en una tercera depresión, que mi mente se apoderó de ese mal endémico mental, que supo sobreponerse ante ese demonio que merodeaba las puertas de mi cárcel mental.
Pero acabé resistiendo ante tales suculentas ofertas, que en el infierno mental se estaba más calentito, pero a cambio me dieron dos alas para volar por el paraíso de la vida.
Y te lo cuento en este capítulo octavo: que no hay mayor poder que la mente. Y eso es universal para seguir viviendo y volando por los lugares que a día de hoy frecuento a diario, de la mano de Dios y de mis compañeros y compañeras de Faisem.
Como colofón final de este nuevo capítulo, dejar impronta la coletilla que da por concluida este octavo episodio:
“La salud mental es cosa de todos”.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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