Llegados a este noveno capítulo y rozando ya los últimos capítulos de este serial novelado sobre mi vida como enfermo mental, empezando por el principio pero encauzándolo con los últimos años de mi vida, tengo que escribir que, a partir de la pandemia del covid-19 y del año 2020, empecé ya a tomar serias decisiones de lo que quería ser yo en la vida.
El año 2020 fue un año atípico, pero fructífero, en el cual aprendí a soñar en objetivos alcanzables, a sentirme vivo y despierto, así como a escribir historias de mi vida de cómo convivir con una enfermedad mental.
A través de artículos le iba dando forma a mi desahogo, en dar mis aportaciones en mis escritos en secreto para luego hacerlos públicos, esa mayoría de artículos que dará para los últimos capítulos, como fue mi entrada en los medios de comunicación locales.
Centrándonos en el año 2020, di mi mejor versión, me sentí liberado y acaudalado de ciertas emociones encontradas, tanto en el amor por hacer bien las cosas como en recuperarme. No había tiempo para lamentaciones y demás situaciones lastimosas, sino el de encajar todas mis taras mentales en esa máquina procesadora en el bien que le podía dar a la vida, tanto personal como profesional.
Aquel verano del año 2020 entré quince días a arreglar la calle Triunfo por mediación del PFEA, a través del Ayuntamiento. Aprendí cosas nuevas, como hacer mezcla, poner baldosas y demás cosas que atañen a la albañilería, así como también fomentar el compañerismo.
También hubo tiempo para la lectura, el senderismo y ayudar en casa y en la tienda de mi tía Rosario. Fue un año donde sería la primera puesta en escena de lo mejor que pasaría en los posteriores años, como mi entrada de lleno en Faisem y en construir mi propia identidad, que antes estaba perdida por la soledad en la que mi mente estaba encasillada.
Para mí fue volver a sentir lo que de niño sentía, a tocar la felicidad con los dedos de anfibio imberbe, en demostrarme a mí mismo que sí se podía ser feliz y aceptarse tal y como uno era.
Volví de nuevo a nacer. Fue un año de aprendizaje continuo y un camino que recorrí junto a mi familia, amigos y mi pueblo. El contacto diario, la conversación perfecta para no caer en el olvido, y siempre esperando a que algo nuevo me sorprendiera.
Un año 2020 donde empezaba a soñar con ganar futuras batallas mentales que se presentarían por el camino, como las visitas cada tres meses a enfermería a ponerme la inyección de mi tratamiento y las citas con la psiquiatra Virginia, gran culpable de mi bienestar y de que conociese a mis amigos y amigas de Faisem, aunque en ese año 2020, por la pandemia del Covid-19, el taller estaría cerrado. Así estuvo tres años, porque por aquellos entonces estaban buscando un nuevo centro, pero ese tema dará también para siguientes capítulos.
La familia se convirtió en mi mejor pilar: desayunos con mi madre escuchando canciones en la Alexa de Paco Candela y El Mani; horas interesantes de conversaciones cómplices a la hora del almuerzo; meriendas de sonrisas renovadas cada día, y cenas donde abrazar juntos la noche, siempre con mi madre y mi padre, llenando la casa de luz y de color.
Fue el último año antes de caer mi madre enferma, y así con el desenlace de su triste final. Pero el año 2020 fue un año que tampoco olvidaré porque fue el año en el que comprendí que a esto se viene a vivir.
Se viene a esta vida a vivir de emoción, a desarrollarse en esta vida como seres humanos serviciales y, sobre todo, a comprender que a esta vida se viene a dejar huellas bonitas.
En la sonrisa penetrable que me regalaba todos los días mi madre, me daba ese chute de endorfinas para encarar el día, y me iba a la cama con su beso de despedida para finalizar el día de la mejor forma posible.
Siendo optimista, mi enfermedad mental no ha supuesto ningún impedimento para hacer aquellas cosas que cualquier persona puede hacer. Jamás me he sentido inútil. Siempre he querido aportar, de cualquier manera, todo lo bueno que llevo dentro.
A la llamada de los débiles acudía en esos artículos que escribía para mis adentros. Sabía que cualquier día saldrían a la luz y, como no, todo fluía cada vez que me sentaba con mi portátil a escribir historias o cosas que me surgían por mi cerebro.
En los tiempos en los que estuve encerrado presentía que algún día mi cerebro haría “clic”, cambiaría toda mi personalidad y la manera de ver la vida.
Amo a la vida como amo a las cosas o a las personas a las que les puedo aportar algo positivo. No rendirme nunca y ser mi mejor yo son los lemas que tengo para salir adelante de mis problemas, porque mis problemas mentales tienen solución, poniéndole sobre todo pasión y dedicación productivas para salir de ellos.
Las herramientas como pautas perfectas para convivir con una enfermedad mental son seguir luchando y batallando, pase lo que nos pase, y abrazar el destino y el futuro, así como aceptar todo lo que nos suceda.
Escribiría una persona anónima lo siguiente:
“Los recuerdos son el legado más hermoso que nos deja quien amamos”.
Y para mí es un orgullo recordar todos aquellos momentos vividos durante la enfermedad mental con personas que ya no están en mi vida, como mi querida madre.
Pero el final no se escribe con nuestra muerte, sino con nuestra memoria.
Y con el papel y tinta con los que escribiré toda mi vida como enfermo mental, podré dejar mi legado, que no ese vacío que quizás, si yo no existiera, se pudiese producir.
En este camino intencionado a mejorar mi vida lo aprendí en ese año 2020, donde al año siguiente volvería a coger el hábito de estudio. Pero el año 2021 dará para el próximo capítulo, que será ya, quién lo diría, el décimo.
Dicho sea de paso, el año 2021 fue el año también, como he escrito al principio de este capítulo, en el que mi madre empezaría a encontrarse mal de salud.
Pero bueno, de esto se trata la vida: de abrazar todo lo que te suceda y de llevar de la mejor forma la vida, una vida que siempre me ha tratado bien y en la que todo el poder ha estado siempre en mi mente.
Una mente con la que juego todos los días para que siga siendo fuerte ante tales sucesos que me puedan suceder a diario.
Una mente libre y sanadora, que siempre sueña con un futuro mejor para todos y todas.
No siempre salen las cosas como uno quiere, pero siempre acaban sucediéndome cosas buenas que ni yo imaginaba.
Por suerte, son siempre las cosas buenas las que acaban venciendo a mis cosas malas de mi vida.
Por eso siempre doy la mejor versión de mí, encontrando huecos para rellenar mi alma. Un alma blanca y pura que vuela a razón de ser ella misma.
Un vuelo que aprendí a mejorar en el año 2020 y que en este noveno capítulo semanal he querido plasmar de una manera que sirva de ayuda a las personas que se sientan afines a mi dolencia mental.
Porque, como reza mi coletilla final para despedir este nuevo capítulo:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”
SERGIO DELGADO CINTAS





























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