El K-pop lleva años conquistando el mundo sin pedir permiso. Lo último: la transmisión global de un concierto de Stray Kids que, un sábado cualquiera, llenó cines de medio planeta. En uno de ellos, el centro comercial donde se proyectaba se sentía como un estadio: chicas con sudaderas del grupo, photocards colgando del cuello y una energía eléctrica en el aire. Se reconocían con miradas cómplices, sabiéndose parte de un mismo sentimiento. Aquel lugar anodino se había transformado en la antesala de algo importante.
Para quien no los tenga en el radar, Stray Kids es un grupo de ocho jóvenes que componen sus propias canciones, una mezcla de pop, rap y electrónica con coreografías milimétricas. Nacidos en 2018 bajo el sello JYP Entertainment, forman parte de ese engranaje global del K-pop que combina música, estética e industria en un producto exportable. Llevan meses imparables, aprovechando el parón de BTS —el otro gran grupo insignia del K-pop— por el servicio militar en Corea. Su fandom, llamado “STAY”, crece con una organización envidiable: redes, eventos, campañas solidarias y una red de apoyo global.
Entre las asistentes, las STAY intercambiaban sus freebies: pulseras de cuentas, pegatinas, tarjetas con los rostros de los ocho miembros. Son pequeños regalos que las fans preparan durante semanas y regalan por el puro placer de compartir. A mi lado, mi hija pequeña repartía los suyos con timidez y recibía a cambio llaveros, chapas o más pegatinas; no se conocían, pero actuaban como viejas amigas. Para muchas de ellas, este evento en pantalla es lo más cerca que estarán de sus ídolos. Viajar a Seúl no suele ser una opción, y los conciertos requieren una membresía en algunos casos, además de ser costosos. Ahora bien, doce euros en el cine, y la certeza de estar viviendo lo mismo que otras fans en Japón o Brasil, parece un trato justo.
Cuando se apagaron las luces para dar inicio al espectáculo, el grito fue unánime. Para un observador a contracorriente generacional, aquello debía parecerse a lo que sintieron las fans de los Beatles cuando los vieron en el Ed Sullivan Show en 1964: ese estallido colectivo de emoción y la certeza de estar presenciando algo nuevo y propio. Igual de intenso, aunque en distinta pantalla.
A estas bandas de K-pop no hay que subestimarlas. Cuando en México se dispararon los precios de las entradas de BTS en reventa, las fans organizaron una campaña masiva contra los especuladores: colapsaron líneas telefónicas, llenaron redes de denuncias y lograron un pronunciamiento oficial del gobierno. Una fuerza colectiva que mezcla amor por la música y conciencia de consumo, algo que pocas veces se asocia al público adolescente o joven.
Pronto España vivirá su propia experiencia. BTS actuará en el Riyadh Air Metropolitano de Madrid el 26 y 27 de junio, y las entradas —de 79 a 549 euros— se agotaron a los minutos de salir a la venta. La capital se llenará de cientos de jóvenes con pulseras trenzadas y carteles luminosos. Durante dos días, Madrid será suya. Aquella tarde de cine habrá sido solo el ensayo general de un movimiento que no entiende de fronteras. España ya forma parte de este mapa y, lo que antes era una excepción, hoy es simplemente nuestra nueva cultura popular.
Flor Franco





























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