Estamos siguiendo algunos o algunas la vida de unos nómadas; vamos de un sitio a otro buscando nuestro mejor lugar para tener una vida tranquila. Traemos, de por sí, esa barca prestada por hombres y mujeres que antes han navegado por “aguas bravías”, y nosotros, las nuevas generaciones, hemos recogido el fruto de años y años de siembra de nuestros descendientes: horas y horas de trabajo, de sol a sol, sin replicar ni debatir ninguna palabra.
Existen personas que han ayudado desde pequeños en casa y han tenido ese conocimiento de traer dinero para subsistir a sus padres y hermanos. Niños gigantes que sirvieron de ejemplo para levantar a una España acaudillada, silenciada y, de algún modo, oprimida.
Por aquellos entonces no había tantas cadenas de televisión, ni mucho menos pensar en las redes sociales o en esa tecnología que deja sin aliento a nuestros jóvenes de hoy.
No hay luz sin día ni día sin mañana, como cantaba Navajita Plateá, pero sí hay una persona que vio la luz todos los días a pesar de llevar una vida austera y llena de sinsabores. No físicos ni materiales, sino emocionales, porque este hombre conoció la emoción de ayudar a los suyos, es decir, a su familia, desde bien chico. No es otro que el formidable vecino y amigo Isidoro Molina Domínguez, el hijo mayor de diez hermanos del matrimonio formado por Isidoro y Juana.
Trabajó desde muy joven en el campo, en la albañilería y en todo lo que le surgía, hasta que, casi al llegar a la edad adulta, entró a trabajar en la minería. Un lugar que no era ajeno para él, porque ya tenía allí a familiares —entre ellos a su padre, tíos y hermanos— que lograron después dedicarse también a la extracción del carbón.
En su juventud, Isidoro fue judoca y, junto al maestro Rafael Murillo Sosa, colaboró con él en la enseñanza de un deporte sano y limpio a niños y niñas que hoy son madres y padres, e incluso algunos abuelos y abuelas.
Se casó con una mujer de Hinojosa del Duque, Candy Vioque, lugar del cual se vinieron parte de su familia, por no decir la completa, a Peñarroya-Pueblonuevo.
Tuvo un sueño, nuestro homenajeado de hoy viernes: formar una familia. Y la formó junto a sus tres hijos, Lidia, Mario y Álvaro, al igual que con su único nieto por ahora, Saúl, que le colma de bendiciones.
La familia de los “chinos”, como se le conoce popularmente, debe su apodo cariñoso y afectivo a una de sus abuelas, que dejaba su casa como una patena, “rechinando” y sin ningún “chinato”.
Hombre cabal, amante de la caza, si te tiende su mano es para darte su amistad para siempre. Nunca se dio ni se dará por vencido, muy a pesar de los vendavales emocionales y físicos que le han venido a lo largo de su vida. Con gran entereza ha afrontado toda esta travesía a través de su barca por aquellas “aguas bravías”, que hoy nos cede para que naveguemos por aguas mansas y más calmadas.
No habrá otro como el gran Isidoro: es inigualable e irrepetible, con un corazón que no es propio de un hombre que lo ha dado todo, que se ha entregado en cuerpo y alma por su familia y por los demás. Nos ha inspirado todas estas líneas afectivas para engrandecer su figura.
Sus amigos de Infoguadiato, y en especial su amigo Agustín Navarro, compañero suyo del judo, no han pasado inadvertidos al proponernos que Isidoro Molina Domínguez sea nuestro homenajeado de hoy.
Para despedirnos, lo haremos con una frase motivacional del filósofo chino Confucio:
“El que se conquista a sí mismo es el guerrero más poderoso.”
Sin más palabras que mediar, nuestro amigo y vecino Isidoro Molina ha sido un fiel guerrero poderoso, que ha conquistado y seguirá conquistando batallas, como “El Cid Campeador”, que incluso muerto siguió ganando batallas.
Isidoro, gracias por tanto y por enseñarnos el camino, gracias por la prestación de tu barca.
Seguiremos navegando contigo.
Te queremos mucho. Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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