Jerónimo López Mohedano, C.O.
«Yo me hice delineante en la Sociedad de Peñarroya. Soy de la quinta del 23 y durante tres años, cuando hice la mili, estuve como delineante en la Aviación Militar, en Melilla, en el aeródromo de Nador, en la sección de Cartografía y Fotografía. y me pilló justamente cuando lo del desembarco de Alhucemas y la terminación de la guerra. Precisamente tengo unos álbumes de toda la aviación pues uno de mis amigos, que era el fotógrafo del servicio, como sabía que me gustaban, me las iba proporcionando. Cuando el vuelo del Plus Ultra me encargó hacer una orla y las banderas argentina y española enlazadas para el montaje fotográfico con los tres aviadores, el mecánico y el avión que mi amigo hizo y que salió en el ABC. Pude subir al Plus Ultra, cuando estaba en la base de Mar Chica, donde estaba El Atalayón, a unos 3 o 4 km. pues este amigo también amigo del mecánico Rada y fuimos un día en que estaba Rada, tomamos unas cervezas me lo presentó y después fuimos a ver el aparato, que era entero de metal, de lo más moderno que había entonces».
Era este el testimonio recogido a un lúcido Abelardo Sánchez-Grande en 1988, cuando tenía 86 años, una persona generosa que no dudó en atenderme y facilitarme, para que reprodujera, algunas de las muy interesantes fotos que había acumulado durante su vida y que, para alguien como yo, que pretendía contar la historia del pueblo utilizando la memoria oral en tanto buscaba la siempre considerada como más prestigiosa y académica información escrita, tenían un gran valor.
Hace cien años, en febrero de 1926, en medio del entusiasmo delirante de los bonaerenses, amerizó en Buenos Aires, el hidroavión Plus Ultra conducido por una tripulación que no había cumplido los 30 años: el comandante-piloto Ramón Franco, el capitán, navegante y piloto, Julio Ruíz de Alda y el mecánico Pablo Rada, a la que se agregó Durán, teniente piloto de la Aviación Naval -que fue el único que no estuvo en la más larga de las etapas del raid en el que se batieron varios récords- después de cubrir una distancia de 10270 km en 7 etapas, a una velocidad media de 172 km/h, y, aunque las horas reales del vuelo fueron 59 horas y 39 minutos, el tiempo empleado en esta aventura discurrió entre el despegue en Palos de la Frontera el viernes 22 de enero -para homenajear la salida de Cristóbal Colón de 1492- y el amerizaje en el bonaerense puerto de La Plata el a mediodía del miércoles 10 de febrero. Franco escribió que antes sobrevoló unos minutos la ciudad y «comprendiendo la intensa emoción de quienes los contemplaban, redujo un poco los motores y «oímos la inmensa algarabía, y el intenso clamoreo que escapa de pechos y bocinas, atronando el espacio».

Este vuelo, un hito histórico de la aeronáutica que tuvo una notable repercusión mundial despertando admiración y elogios en otros países, hizo que sus protagonistas fueran recibidos como héroes por varios cientos de miles de personas que enronquecían dando vivas a España y al comandante Franco y fueran agasajados durante varios días aunque por motivos políticos -ni al rey Alfonso XIII ni al dictador Miguel Primo de Rivera les estaba gustando el prestigio que estaba alcanzando entre los españoles el comandante Franco, que además proyectó inmediatamente hacer el vuelo de regreso atravesando los Andes, costeando el Pacífico y llegando a Cuba y a los EEUU desde, por el Atlántico Norte seguiría la ruta de las Azores para finalizar el vuelo en el punto de partida con el mismo aparato poniendo, caso de fracaso, en peligro el éxito alcanzado, pero el 19 el Gobierno daba por terminado el raid y regalaba el Plus Ultra al Gobierno argentino a pesar de la gran decepción de un Franco, tan rebelde como vanidoso.
Para las clases populares españolas galvanizadas por este gran éxito que revitalizaba la confianza en el genio español y evidenciaba la capacidad para competir en cualquier empresa por difícil o arriesgada que se presentase, en igualdad con cualquier otro país, fue todo un revulsivo espiritual para ayudar a borrar el estado de frustración generado en 1898 cuando finalizó el sueño del imperio español, tras la “guerrita” (tan necesaria -según el Almirante Dewey -para el despegue de su país) contra Estados Unidos que finalizó con la anexión de Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Anexiones que, en estos tiempos tan convulsos, se han vuelto a poner de la más plena actualidad: no hay más que ver sus pretensiones de soberanía sobre Groenlandia o Canadá -ignorando el que se trate de aliados por su pertenencia a la OTAN- aunque ahora sin máscara ni anestesia, por las buenas o por las malas, por el “ávida dólar” que es el psicópata, funesto e innombrable presidente T.2 que desgobierna el país y el mundo.
El mismo día de la llegada a Buenos Aires, Alfonso XIII, en la conversación telegráfica que sostuvo con Franco, le comunicó la concesión de la llave de gentilhombre a él mismo, a Ruíz de Alda y a Rada, al que, además, se reservaba demostrarle su gratitud. Y este hombre de origen humilde es quien nos interesa, pues en las noticias periodísticas de las primeras jornadas su nombre solía omitirse al citar a la tripulación y desde la prensa obrera se empezó a protestar por las omisiones que se estimaban clasistas y así principiaron a aparecer notas sobre la pericia con la que realizaba su labor como una garantía para el éxito del vuelo elogiando la vigilancia constante de los niveles y el control de la regularidad de la marcha de los motores hasta la reparación de cualquier avería ofreciendo al piloto la información precisa. Franco lo elogió considerando que Rada tenía todas las aptitudes necesarias para esta aventura: «confianza ciega en mí, salud, fuerza, peso reducido, desinterés, pocas palabras, capacidad de sacrificio y de trabajo, y un arrojo hasta la temeridad».
Pues bien, cuando el dos de febrero el diario madrileño “La Nación” propuso crear una comisión encargada de recoger los fondos para una suscripción nacional en favor de Pablo Rada, los primeros en responder fueron cuatro entusiastas mecánicos de Pueblonuevo del Terrible que el cinco, encabezados por Luís Hernández García, enviaron una carta con cuatro pesetas en sellos de correos -en este año el salario medio de un obrero a efectos de quintas era de 5,25 pesetas/día- para que «este homenaje se refleje en futuro bienestar del que es un héroe callado en la epopeya que hoy atrae la atención del mundo entero (…) que bien merece que la gloria le conceda algo más de lo que en ella buscan los poetas y los héroes». Como una suerte de justicia poética, los sucesivos homenajes convirtieron en millonario a Pablo Rada antes de finalizar 1926.
Días después, conocido el éxito del raid del hidroavión Plus Ultra – apodado como “la Quinta Carabela”- presididas por sus alcaldes, en las dos villas, se celebraron con gran participación popular, sendas manifestaciones patrióticas, en las que el vecindario vitoreaba con entusiasmo a Franco, a España y al Rey. En Pueblonuevo, el alcalde Eladio León encabezó el acto que recorrió varias calles acompañado por la banda municipal y finalizó en la Plaza de Santa Bárbara, desde cuyo kiosco de música dirigió la palabra a sus convecinos exaltando la heroica hazaña escita por los aviadores españoles en los anales de la aviación mundial. En Peñarroya, el alcalde, y también médico, Luis Pedrajas, tras dirigir a sus paisanos la palabra en similares términos que el terriblense, se puso a al frente de una enfebrecida manifestación que no dejó de dar vivas, y recorrió desde el ayuntamiento las calles hasta la iglesia en la que el recién posesionado párroco, Luís Ramírez, ofició un solemne Te Deum de acción de gracias por el éxito del Plus Ultra.





























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