El mundo del flamenco despide con tristeza a uno de esos hombres irrepetibles que dejan huella allí por donde pasan. Paco Ruiz se ha marchado, pero su recuerdo permanecerá para siempre entre quienes tuvieron la suerte de conocerlo, compartir una conversación, una reunión de amigos o una noche inolvidable de cante.
Paco era mucho más que un aficionado al flamenco. Era un amigo de sus amigos y también de quienes aún no lo eran. Hospitalario como pocos, generoso hasta el extremo y dueño de una personalidad única, fue un hombre hecho a sí mismo, fiel a sus principios y a su forma de entender la vida.
Su nombre está ligado para siempre a uno de los rincones más emblemáticos del flamenco cordobés: El Rincón del Cante. Una peña con alma propia que nació en su propia casa, algo difícil de imaginar hoy en día. Allí, entre paredes cargadas de historia, convivieron la amistad, el arte y el flamenco más auténtico. Por aquel rincón pasaron figuras legendarias y se vivieron momentos que forman parte de la memoria sentimental de Córdoba.
Quienes frecuentaron aquel lugar recuerdan que hasta el propio Camarón disfrutó de la hospitalidad de Paco, tomando el sol junto a su piscina. Si aquellas piedras pudieran hablar, contarían miles de historias de cante, guitarras, risas y madrugadas interminables.
Los más grandes artistas querían compartir tiempo con él. No porque cantara o tocara, sino porque Paco Ruiz tenía algo que no se aprende ni se compra: arte. Arte para vivir, para recibir a la gente y para hacer que cualquiera se sintiera como en casa.
Su sentido del humor era otra de sus señas de identidad. Implacable, irónico, imaginativo y brillante. Quienes lo conocieron acumulan anécdotas imposibles de olvidar. Como aquella noche en la que me escondió los zapatos una noche entera e intentando convencerlme de que había llegado descalzo a su casa. Lo hizo con tal convicción que por momentos logró sembrarme la duda. Así era Paco, un maestro de las bromas y de las sonrisas.
Disfrutaba viendo disfrutar a los demás. Esa era una de sus mayores virtudes. Su felicidad estaba en la felicidad de quienes le rodeaban.
También fue un padre comprometido, empeñado en inculcar a sus hijos valores de esfuerzo y fortaleza para afrontar un mundo complejo. Manuel Ruiz «Queco», Juan Carlos Ruiz y el resto de sus hermanos crecieron bajo la influencia de un hombre que siempre quiso verlos fuertes, honestos y preparados para la vida.
Hoy su ausencia deja un vacío enorme entre familiares, amigos y aficionados al flamenco. Pero también deja un legado imborrable de amistad, generosidad y amor por el arte.
Seguro que allá arriba ya estará preparando alguna de las suyas. Por eso conviene avisar a los flamencos del cielo: cuidado con Paco Ruiz, porque llegará con una sonrisa, una ocurrencia y alguna broma preparada.
Se marcha un grande. Un flamenco auténtico con pedigrí. Un hombre querido y respetado.
Llévate el abrazo más grande del mundo, Paco. El cariño de quienes te conocieron y el recuerdo eterno de tu amigo, ese al que llamabas cariñosamente «cacho pan».
Hasta siempre, monstruo
José Manuel Hierro






























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