7 de noviembre de 2026

GENERACIÓN 85 Capítulo 3 · La ciudad dormida

 

 

Primera parte

Sergio Delgado Cintas

Día de Reyes de 1986 · Café Gijón, Madrid

—Buenos días, Sebastián. ¡Feliz Día de Reyes!
—Igualmente, Clemente.
—¿Qué deseas tomar, Sebas?
—Un cortado con la leche fría.
—Eso está marchando. Siéntate, que te lo llevo. Ha venido don Agustín Peyró, el escritor de novelas históricas. ¿No lo ves allí sentado con Antonio Gala y Camilo José Cela?

El Café Gijón era uno de los cafés más prestigiosos de Madrid. Todavía se respiraba allí aquel aroma a literatura que habían dejado más de cien años de tertulias.

Sebastián se sentó con Agustín Peyró, Antonio Gala y Camilo José Cela. Al poco rato llegó Clemente con el cortado.

—Ahí tienes tu cortado y un trocito de roscón de Reyes, hecho por nuestras reposteras.
—Muchas gracias, Clemente.
—Bienvenido de nuevo a la Ciudad Dormida. Que tenga usted un buen día.

Los escritores hablaban entre ellos cuando Sebastián intervino.

—Lo suyo es seguir en la OTAN. Así, si estalla una tercera guerra mundial o atacan a nuestro país, podremos contar con ayuda.

Antonio Gala le llevó la contraria.

—Para eso no hace falta seguir en la OTAN. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Felipe González se equivoca al convocar un referéndum sobre la permanencia. Otra cosa es lo de entrar en la Comunidad Económica Europea junto a Portugal.

Camilo José Cela entró en el debate.

—A la mierda con la OTAN. Españoles somos, al fin y al cabo. Siempre encontramos un motivo para pelearnos. Ya tengo título para mi próxima obra: «El dilema de la OTAN en el Café Gijón».

Agustín Peyró se rio.

—Buen título, sí. Y buen problema para nuestra nación.

De vuelta a casa, Sebastián pasó por el Bazar Arribas, en la plaza Mayor, para comprarle a Javier un osito de peluche vestido del Atlético de Madrid. En casa de sus padres lo esperaba toda la familia para celebrar el Día de Reyes.

—Buenas, hijo. ¿Qué tal por el Café Gijón? —le preguntó su madre.
—Bien, mamá. Siempre aprende uno algo nuevo con ese consejo de sabios que se reúne allí.
—Felicidades, hijo. Tengo una buena noticia para ti —dijo su padre.
—Dime, papá.
—Me han llamado de la comandancia. Has aprobado las pruebas y te han ascendido a subteniente. Dicen que, al cabo de un año, podrías llegar a teniente.
—¡Qué me dices, papá! Eso sí que es una buena noticia.
—Ven aquí, que te dé un abrazo.

La familia se reunió a la mesa para comer sopa castellana y merluza al horno mientras los más pequeños jugaban con sus juguetes.

—Mira lo que tengo para ti, Javier. Un osito vestido del Atlético de Madrid.
—Seguro que jugará mucho con él. Es muy bonito —dijo su sobrino Adam.

Vieron Falcon Crest en la sobremesa. Después llegaron las despedidas. Teresita y su familia regresaban a Londres aquella misma tarde.

—Ha sido un placer, hermanita. He pasado como he podido unas Navidades diferentes. Espero poder recompensarte algún día por todo el apoyo que me habéis dado tú, Charlie, Adam y Elisabeth. Estas Navidades han sido inolvidables.

—Para mí sí que ha sido un placer mimarte y cuidarte estos días. Lástima que viva en Londres. Pero te prometo que nos veremos más a menudo. No lo dudes. Tu hermana Teresita estará contigo en los momentos más especiales.

Se despidieron con ganas de volver a verse pronto. Al día siguiente volvería la rutina a un Madrid plomizo que, en los meses siguientes, se vería envuelto en un sinfín de batallas políticas y sociales.

12 de marzo de 1986 · Referéndum sobre la permanencia en la OTAN

La familia Sánchez Almagro acudió a votar al colegio San Patricio, en la calle Serrano. Antes de depositar su voto, Sebastián habló con sus padres, Juan y Josefina.

—Como buen español, yo voto por lo que creo que le conviene a nuestro país. Ahora toca estar unidos y contar con el apoyo de los demás países de la OTAN.

—Bien hablado, hijo mío —respondió Juan—. Después de tantos años de dictadura, toca arrimar el hombro con los demás países. Si alguna vez necesitamos ayuda, podremos contar con ellos. Y si la necesitan ellos, tendremos que responder nosotros. Creo que Felipe González ha acertado al convocar el referéndum.

Después de votar, fueron con el pequeño Javier a Galerías Preciados, en la calle de Alcalá, para comprarle ropa. Luego pasaron por la cripta de la Almudena para concertar el bautizo. Los padrinos serían Teresita, la hermana de Sebastián, y Pedro Antonio, el padre de su difunta esposa, Ana María, que vendría desde León.

Ya en casa, Sebastián habló con su madre.

—Pues sí, mamá. Hemos decidido bautizar a Javier el viernes 25 de abril.
—Me parece bien, hijo. Invitaremos a la familia de tu mujer para que venga esos días.

Javier empezó a llorar en la cuna. Sebastián tardó un momento en levantarse.

—Todavía estoy en estado de shock, mamá. Es que no me lo creo. Es toda una pesadilla. Estoy a base de antidepresivos y ansiolíticos. No voy a salir de esta fácilmente.

Josefina le pasó la mano por el hombro y le pidió que fuera al cuarto a ver qué le pasaba al niño.

—Nada, mamá. El bebé se ha hecho caca. Por eso llora. ¿Dónde están los pañales?
—Déjalo, hijo, que ya lo cambio yo. Tú ve a tender la ropa, que ya mismo te tienes que ir a trabajar.
—De acuerdo, mamá.

Las protestas contra la OTAN

En los días del referéndum hubo movilizaciones contra la permanencia de España en la OTAN. Sebastián tuvo que intervenir como guardia civil junto a la Policía Nacional en una de las protestas en Madrid. Al término de la jornada, las fuerzas de seguridad detuvieron a varios manifestantes tras los incidentes.

De camino a casa, la brigada Marta Solana se dio cuenta de que Sebastián estaba más callado de lo habitual.

—¿Cómo estás, Sebastián? Hoy te he visto más decaído de lo normal. Necesitas descansar. ¿Te apetece coger unos días e irte conmigo a París este fin de semana? ¿Sabes que me estoy separando de mi marido?
—No sé, mi brigada. Me lo tendré que pensar. Dame hasta el jueves y te digo algo. Si voy contigo a París, dejaría al pequeño Javier con mis padres.

Sebastián le dio dos besos en las mejillas y se despidieron en la plaza del Callao. Allí volvieron a encontrarse aquel fin de semana para ir juntos al aeropuerto de Barajas.

París · Hotel George V

Apenas llevaban un par de horas en París cuando salieron a pasear cogidos de la mano por los Campos Elíseos.

—Marta, ¿tú crees en el amor de verdad?

—Creo en el amor divino y humano que se respira en esta ciudad. A veces cuesta admitir cuánto duele dejar atrás lo que hemos vivido. Por eso, querido Sebastián, saborea el presente. El mañana no se puede predecir.

Lo suyo venía de aquellos días plomizos en la Ciudad Dormida. En París tuvieron tiempo para estar juntos y hablar de lo que les dolía. Antes de coger el avión de vuelta a Madrid, se besaron.

—Amor, este fin de semana contigo ha sido uno de los más maravillosos de mi vida. Nunca pude hacer un viaje así con mi mujer. Por el trabajo, no conseguíamos ponernos de acuerdo para organizarlo. Gracias por todo lo que has hecho por mí.

—No hay nada que agradecer, cariño. Este será el primero de muchos viajes que haremos juntos. Mi exmarido siempre ponía pegas a los «putos viajecitos de los cojones», como él decía. Y siempre estaba de mal humor, el muy cretino.

25 de abril de 1986 · El bautizo de Javier

Las dos familias se encontraron a las puertas de la cripta de la Almudena para el bautizo de Javier Sánchez Almagro. Sebastián se acercó a saludar a sus suegros.

—Buenas tardes, Pedro Antonio y Ana María. Me alegra veros después de casi un año sin vernos, desde la tragedia en Baracaldo.

Pedro Antonio vio a Sebastián acompañado de Marta y le contestó, visiblemente enojado.

—Veo que pronto ha reemplazado a mi hija. Qué poca consideración. Parece que ya ni guardamos duelo. ¿Sabe usted lo que todavía nos duele todo esto?

Sebastián se sintió incómodo, pero procuró responder sin levantar la voz.

—Mire, Pedro Antonio. Yo también sufro por la muerte de su hija. Lo estoy pasando mal, y si no fuera por mi familia y por esa mujer a la que usted desprecia, yo ahora mismo no estaría vivo. Le pido respeto. Hágalo por su nieto Javier, por su hija y por sus dos nietos, que también murieron en el atentado.

La ceremonia transcurrió con cierta normalidad. Las tensiones volvieron durante el convite, cuando Marta cogió en brazos al pequeño Javier. Pedro Antonio se levantó de la mesa.

—¡Vámonos, Ana María! Ya he visto bastante por hoy. Que se divierta esta gente. Yo he venido por mi hija, por mis dos nietos fallecidos y por el niño que hemos bautizado hoy.

La familia de Ana María se marchó a León. Aquel día quedaron rotas las relaciones entre las dos familias y el rencor perduró con los años.

Pero 1986 aún no había terminado. La segunda parte de este capítulo, «Mi pequeño Chernóbil», se publicará a principios de diciembre.

«Generación 85» es una novela de Sergio Delgado Cintas, colaborador de Infoguadiato y de El Periódico de Peñarroya Pueblonuevo Valle del Guadiato. En exclusiva para los lectores de Infoguadiato.

Continuará…

 

 

 

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