Por Flor Franco
Menuda época para estar viva: España se corona campeona tras 16 años y Moby, que llevaba más de dos décadas alejado de las giras por decisión propia —harto de la carretera y los excesos—, se presentó en Sevilla. Una cita que elijo leer como una reconciliación del artista con su propio éxito.
A principios de los dos mil era prácticamente imposible escapar de su música. La televisión y la radio estaban inundadas con sus canciones. En ese bombardeo mediático —en mi caso, a través de un anuncio— empecé a escucharlo. Acababa de publicar Play y encadenaba éxitos: “Porcelain”, “Natural Blues”, “Why Does My Heart Feel So Bad?”. Sus videoclips estaban a medio camino entre la nostalgia, la ambigüedad y la estética Y2K. Era un artista fascinante visualmente, y de cierta forma, no terminaba de encajar con el grueso de artistas que había en esa época, por lo menos, no los más “mainstream”.
Detrás de estos éxitos está Richard Melville Hall —neoyorquino, descendiente lejano del autor de Moby-Dick y de ahí su apodo—, un músico, productor y DJ que en realidad llevaba picando piedra en la música desde principios de los noventa. Este tipo menudo y con gafas, revolucionó la escena al mezclar electrónica con soul, góspel y blues, logrando vender más de 20 millones de discos sin perder del todo su esencia underground.
No es solo un buen artista y DJ; también es activista. Esta faceta la descubrí hacia 2008, cuando me volqué al veganismo. Al investigar qué artistas estaban alineados con el bienestar animal, apareció su nombre. Defendía esa postura desde los años ochenta: donaba beneficios de sus giras, producía documentales y hablaba sin rodeos en entrevistas. Se convirtió así en un referente tanto musical como ético.
En 2019 publicó sus memorias, Then It Fell Apart, donde aludía a una supuesta relación con Natalie Portman cuando él tenía 33 años y ella 20. La actriz lo desmintió públicamente: no hubo romance, sino el comportamiento inapropiado de un hombre notablemente mayor cuando ella apenas salía del instituto. Moby intentó sostener su versión con fotos que solo intensificaron la polémica, hasta verse obligado a disculparse. Parte del daño ya estaba hecho. Su posterior decisión de desaparecer un tiempo del ojo público pareció más una maniobra de control de daños para enfriar la polémica que una reparación real.
Con ese bagaje, pero intacto en lo musical, el pasado 7 de julio Moby pisó la Plaza de España en el Icónica Fest. Tras años rechazando giras, llegó a Sevilla con una banda sólida. Hubo electrónica, pero también pausas y momentos de carga simbólica: dedicó “Memory Gospel” a Jane Goodall (la célebre primatóloga y activista ambiental), puso la piel de gallina con una versión de “Heroes” de David Bowie y, fiel a su compromiso, proyectó imágenes de vacas y cerdos durante “Why Does My Heart Feel So Bad?”.
La noche terminó como un reencuentro. Moby volvió a los escenarios sin signos de desgaste y sin rebajar su discurso político, conectando de manera notable con un público que llevaba más de una década esperándolo.






























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